José Abreu Felippe: Sabanalamar.
Miami: Ediciones Universal, 2002.
Rodolfo Martínez Sotomayor



La historia es un recorrido por el tiempo, una visión del mundo
donde los acontecimientos convierten al ser humano en protagonista
o víctima de esa fuerza, que aunque ajena a veces a nuestro deseo
individual, nos coloca en medio de hechos a los que somos llevados
por el azar.

Para no hacer uso frecuente de citas literarias, mencionaré una
canción de Sting donde nos dice que "la historia es el catálogo del
crimen", parodiándola, podríamos decir que la de nuestro país,
es entre otras cosas, también el catálogo de la desilusión, donde
una dosis desmedida de pasión nos ha cerrado los ojos a la razón,
donde obsesionados con paraísos terrenales, y una visión utópica
de la justicia, hemos creado poco a poco todo lo opuesto, por eso, la
literatura enmarcada en cualquier período de nuestro acontecer, no
debe ser una mera sentencia o combativa diatriba de nuestros
errores, sino una realidad en la que más que virtudes o defectos sea
la objetiva visión del entorno habitado, el único juez que aguarda en
la posteridad cuando nuestro hoy sea un pasado remoto. Allí
estará la verdadera literatura del exilio, recordándonos que mucho
más que unida a compromisos políticos, lo estuvo también con la
existencia del hombre.

La novela Sabanalamar (Ediciones Universal, 2002), del escritor
cubano José Abreu Felippe, viene a formar parte junto a otras de
esa alternativa literaria cubana salvada por el exilio, llena ese espacio
vacío porque no responde a ninguna necesidad de distorsionar la
verdad por el afán de sobrevivir.

En Sabanalamar, miramos el mundo con los ojos de Octavio, y no
miramos a Octavio con los ojos del mundo. Atravesar ese laberinto de
la imaginación en un adolescente de 14 años es hacernos parte a
la vez de su percepción de la realidad, es sacar a la luz paisajes
interiores, hurgar en la memoria de nuestras propias ilusiones, de
nuestros propios pavores, sólo siendo posible esto por ese
ofrecimiento de sí mismo por un escritor diestro en la palabra y en
este caso particular, recurriendo a una técnica narrativa carente de
ambigüedades, de malabarismos verbales inútiles, con una prosa
que fluye ante nosotros con un ritmo que sólo alcanza la poesía.

Corre el año 1961 y este joven de 14 años es llevado a un
apartado caserío llamado Sabanalamar en la provincia cubana de
Pinar del Río, impulsado por el llamado a una masiva campaña de
alfabetización.

Remembranzas del lugar donde creció (Barrio Azul), lo sumergen en
una adolescencia oscilante entre la inquietud cotidiana que provoca
en él los primeros deseos. Estudios religiosos forman su carácter
en un mundo que se va desmoronando poco a poco, dejando
proscrito todo lo aprendido, junto a la violencia, que a esa corta edad
aparece a sus ojos convulsionando su interior como algo constante.
Breves pasajes bastan para que esa imagen aparezca en nuestra
mente llevada por el autor:

"Los escasos alumnos formaban en el vestíbulo para que los
milicianos, armados con metralletas, registraran las maletas. Él
temblaba mientras el miliciano le ordenaba que abriera la suya y
comenzara a hurgarla. No le gustaba ver aquellas manos extrañas
abriendo sus cuadernos. Aparecían letreros en los baños. El
chofer mismo hacía propaganda, exhortaba a la huelga. Estos hijos
de puta, decía."

Pero algo humano se aloja en Octavio como un refugio donde los
paisajes que evoca sirven de salida a esa necesidad vital de salvar la
adolescencia. Estudios secundarios bajo el influjo del grupo, la
dependencia a la opinión de los otros lo marcan hasta esa duda que
se acentúa con la imposición del ateísmo lanzada por esa
tormenta llamada revolución. Alfabetizar a los 14 años es en
Octavio algo más que una idea precisa, es un camino a la fuga, a la
búsqueda de los espacios soñados, de la naturaleza desconocida y
anhelada.

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El soldado,  Elizabeth Wittlin