| Zoé Valdés, Lobas de mar. Madrid: Editorial Planeta, 2004. Una noche entre velas y piratas travestidas Carmen Karin Aldrey Se ha ido la luz, es una noche de viento fuerte y la pérgola del vecino bambolea como si fuera una hoja de papel. Pienso que se va a desprender en cualquier momento, aunque sigue impávida cual esqueleto de diosa, afianzada a los pilares de hierro que el sabio artesano ha dispuesto para resistir el levante mediterráneo. Sentada en el sofá dejo que el cansancio del día me adormezca, la oscuridad, el silencio de la casa que ahora sólo cuenta con mi relajada presencia, llegan aunados en cómplice apatía. En realidad estoy alerta, las lucecitas mentales me llaman a otra parte, quizás al mar, en dirección a los veleros trasatlánticos habitados por mujeres heroicas y forajidos tuertos con muñones de metal y pañoletas de seda. ¿Y si de pronto, como un pirata ilustrado, encendiera velas y me adentrara a la magia de un libro acompañada por una jarra de cerveza ardiente? ¿Espantaría la sensación de sosiego improductivo? ¿Cómo desperdiciar esta noche de ojos rasgados y pétalos volátiles? Intentando sobreponerme a la dejadez, me levanto del sofá y me dirijo a la chimenea. Hace frío, por tanto la idea de un fuego acogedor se apodera de la iniciativa. Crepitantes, las primeras llamas salen disparadas en alegre desorden. El segundo paso es recordar en donde guardé las velas. Ya se, en el aparador de la tele. Las busco, las enciendo, y las distribuyo en la mesa de centro que está frente al sofá. Son seis, como las lindas cubanas, de suave blancura. Sustituyo la cerveza por una infusión de canela, me pongo una manta por encima, y finalmente me asomo al librero. Decenas de títulos, poesía, drama, sociología, arte, superación personal, los misterios del universo, aventura… aventura… Lobas de mar… Zoé Valdés… Premio Lara… estiro la mano y me lo llevo en el regazo como a un niño necesitado de refugio en la madrugada invernal. A Yemayá Olokun, mi reina… la piratería pertenece a la historia como un parásito a su rama… la chiquilla hundió la cabeza en el barril de cerveza helada… once de la noche… once y media… la chiquilla crece en un mundo cruento, arrastrada por esos caminos de la vida que van a todas partes y por los que se regresa algún día con otros ojos, con mirada de pez, con piel de escama y cicatrices profundas. No existe el límite, el horizonte es una vasta memoria que guarda su esencia en las entrañas como esos seres mitológicos devoradores de vivencias. Ann es la huella sórdida del desamor, consecuencia de las pasiones humanas y el violento trazo de la Historia, es la niña de “manos fornidas y ásperas” reafirmándose en el devenir presuroso, consciente de su abandono y soledad, valientemente enfrentada a su marginalidad y concediendo espacios abiertos a nuevas alternativas de subsistencia. No es la hembra sumisa ofreciéndose al vuelo de pañuelos lagrimeados, es la hembra superando su miedo en una época en que una mujer sin tutela masculina, está expuesta a los más insospechados episodios. Y Ann lo entiende, lo explota, lo manipula hasta la saciedad, y con ello va perdiendo el temor a vivir, y también enlodando su ternura. ¿Es Ann víctima de su entorno afectivo o victimaria inconsciente de sus contrarios? ¿Es un ser atormentado que a través del rencor necesita explicarse, aunque no justificarse, para rescatar su identidad, o naturalmente transgresora? ¿Por qué esa desfachatez irreverente que como muralla autodefensiva despliega entre ella y el mundo? ¿Qué significa para ella la sensualidad, una vía de realización personal, un medio instintivo de reconciliación con el amor? Para comprender a Ann en todo su contexto y responder a todas estas preguntas, hay que seguirle los pasos, tal y como en su momento Valdés lo hizo, y no prejuiciarse con los primeros códigos dados en la novela, ya sean de conducta o sobre el perfil psicológico del personaje en si, hay que llegar hasta Mary Read, al encuentro con esta especie de alma gemela que el destino, con sus misteriosos tentáculos, pone frente a frente para recrear un escenario en el que la espiritualidad de ambos seres retoma los valores humanos esenciales y subterráneamente convergen en el punto más inaccesible de sus raíces. Es interesante ver como Valdés se impregna de estas caracterizaciones y crea un trío de correspondencia emocional al cual otorga una especie de complicidad colectiva. Ella y sus personajes son invadidos entre si desde sus propias tribunas, la acción de interferirse diseña una estrategia de primera persona apenas visible para el lector, pero subliminal. Valdés es Ann, Mary Read, y ella como mediadora activa entre la luz y la oscuridad, autora espontánea de un compendio de símbolos que convierte a tres individuos en una sola entidad en la búsqueda ansiosa por la verdad escondida detrás de la puerta y las convulsiones históricas. La trama, narrada sin el prejuicio insano de las reglas morales preestablecidas, hace de esta novela una saga de inesperados saltos al abismo cimero de la ruptura conceptual, y retando a la vida misma -hervidero de emociones inconfesables que no siempre salen a la superficie por el aquello del ego reprimido- se impone al establishment y atraviesa la línea de fuego disputada por adversarios intransigentes y adormecidos mentales. Según el profesor chileno Nuncio Hernández Valle en artículo publicado en Red Literaria, más de 200 errores aparecen en la novela Lobas de mar, entre ellos de carácter histórico, sintáctico, ortográfico, etc. Mi idea de la crítica en general (o del criticar por puro oficio) aunque sea versada, erudita y fundamentada, debe partir de una valoración acompañada por principios éticos, no es ensañarse –y ni siquiera pronosticar la hecatombe de las letras hispanoamericanas cual adivino mapuche encima de la cordillera andina- con los creadores que a través de una motivación determinada, llegan a etapas de realización personal de las que nacen obras paridas con esfuerzo y jornadas de intenso trabajo. De todos esos errores mencionados en su kilométrica exposición anti-Valdés (que en todo caso debería ser anti-Lobas de mar, pues de crítica literaria se trata, no de ataques personales), debo destacar que, sin lugar a dudas, el señor Hernández peca de mago al enjuiciar a Valdés. ¿Cómo pretender que Zoé desconozca a las deidades afrocubanas, por poner un ejemplo? Pienso que muchas de las aparentes incoherencias “detectadas” en la novela como los cubanismos “a destiempo”, son parte de una estrategia que a propósito ha utilizado la autora para recrear su obra y un poco el estilo que le gusta desarrollar. Yo, como lectora, siento que todo libro, así haya sido escrito en spanglish o creole, así haya arremetido contra la mojigatería burguesa –la misma que Moliere supiera ridiculizar con maestría aún a costa de provocar el repudio de sus contemporáneos-, merece ser tratado como lo que es, un producto de la creación humana y por tanto, válido y digno de respeto, incluso si llegado el caso, es insoslayablemente “pobre” como obra literaria en el concepto clásico de la palabra. No pensemos en la lengua de Cervantes con su pureza discutible -que además está muy lejos de lo que es hoy por hoy nuestro idioma en la mayor parte del mundo hispano parlante- sino en los nuevos aires que por la lógica dialéctica del cambio, rompen con el tiempo esquemas que como todas las cosas, evolucionan hacia algo distinto y no por ello son menos válidos. Que conste que no es mi ánimo discrepar con ilustres profesores, no llego a ese nivel de egolatría y reconozco mi asiento, sencillamente hablo desde la posición de una lectora que entre velas y piratas imaginarios o reales, ha disfrutado una historia en la que tampoco se ha detenido a observar anacronismos o deslices históricos, tema para el cual habría que conversar con la propia Valdés para definir con certeza si, por ejemplo, Cienfuegos fue sólo un punto de referencia de su fantasía creativa, o producto de una negligencia en su investigación preliminar. Concluyendo, tendríamos que reprocharle a Gabriel García Márquez que se reinventara Colombia con su famosa Macondo, y a otros tantos escritores por haber “pecado” de imaginación prolifera al transformar la realidad en símbolos. Ante todo, Valdés es ella misma, y bajo mi punto de vista, precursora de la honestidad literaria cubana. En fin, que el viento cesó, la lluvia se mudó a Marruecos y las velas se consumieron. Pero los fantasmas de Lobas quedaron flotando alrededor de la chimenea, atizando la leña y danzando hasta la madrugada mientras yo les observaba desde el sofá, complacida por el hecho de haber compartido con ellos sus extraordinarias aventuras. __________________________ Carmen Karin Aldrey, poeta, pintora y escritora cubanoamericana residiendo temporalmente en España Linden Lane Magazine (c) Todos los Derechos Reservados, 2004 |
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| Ilustración: C K Aldrey, 2004, de la serie de Arte Digital "Rosas en el mar" |
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