All You Need is Love
(A propósito de la estatua de John Lennon en La Habana - Ver foto)

Por JOSÉ ABREU FELIPE



   Como a las cinco de la tarde del 22 de agosto de 1968 salí muy contento para El Vedado. Por abajo,
llevaba un pantalón de mecánico que mi madre había virado al revés para que pareciera mezclilla, super
estrechísimo, tanto, que era un desafío lo mismo ponérselo que quitárselo. Por arriba, mi camisa azul
de mangas largas, cerrada hasta el botón del cuello, herencia de un tío que pesaba más de 350 libras y
que había muerto de una angina de pecho. Era una inmensa y adorada sábana que me llegaba hasta las
rodillas y donde cabían, sin conflictos, tres o cuatro como yo. A falta de las inconseguibles sandalias, que
hubieran sido lo máximo, ostentaba en mis pies -sin medias-, unos tenis de lona blancos, que no iban del
todo mal con el conjunto. La verdad que no estaba muy peludo, porque hacía apenas un par de meses que
me habían licenciado del servicio militar obligatorio, pero aspiraba a estarlo muy pronto. Bajo el brazo, la
revista de la Universidad de La Habana y también, desde luego, mi último libro de poemas recién
mecanografiado, titulado El estridente acorde. Menciono el título no por vanidad o alarde memorístico,
sino porque sé que por sí solo bastará para tener una idea bastante precisa de la calidad del contendido.
Así llegué a Coppelia, compré el Juventud Rebelde y me puse a hojearlo mientras caminaba hasta la
librería en los bajos del Habana Libre. Allí me quedé un rato, haciendo tiempo, curioseando las escasas
novedades. Poco después volví a Coppelia y cogí una guagua para acercarme a 12 y 23. Era temprano
todavía y tenía hambre, así que me metí en el Tencent a ver si cazaba en la cafetería uno de los
bocaditos de huevo que eran una total exquisitez. Había quedado con mi amigo Javier en vernos a las ocho
para cultivarnos con lo que estuvieran poniendo en la cinemateca y después, como siempre, sentarnos en el
muro del malecón a bombardearnos mutuamente con andanadas de poemas. En aquella época competí
amos a ver quién escribía más libros semanales.
   Marqué detrás de la banqueta menos concurrida -sólo había dos estoicos- y me disponía a seguir
hojeando la cartelera del periódico, cuando veo a mi madre que se me acerca sonriente arrastrando de una
mano a mi hermana Acela, entonces de nueve años. Estaba contenta mi madre -el día anterior había sido
su cumpleaños y venía de casa de mi abuela María, que vivía en 4 entre 23 y 21, con su regalito: un
espectacular budín de pan-, y conversamos mientras es-perábamos. Una hora más tarde salí,
dejándolas ya entadas. Recuerdo que me alejé sin volver el rostro. No la miré, recuerdo vivamente ese
detalle. Simplemente me fui, brinqué la calle y me senté en los escalones de la cinemateca a esperar a mi
amigo Javier. Después de todo, pensaba, a las doce a más tardar estaría de vuelta en casa y allí me la
encontraría sentada en su sillón, aguardándome. No podía pasarme por la mente lo que ocurriría un
par de horas después.
   Casi enseguida llegó Javier. Venía matador con una camisa de mangas cortas del rojo más chillón que
hubiera visto en mi vida. Era un camisón, enorme, desde luego, que llevaba por dentro, con todos los
botones desabrochados como era de rigor, y que le hacía un globo alrededor de la cintura. Por momentos,
asomaba el grueso cinturón de cuero de más de una cuarta de ancho con su hebilla plateada. Sus pitusas
eran auténticos -con zípers en los bajos, sin los cuales hubiera sido absolutamente imposible
empotrárselos, como auténticos eran sus botines cañeros. El pelo lacio, dorado con agua oxigenada,
peinado a lo Príncipe Valiente, encuadraba una sonrisa de oreja a oreja. Me señaló el amenazador
cartapacio que portaba bajo el sobaco.
   No recuerdo la película que vimos ese día, creo que fue un clásico norteamericano del cine negro.
Cuando salimos había un gentío en la puerta; allí siempre uno encontraba amigos y conocidos, y se
ponía a conversar. Oye, me dijo Javier, la gente va para la embajada de Checoslovaquia a protestar por la
invasión de los bolos.
   Miré hacia todos lados y lo mismo junto a la pizzería, que en La Pelota, que por el MarInit de la
esquina, se veían grupos de muchachos, más de lo normal, moviéndose hacia la calle 12. Brincamos 23
de lo más embullados cantando a dúo ‘All you need is love’, pero no habíamos caminado ni diez
metros cuando un escaparate con patas me dio un empujón separándome de mi amigo. ¿Y qué mi
socio?, me dijo el traste mientras me mantenía una de sus mandarrias sobre los hombros. Yo intenté
zafarme violentamente. Tranquilo, que te conviene. Lo que tienes detrás es un mundo, me dijo sonriendo
mientras me comprimía, inmovilizándome.
Sentí en la nuca un escalofrío que me bajó por toda la columna vertebral, hasta ahí mismo. Traté de
ver qué estaba pasando con Javier pero el yeti me lo impedía. A rastras me llevó por 12 hasta una
especie de oscuro portal abandonado y me aplastó contra una pared, dos perros aparecieron de la nada y
uno por cada lado me levantaron los brazos, fundiéndolos contra el áspero muro. El escaparate empezó a
registrarme, metiéndome las pezuñas por todos lados. Si no hubiese sido porque temblaba de arriba abajo,
seguro me hubiera dado cosquillas. Soy -o era- muy cosquilloso. No podía gritar ni quejarme porque no me
salía voz. Enseguida un auto parqueó estrepitosamente frente a nosotros y a empujones me sentaron en el
asiento de atrás entre los dos perros amaestrados. El escaparate, estilo imperio, se acomodó delante, junto
al chofer.
   Pregunté qué pasaba y para dónde me llevaban. Los que estaban a mi lado por respuesta comenzaron
a interrogarme, qué yo hacía, si estudiaba o trabajaba. Dije que me había acabado de desmovilizar del
ejército y que estudiaba en el Pre de la Víbora. ¿Y tú conoces la historia de los mártires del Pre de la
Víbora?, me preguntó el cromañón. Se hizo un silencio largo. Después agregó: Pues la vas a
aprender en Villa Marista, que para allá vamos.
   Entramos por uno de los portones. El movimiento de carros y muchachos era alucinante. Todo había
que hacerlo corriendo, como si hubiera un fuego o una alarma general de combate. Así me sacaron del
carro, halándome por el cuello de la camisa. Los rostros y los cuerpos pasaban en tropel a mi lado. Yo, cada
vez más aterrorizado, no atinaba a nada. Apenas distinguía como golpes de sombras y luces sobre mi
cara. De pronto me pararon frente a un mostrador, había muchachos sentados en unas sillas y esbirros
uniformados y de civil que entraban y salían conduciendo más pepillos. Uno de los uniformados que
estaba del otro lado del mostrador me ordenó que vaciara mis bolsillos y me quitara el cinto. Lo hice lo más
rápido que pude. Después me mandaron a desnudar completamente y tuve que sentarme en el suelo para
poder sacarme el pantalón. Dos perros a mi lado revisaron minuciosamente toda la ropa, incluidos el
calzoncillo, y el interior de mis tenis de lona. Me sentía ridículo, de pie, desnudo, la ropa a un lado, la
gente pasando, mientras el perro uniformado llenaba unas tarjetas con mis datos. Yo miraba la carpeta con
mis problemáticos -aunque horrendos- poemas debajo de la revista de la universidad y el periódico, junto al
cinto, la cartera, algunas monedas sueltas, mis cigarros, los fósforos Chispa, un bolígrafo y la llave de la
casa.  No me mandaron a vestir hasta que no terminaron con el papeleo. Todas mis pertenencias las metieron
en un sobre manila.



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