Continuación
Otro de los perros uniformados me condujo por un corredor, dándome gritos de que me apurara y que no
mirara hacia los lados, hasta un salón lleno de extrañas miniceldas. No sé bien cómo describir aquello.
Eran varios pasillos mÃnimos llenos de estrechos cubÃculos separados por planchas de concreto. No tenÃ
an puertas y entre plancha y plancha habÃa una transversal que servÃa más o menos de asiento. Digo
más o menos porque la plancha transversal era muy lisa y tenÃa una inclinación que obligaba a mantener
las piernas firmes para no deslizarse hasta el suelo. Las planchas laterales y la del fondo estaban recubiertas
de un corrugado de cemento al que era imposible recostarse porque hincaba como si tuviera clavos. En cada
pasillo un esbirro se paseaba a lo largo golpeando las paredes y advirtiéndonos que no podÃamos ni hablar
ni cerrar los ojos. Me habÃan quitado el reloj y no sabÃa qué hora era.
Un muchacho empezó a llamar al guardia, quiero ir al baño, gritaba. Casi de inmediato, escuché un
ruido espantoso en lo que creà serÃa la celda de al lado. Eran golpes secos, casi rÃtmicos. Enseguida vino
el guardia. Date más duro que todavÃa no te has sacado sangre, dijo. Aprovechando que estaba cerca
grité que querÃa ir al baño. No me hizo caso y volvà a gritar. Entonces vi las botas y levanté la
cabeza. Camina rápido y con la vista al frente, berreó. Me levanté y fui pasando la hilera de casetas,
todas estaban ocupadas por muchachos que me miraban nerviosos. Javier no estaba entre ellos. Al final del
pasillo habÃa un grifo. Orina ahÃ, gritó el perro. Sin pedir permiso, abrà la pila, tomé agua y
después intenté orinar. El guardia observaba todos mis movimientos y constantemente me gritaba que no
levantara la cabeza. Tuve que concentrarme para poder orinar.
Cuando me llamaron por primera vez, después de conducirme al trote por un laberinto de corredores,
me dejaron solo en un oficina vacÃa. Me quedé de pie frente a un buró sin saber qué hacer. Sólo
pensaba en mi madre, en por qué no volvà el rostro cuando salÃa del Tencent y en que, seguramente,
estarÃa preocupada ya por mi tardanza. De pronto se abrió una puerta que yo no habÃa visto y entró un
oficial. El uniforme era de un verde distinto, más brillante, y con muchos bolsillos con zÃpers. Estuvo un
rato sin hablar revisando un folder lleno de papeles. Empezó preguntándome cómo se llamaba la banda a la
que pertenecÃa, aclarándome que ya mi amigo habÃa hablado y que era mejor que le dijera toda la verdad.
Enumeró un montón de nombres comiquÃsimos, que en mi vida habÃa oÃdo. Creo que me sonreà con
alguno, porque la bestia montó en cólera y se puso a dar trompadas sobre el buró hasta que entraron dos
guardias que me sacaron a empellones y me regresaron a mi minicelda, por otro camino más intrincado aún
que el anterior. Lo operación se repitió muchas veces. A veces, alguien tocaba un silbato y me lanzaban
contra la pared hasta que pasaba la troika con algún detenido. Al parecer, no querÃan que nos viéramos.
En ocasiones entre una llamada y otra pasaban horas, pero a menudo, no habÃan acabado de dejarme y ya
me estaban llamando de nuevo. No siempre era el mismo oficial, se turnaban para descansar, comer o para
dormir. Uno me dijo que yo era uno de los cabecillas de una "banda de hippies" llamada "Los chicos de la flor"
y querÃa que detallara las actividades de la misma. Se me caÃa la lengua diciéndole que yo no pertenecÃ
a a ninguna banda, que vestÃa asà porque era la moda. Eso lo ponÃa peor y enfurecido despotricaba
contra la "música yanqui" --todo lo que sonora en inglés empezando por los Beatles que, desde luego,
estaban en la clandestinidad--, que era "diversionismo ideológico y blandenguerÃa".
En una de las llamadas me hicieron llenar una hoja de arriba abajo con mi firma. Sólo al final me hablaron
de la manifestación frente a la embajada de Checoslovaquia. QuerÃan saberlo todo, pero yo no sabÃa nada,
tenÃa los nervios destrozados y estaba que me caÃa de hambre y sueño. Prometà que en cuanto llegara
a mi casa quemarÃa en el patio aquella ropa maldita.
Cuando estaba en la jaula pensaba en mi casa, en mi madre, tenÃa mucho miedo y no sabÃa qué iba a
pasar. Repasaba mentalmente todos los poemas de mi libro incautado, inventando justificaciones para los
más problemáticos, aunque en aquella época estaba en una onda entre sicodélica y experimental nada
fácil. La mayorÃa de las veces ni siquiera el tÃtulo orientaba sobre el contenido o significado del poema.
En los mejores copiaba al Vallejo de Trilce o al Huidobro de Altazor sin el menor recato. No obstante, me
preocupaba que tuvieran mi libro. Repartieron bandejas grasosas con una bola de espaguetis hervidos. Alguien
protestó y lo desaparecieron. Constantemente nos amenazaban diciéndonos que no habÃamos visto nada
aún. No sé a los cuántos dÃas nos ordenaron que saliéramos de las celdas y nos acostáramos en el
piso. En susurros nos preguntábamos unos a los otros sobre el lugar de la detención y otros detalles
relacionados. Todo indicaba que la recogida esta vez habÃa sido en grande. Circulaba una colilla de cigarro.
La luz no se apagó nunca. Me quedé dormido sobre el cemento.
Al final nos fueron llamando en pequeños grupos para un salón. Allà un esbirro nos amenazó por
última vez. Ya todos ustedes están fichados, la próxima van directo para una granja en Camagüey por
cuatro años. Era ya "la peligrosidad" mucho antes de que la inventaran. Nos fueron montando en los carros
y repartiendo por toda La Habana. Yo tuve suerte, pues me dejaron en la Avenida de Acosta, relativamente
cerca de mi casa. Era de noche pero no sabÃa qué dÃa de la semana ni cuántos llevaba desaparecido
para mi familia. Después me enteré que mi madre habÃa visitado las estaciones de policÃa, los
hospitales, la morgue. Y que cuando salió en Juventud Rebelde la noticia de la enorme recogida que se habÃ
a realizado en La Habana fueron a buscarme a Villa Marista. Le dijeron que yo no estaba allÃ. También me
enteré del espeluznante discurso televisivo del 23 de agosto justificando la invasión.
A Javier no lo volvà a ver. Ahora estaba en la calle, llevaba bajo el brazo mi libro de poemas, la revista de
la Universidad de La Habana y el periódico del dÃa que me secuestraron. TodavÃa sentÃa un sudor frÃo
recordando los minutos finales, cuando el esbirro, del otro lado del mostrador, abrió el sobre manila y
brevemente hojeó mi libro de poemas, antes de entregarme mis pertenencias. Los imbéciles nunca se
dieron cuenta de lo que tuvieron en la mano. Ahora estaba libre, deseoso de llegar a mi casa. Iba casi
contento, casi saltando, pensando en lo difÃcil que serÃa conseguir un par de zÃpers para los bajos del
pantalón y tarareando, entre dientes, “All you need is love�.
José Abreu Felipe
Autor cubano residente de Miami.
Tiene publicados varios libros de poemas y un tomo de
teatro. Pertenece a la llamada “generación del Mariel�.
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