Continuación



...reunía artículos aparecidos en el semanario Juventud Rebelde con una manipulación oficialista sobre el asunto en
cuestión y el libro Historia de Mujeres Públicas, de Tomás Fernández Robaina, donde entrevistaba algunas de las jineteras
cubanas y las colocaba junto a testimonios de prostitutas de otras épocas. Fuera de Cuba, por autores cubanos y extranjeros
que no comparten la política de la Revolución Cubana, mucho se ha escrito y ya existen hasta novelas sobre el tema de
autores cubanos y extranjeros.
   Ninguna de esas obras realmente me hizo sentir satisfecho cuando las comparaba con toda la información que había reunido
en cinco años con el propósito de escribir una novela.
   Descubrí que debía escribir un libro de testimonios sobre el tema, aunque la realidad que contara, para muchos que hoy
tratan de minimizar un problema de un alcance social en verdad preocupante, resultara molesta, dura, conflictiva.
   Mi objetivo es contar la verdad.  Esa verdad. Simplemente la verdad.

PADDY

Debo escribirte aquí que pertenezco a las Supremas: cuatro muchachas, lindísimas dicen donde quiera que entramos, que
tenemos muchas cosas en común: somos fanáticas a Michael Bolton, estudiamos en el mismo preuniversitario, vivimos en el
mismo reparto y somos doctoras en Medicina por la Universidad de La Habana.
   Cuando me pediste que escribiera estas líneas quise reunirme con las otras para que cada una pusiera en este papel lo que la
hizo meterse a jinetera teniendo una profesión tan digna como la nuestra, pero, de todas ellas, la única que siempre ha tenido
facilidad para escribir he sido yo.  Cuando estaba en el Pre participé en un taller literario que dirigió la escritora Daína
Chaviano en el Vedado y era punto fijo en las peñas de la revista El Caimán Barbudo, que por esa época estaba en la calle
Paseo. Pero la Medicina es una de las pocas carreras que tienen muy poco que ver con la Literatura, porque requiere todo el
tiempo que tienes y el que no tienes para estudiar y superarte y estar enterada de lo último que pasa en tu materia, y si de algo
estoy consciente es de que para escribir hay que tener tiempo.  Ahora mismo estoy nerviosa mientras te escribo estas palabras y
sé que antes de que te lo entregue voy a revisarlo un millar de veces y segura estoy de que me quedará mal.
   Es cierto, estuve en el mismo grupo donde estudió Medicina Manolín, el Médico de la Salsa, y también conozco a
Lily, que ahora trabaja en el Hospital Calixto García y a quien dices conocer tan bien. Y es cierto que también creo en el
destino: una vez estuvimos conversando entre nosotras, las Supremas, de que algún día alguien debería escribir nuestra
historia, contar que cuatro doctoras en un país donde la medicina es una prioridad tuvieron se metieron a jineteras, que es una
forma elegante de llamar a las prostitutas. Precisamente, nuestra lucha es no ser prostitutas. Lo fuimos, pero siempre nos
propusimos encontrar a un extranjero que nos hiciera la vida más fácil y la única forma que hallamos de lograrlo fue
metiéndonos a esto. Apostamos por un tiempo de sacrificio que ahora la vida nos paga con creces y una buena recompensa
que nuestro oficio no hubiera podido darnos jamás.
   Si no creyera en el destino, ahora no estaría escribiéndote esto y tú ni me habrías encontrado.  Â¿Qué te harías
ahora si Carlos, el que fue mi primer esposo, no le hubiera hecho el primer legrado a Loretta?  Me pediste que contara cómo
llegaste hasta nosotras y tengo que decirte que no sé. Lo único que tengo claro es que fue Loretta quien te abrió la puerta de
mi casa porque si no hubieras venido de su parte, puedes tener la seguridad de que entonces sólo la doctora te abriría la puerta
y no hubieras conocido nada de lo que ahora sabes sobre Paddy, la Suprema.Yo conocí a Loretta cuando Carlos le hizo ese
legrado y nos hicimos muy amigas, porque es una gente de esas que hoy no abundan: un pedazo de pan con patas y un corazón
de oro en el medio del pecho . Nunca supe que era jinetera, porque jamás quiso contarme nada y me mantuvo engañada
diciéndome que un hijo de puta la había engatusado, la dejó preñada y luego se había ido del país o quedado en otro
país, no recuerdo. Yo me separé de Carlos un año después porque el muy desgraciado me pegaba los tarros con una
enfermera de su sala, en el Hospital de Maternidad de Línea, y esa misma confianza me hizo contarle a Loretta mi historia y mi
desesperación, junto a las otras muchachas, que nos había hecho pensar hasta en meternos a jineteras, que nos vieran gozando
la vida, gastando los pesos que ellos no fueron capaz de luchar para nosotras, restregarles en la misma cara que éramos
triunfadoras porque teníamos el mejor instrumento que nos había dado la naturaleza: unos cuerpos perfectos, hermosos. Lo
hacíamos como un desquite contra los hombres.  Las otras tres también habían sido cuerneadas por sus esposos y una de
ellas tenía un hijo, igual que yo.
   Ella no me dijo nada esa vez, pero yo pude ver en sus ojos que algo la había conmovido.  Se fue muy callada y no apareció
hasta un mes después. Vino directo, al grano, como dicen por ahí, y me dijo que había un grupo de italianos que buscaban
compañía, que no era nada de acostarse con nadie, si no sólo salir con ellos y bailar, y que pagarían bien. Tenían que ser
cuatro, además de ella, que había conocido a uno del grupo esa misma tarde y que el muchacho, porque todos eran jóvenes,
le había confesado que no le interesaba salir con ninguna jinetera porque no se podía hablar de nada con ellas, y que andaba,
junto a sus amigos, buscando muchachas con cabeza, inteligentes, para poder pasar una noche.  No obligarían a ninguna a nada
que no fuera bailar, conversar y divertirse.
   Fuimos las cuatro y nos encontramos con Loretta frente al Hotel Capri, que era donde estaban instalados los italianos.  Salimos
y se portaron muy decentes, galantes, y para suerte, eran muy bonitos y hasta inteligentes.  Nosotras no seremos cultas, ni nada
de eso, pero sabemos hablar de muchas cosas y a todas nos encanta leer, salvo a Vanessa, que no sale de las novelitas de Corín
Tellado y los libros policíacos, pero es la que más sabe de nosotros de aparecidos, magia  negra, reencarnación y esas cosas.
   Estuvimos una semana saliendo con ellos, inventando para cambiar las guardias y las consultas con otros compañeros del
Hospital, y cuando se fueron nos dejaron su dirección, porque todos trabajaban en la misma empresa y a cada una nos regalaron
unos vestidos, zapatos tenis adidas y cien dólares.  Así nos dimos cuenta de cuánto tiempo perdíamos. Cada una de
nosotros gana al mes cerca de quinientos pesos, soportando guardias, malas noches, los berrinches de los pacientes, las cosas
empalagosas y buenísimas que te hacen los  pacientes agradecidos, las reuniones médicas, las juntas médicas, todo eso que
se convierte en rutina y llegas a rechazar sin darte cuenta. En una semana, divirtiéndonos como hacía años que no lo
hacíamos, ganamos tres mil quinientos pesos, porque el dólar estaba a 35 en el cambio de la calle, y unos cuantos regalos que
mucha falta nos hacían. Esos mismos italianos, que nunca más han venido, mandaron a otros a buscarnos y volvimos a salir
con ellos y así fue creciendo la cadena hasta un día en que a una de nosotras, no recuerdo quién, se le ocurrió pagarle
mensualmente a una viejita que vivía en la calle Paseo, cerca del hotel Cohiba, para que nos dejara acomodar a nuestro gusto la
parte de alante de su casa y que ella se fuera a vivir a la parte trasera, que tenía una salida independiente por otra calle.  A la
viejita se le abrieron los ojos cuando le dijimos que le pagaríamos trescientos pesos al mes por el alquiler y nos ocupamos tanto
de ella en todo el tiempo que estuvo viva que un día nos dijo que no le pagáramos más nada pues a ella le bastaba con
nuestro cariño.  La pobre era un desastre y tenía las defensas tan bajas que cogía cualquier enfermedad que hubiera en el
ambiente. Pero ahí estuvimos nosotras.  A todo el mundo le dijo que éramos sus parientas de Oriente, que estábamos
pasando la Residencia en Medicina en La Habana, y éramos tan unidas a ella que la gente se lo creyó.  Si alguien duda de eso,
puedo llevarlos a un bufete para que se den cuenta de que la vieja hizo testamento a mi nombre, sin yo saberlo, y cuando se
murió de un infarto en casa de una vecina en Miramar, supimos de toda herencia. Así me hice de esa casa que visitaste y el
cuadro de la viejita que está en la sala no se va a mover nunca de ese lugar, aunque cambie mil veces el diseño de la
habitación, porque se merece que yo la recuerde. Y para más detalles, la viejita (y lástima que no pueda escribir aquí su
nombre, pues no quiero que me localicen por algún desliz) tenía dinero en una cuenta en el banco y la puso a nombre de mi
hijo, que llegó a quererla como a una abuela y hacía de ella lo que le daba la gana. Mi casa se la dejé a mi madre y a mi padre,
que nunca han sabido nada de esta otra ocupación de su hija, y me vine a vivir aquí, para estar más cerca del área donde
actúo.
   Nos llaman las Supremas porque sólo salimos con turistas de dinero y buena presencia, lo mismo a una recepción, que a un
concierto, que a una función de ballet o a una discoteca.  No te puedo negar que a veces nos tenemos que acostar con algunos de
nuestros clientes, pero podemos darnos el lujo de hacerlo con el que nos guste y muchas veces hemos rechazado a los que tratan
de meter cañona y tratarnos como a simples prostitutas. Pero hasta eso, hasta ese rechazo, lo hacemos dignamente, tratando de
no herir a ningún cliente, ni de dar una mala cara de nuestro negocio.  Nadie puede decir en ningún lugar del mundo, y mira que
hemos salido con turistas, que fue maltratado por alguna de nosotras.  Cuando se ponen pesados, que siempre hay alguno,
sencillamente nos hacemos las señoronas y le dejamos bien claro que no somos carroñeras ni putas de baja ralea.  Si la cosa se
complica y el tipo quiere formar lío, inventamos algo y nos escapamos, sin que nos preocupe mucho si ganamos algo o no en
esa jugada. Así trabajan las Supremas. Y esa profesionalidad hace que al mes recibamos un grupo que atender, porque no
trabajamos solas. Cada grupo que se va contento con nuestra atención nos envía a otro, y así nunca, o casi nunca, se rompe
la cadena. Lo más molesto es cuadrar en el Hospital para si tenemos que faltar, pero siempre tratamos de que los turistas
sepan....


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