

Central Azucarero, obra del artista norteamericano Robert Butler
(Posted on Fri, Jun. 21, 2002)
JazmÃn y melaza: central Ermita
Belkis Cuza Malé
El batey olÃa tres meses a melaza, pero el resto del tiempo imperaba el jazmÃn,
inundando patios, bungalós y caminitos. El penetrante jazmÃn subÃa como una
nube de polvo al cielo para anunciar que muy pronto tendrÃan que darle la bienvenida
a una nueva visitante, esa señora que ya se morÃa, aquejada de extraño mal,
joven aún, con la belleza estoica de las mujeres que no conocen más mundo que el
de su hogar. Si alguien se habÃa construido un ''castillo interior'' era ella, con su amor
por las pequeñas cosas de la vida, con su incansable dedicación a limpiar y pulir
aquellos pisos de madera; con su fervor por la cocina, pues era además ducha en el
arte de los postres, aunque también en la costura y la jardinerÃa. Por si fuese poco,
la señora manejaba a la perfección su pequeño ''negocio'' de quesos: hacÃa
cuajada para vender y criaba gallinas y patos, cuidando también de aquellos dos o
tres caballos que siempre habÃa en casa. Le alcanzaba el tiempo para bordar finos
pañuelos y rezar como nadie, y explicarme la esencia de Dios, comparándolo al
trueno y el rayo que surcaban las tardes calurosas del verano.En su patio, junto a la
ventana del comedor, florecÃa un limonero, pero desde otro ángulo se alcanzaban a
divisar las torres del central.
El central Ermita, muy cerca de la ciudad de Guantánamo. Mi abuela, que no otra era
esa señora, vivÃa la más hermosa de las vidas, porque con cada natilla, con cada
cuajada, o con cada vestido que cosÃa alimentaba su espÃritu y el de cada miembro
de su familia. Era una artesana de sà misma, un ser dotado para crear con sus manos
y ayudar a que creciera el alma colectiva. La recuerdo en la estación de trenes de
Guantánamo, yo aferrada a su mano; la recuerdo vivaz, sonriente, el pelo largo y
negro atado en un moño en lo alto; con su nombre de Virgen mexicana; la recuerdo
prodigiosa, de un sitio a otro de la cocina, preparando frituras de bacalao y café con
leche para que mi abuelo se llevara al turno de la madrugada, donde trabajaba como
primer
maquinista del central.
Durante los dÃas en que se molÃa la caña todos parecÃan hormigas alrededor de
aquella especie de ''catedral'' de la que saldrÃa el producto que entonces le daba vida a
Cuba. ''Sin azúcar no hay paÃs'', decÃa aquella propaganda de la época. ¿SerÃa
cierto?Por lo menos, durante tres meses, los ojos del batey no se despegaban de
aquella armazón de hierro y aluminio, repleta de maquinarias y centrÃfugas, oliendo a
melaza, danzando al ruido incesante de los trapiches. Tres meses de vida y esperanza.
Y ese otro tiempo de las ''reparaciones'', como le decÃan, anticipo de la zafra, para
dejar listo el central. Y luego llegaba el angustioso ''tiempo muerto'' y su lluvia de
silencio apoderándose del batey.
Cuando las mujeres languidecÃan detrás de las ventanas y los hombres cultivaban el
campo, o hacÃan lo que fuese necesario para mantener a sus familias, aunque no
faltaba jamás la mano de Dios flotando sobre el batey, ni la ilusión de que no cesase
nunca el trabajo, de que se alargase la zafra. De que en lugar de cinco toneladas se
hiciesen miles.
Ahora, en una Cuba en bancarrota, y cuando ya el lema ''sin azúcar no hay paÃs''
pasó a la historia, como la prosperidad de la isla, a Fidel Castro no se le ocurre otra
solución que darle el tiro de gracia a la industria azucarera, ordenando la
desmantelación de casi ochenta centrales. Entre ellos, mi añorado central Ermita (al
que la tiranÃa, sin ton ni son, cambió el nombre por el de Costa Rica). Barbarie que
ya se habÃa ejercido al principio de la revolución, cuando el recién estrenado
ministro de Industrias, el nefasto Che Guevara, ordenó la destrucción de un montón
de centrales azucareros.Lo que sà no esperaba Fidel Castro es que allÃ, en ese
pequeño batey, sus trabajadores se amotinaran contra el gobierno y protestaran la
estúpida decisión de destruir la única fuente de subsistencia de sus gentes. Y lo
mejor, cuando las fuerzas represivas quisieron conocer los nombres de los cabecillas,
todos a uno, se hicieron responsables en la misma medida, dando asà un ejemplo
tremendo de solidaridad y civismo, como en Fuenteovejuna, el clásico de la literatura
española.
De seguro, el olor de los jazmines no ha cesado, y viven entre ellos sus muertos: mis
abuelos, y miles que alimentaron con su sudor y sangre esos trapiches. Por eso, en
honor a todos los que en Ermita se opusieron a la tiranÃa, tomo prestados los versos
de Bonifacio Byrne para recordarle al tirano que ante el espÃritu de destrucción que
reina en Cuba "nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavÃa''.
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