Después del encuentro con Fidel Castro, sé que me montaron en una ambulancia y me sacaron de aquella área, y que
después me trasladaron a otra.  Tengo entendido que estuve inconsciente por un período de nueve días.  Sólo sé que
de esos nueve días sólo recuerdo un sueño.  Había muerto y estaba en un lugar precioso, como un jardín.  Tuve un
encuentro con dos seres, uno masculino y uno femenino.  También recuerdo que yo no quería regresar, pero que uno de ellos
me comunicó que me quedaba mucho tiempo por acá.  El sentimiento de paz que tuve, jamás lo olvidaré, así como
cierto sentido de pérdida de miedo a la muerte.  No pasó mucho tiempo sin que me diera cuenta de que si antes hablaba
demasiado, desde entonces iba a ser peor.

   
Una bomba cerca del hospital

   Una bomba colocada bastante cerca del Hospital de Cienfuegos me despertó en el noveno día de estar en ese sitio.  Sé
que me senté en la cama y pregunté, "!Ya!  Â¿Se tiraron los americanos?"  Oí cuando alguien me dijo, "Diabético,
cállate la boca que nos van a joder". Volví  a caer en mi coma.  Recuerdo que temprano por la mañana del día siguiente,
me despertó la voz de una muchacha, que decía, "La verdad es que Fidel ha sido muy bueno con ustedes. ¡Yo los hubiera
matado a todos!".  Por primera vez abrí los ojos, y vi delante de mí, parada a los pies de mi cama, a una preciosa miliciana,
de pelo negro largo, y de ojos verdosos.  Ella se había virado hacia el otro lado de aquella sala, en la que habían, calculé yo
en aquel momento, unos diez heridos (todos eran nuestros).  Por un momento ella se viró hacia mí, y yo le pedí con un
dedo, que se acercara, y así lo hizo. Yo estaba muy débil.  Cuando tenía la cara muy cerca a la mía le dije, en un tono
muy bajo, "¿Cómo es que una mujer tan bonita como tú, puede estar hablando tanta mierda?"  Ella se rió, y fue desde
entonces mi mejor amiga en aquel escenario bastante surrealista.  Me traía galleticas y pastelitos por las noches, operación a
la cual se unió mi amigo que estaba en el otro extremo diagonal de la sala, René Benítez Ferrer.  La sala tenía, como es
habitual en muchas de éstas, una pared que daba al pasillo, y que tenía a su vez unas ventanas a ambos lados de la puerta
que daba al pasillo.  Siempre había un miliciano o soldado a la entrada de la sala.  A cada rato venía un grupo de personas a
contemplarnos, a contemplar a los derrotados “invasoresâ€�.  Recuerdo el día que Luisito Medina, que solo tenía
entonces 16 años, se cansó de aquel show, y le dijo al grupo que contemplaba: "Oigan, no se equivoquen, que los que están
en la jaula son ustedes, no nosotros!".  Este grupo se marchó inmediatamente, con gestos que mostraban bastante molestia.  
Como a la semana de estar allí, murió Borras, uno de nuestros compañeros que había sido herido en el hígado.
    La comida era buena.  Fue entonces más o menos cuando yo iba al baño, y cuando me comenzaron a dejar solo en éste,
que comencé a correr y a intentar hacer planchas.  Al principio sólo podía hacer una, pero días después ya estaba
haciendo unas diez.  De la ventana del baño grande, donde nos bañábamos, se veía la entrada principal del hospital, y me
di cuenta que todos los días llegaba un miliciano a las diez de la mañana, más o menos, y la dejaba contra un pequeño
muro cerca de la entrada.  Como a las dos semanas de estar ahí, una noche, a eso de las once, me di cuenta que el miliciano,
bastante mayor, que nos custodiaba, se había quedado dormido en la cama del cuarto frente al nuestro.  Decidí explorar un
poco, y como no había nadie en el pasillo caminé hacia la escalera, la cual bajé.  Al llegar al piso de abajo, donde había
una sala completa de heridos de ellos, que sufrían serias quemaduras debido a nuestro fuego, le pregunté a uno de ellos que
estaba sentado cerca de la puerta, que sala era esa.  Este, se dio cuenta, no se como, de que yo no era uno de ellos, y empezó a
gritar que se escapaba un invasor.  Fue entonces que me di cuenta que de verdad ya podía coger velocidad corriendo, y con un
grupo de ellos corriendo detrás de mí, retorné rápidamente a mi cama, e intenté disimular que estaba dormido.  Pienso
que la rápida respiración me delataba, pero ellos miraron en lugar a René Benítez, cuya cama estaba al lado de la puerta, y
le preguntaron si él habia intentado escaparse.  René le señaló hacia sus piernas, que estaban ambas vendadas, pues
había recibido balazos en las dos.  De ahí no pasó el incidente, y pronto me quedé dormido.
     Creo que fue poco después de haber salido del coma, cuando oí a dos soldados de ellos referirse a mí como ,"... el
invasor al cual Fidel le había salvado la vida".  No puedo negar que inmediatamente e instintivamente la mente se me prendió,
y comprendí que yo tenía que sacarle algo a aquella situación.  Comprendí asimismo que aquello terminaría
probablemente con el gobierno cubano intentando utilizarme de propaganda contra los americanos, que habían "permitido que
una persona con mi condición de salud" participara en aquella aventura.  Yo, mientras tanto, comencé a planear mi primera
fuga, que nunca se llevó a cabo.  El hecho de que yo, aunque todavía débil, pero con total movilidad, me trasladaba entre
nuestros diferentes heridos, me benefició a mí, y a mis hermanos también.  recuerdo preguntarle a Carlos Allen, que habí
a perdido un brazo, y que era de Cienfuegos, en qué dirección tomar si lograba escaparme de ahí.  Le dije que tenia
localizada una bicicleta que un miliciano siempre dejaba a la entrada del hospital, y en la cual pensaba alejarme del lugar.  
Minuciosamente, Carlos, varias veces me oriento sobre lo que iba a encontrarme afuera.  Sin que fuera notado por nadie, en el
baño grande, donde nos bañábamos, había ido acumulando un montón de sábanas y fundas de almohadas sucias.  
Estas las tiraban en un espacio cerca de la puerta del baño, pero yo había ido sacando algunas, y las había tirado en una
bañadera que se encontraba a un costado.  No entendía porque no las recogían, pero tampoco pensé mucho sobre la
posible razón.  Había decidido que si me iba a escapar, lo llevaría a cabo "a lo descarado", saliendo por la puerta principal
con un bulto de ropa sucia sobre la cabeza, y vestido con algún uniforme que lograra robarme.
  Mientras planeaba lo que ahora considero era un plan bastante estúpido, se apareció en la sala un día una persona que me
habían dicho era del G2, y que ya había interrogado a todos los que se encontraban allí.  Era un muchacho joven.  La
primera pregunta que me hizo fue para saber de qué parte de Guatemala yo era.  Yo quedé sorprendido, y le pregunté a
qué se refería.  El me dijo que varias veces, durante los nueve días que había estado inconsciente, yo había dicho que
era guatemalteco.  Le pregunté entonces a René Diaz, el jefe de uno de nuestros tanques que estaba en la cama al lado de la
mía, sobre lo que hablaba el señor del G2.  René Díaz se sonrió, y me informó que varias veces yo había dicho que
era guatemalteco. Nada, que parece que inconscientemente estaba intentando deshacerme de responsabilidades.  Mientras todo
esto tomaba lugar, René Benítez se reía en su cama, pues habíamos pasado juntos el día 31 de diciembre, en un hotel
de Miami Beach.  Años más tarde, Carlos Allen y René Benítez morirían en el exilio, mucho antes de su tiempo
lógico, mucho antes de los 65 años.

    
El convoy

   Creo que fue entre la tercera y la cuarta semana en el Hospital de Cienfuegos, cuando decidieron trasladarme, sin indicarme
hacia dónde.  Lo único que recuerdo de aquel viaje es que fue de noche, y que iban dos carros en el "convoy".  Me imaginé
que íbamos hacia el este, por la vegetación, y el tipo de terreno llano.  Parecía más bien una sabana, de aquellas que yo
pensaba bordeaban la Ciénaga de Zapata.  Después de un par de horas más o menos, los vehículos pararon frente a un
edificio, que nos dijeron era el Hospital Militar de Matanzas.  Ahí nos bajaron (éramos tres), y nos llevaron a una sala llena
de nuestros heridos.  Inmediatamente reconocí a un par de viejos amigos entre aquel grupo.  Uno de ellos había estado
conmigo en la misma cédula del clandestinaje en la Universidad de La Habana, y es el que me había presentado a Gregorio
del Campo, un cubano-español, bajo el cual trabajé mientras estuve en Cuba, antes de salir para Estados Unidos.  Pedro Luis
Boitel había dejado a Gregorio a cargo del grupo del MRR (Movimiento de Recuperación Revolucionaria) cuando fue
apresado. Muchos años más tarde me enteré que Gregorio era veterano de la Legión Extranjera española, y que había
prestado servicio en Africa.  A Gregorio los rojos le habían matado a varios miembros de su familia en Asturias.  Su padre era
capitán-cirujano del Ejército Español.  Pasó el sitio de Oviedo en esa ciudad, cuando solo tenía cinco años.
   Sólo estuve en el Hospital Militar de Matanzas durante dos días, en donde estando en el baño, yéndome a lavar las
manos caí inconsciente, debido a una hipoglicemia.  El miliciano que me escoltaba evitó que diera con la cabeza contra el piso,
que era de granito.  Junto con otros dos invasores, nos trasladaron a La Habana, a donde estaban el resto de los invasores, al
Palacio de los Deportes.  El viaje lo hicimos por el Circuito Norte.  Nosotros tres íbamos en el asiento de atrás del carro, y a
cierta distancia parecía seguirnos otro carro.  Por medio de puras señas manuales intercambiamos el concepto de quitarle la
pistola al oficial sentado al lado el chofer, maniobra a la que me opuse, primero mostrándole el dedo del medio a mis dos
compañeros, y después señalando hacia atrás.  Creo que ambos entendieron mis señas.
  Cuando llegamos al Palacio de los Deportes, no nos llevaron a donde estaban la mayoría de los invasores, sino a una
pequeña sala donde se encontraban los miembros de la Brigada que ya obviamente habían sido condenados a muerte.  
Reconocí  a Ramón Calviño, como uno de los artilleros de las dos ametralladoras calibre 50 que estaban en la popa del
barco.  Recuerdo que durante el combate se portó más que valiente, pues ya comenzando a hundirse el Río Escondido,
seguía disparando contra los aviones que nos atacaron ya estando en el agua.  Era uno de los llamados "criminales de guerra."  
Nadie hablaba mucho en aquella sala.  Recuerdo que durante el segundo día de estar allí, estaba yo recostado contra la pared,
sentado en el piso, montando mi "papel" de "invasor débil y medio moribundo,"cuando entraron en la sala un viejo con barba
blanca, y dos soldados más, que aparentemente eran quizás ayudantes suyos.  En un momento, le vi las insignias de
comandante, pero seguí mirando hacia el piso, haciéndome el medio dormido.  De pronto, este sujeto se paró frente a mí,
y tocó mi pie derecho con su bota.  Yo sabía que la planificación que yo tenía preparada ...

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