Música de agua

Llueve,
oigo caer el tiempo, gota a gota,
y ninguna gota que cae se oye caer.
En cada gota de lluvia mi vida
resbala líquida por el cristal, desciende
pesada y lenta,
hacia el oscuro párpado de mi desvelo.
Y en cada gota de lluvia
me duele el tiempo y la memoria,
y la carne se me ablanda hecha de agua
y se derrama por lecho que me arrulla.
Llueve, llueve cada vez más.
Sigue cayendo el tiempo en mi ventana.
Entorno a mí todo está desnudo,
hecho como de música de agua
entonces, como si respirásemos a un tiempo,   
como si fuéramos un solo pulmón,
encharcado por una misma vida,
oigo el ritmo íntimo de las cosas.
Pero si abro los ojos
todo se me hace antiguo o viejo,
veo con otros ojos, no los míos,
acaso, otros más tristes y más cansados,
que se  mecen en las ruinas de tu ausencia.




Object, objeu, objoie

Esta mañana es la primera del mundo.
Como un párpado suave se desata y se derrama 
por entre los blancos muros de estas calles.
Entonces, uno piensa que nunca hubo esta luz,
ni esta hora, ni este azul,
ni tanto amor a un mismo tiempo.
Y como si por primera vez te descubriera           
renaces nuevamente en la cuenca de mis ojos.
Artista: Rubén Alcidez Pérez
La destreza de las  horas

Imagino en mis noches más solitarias
la dulce claridad de tu sonrisa,
el modo caprichoso con el que cierras
tus negros ojos al hablar.
Imagino en la mayoría de mis noches
paseando largamente junto al Rin
o en la penumbra de aquel cuarto,
junto a la cama, ausente,
con una ginebra entre las manos.
Pero después siempre tu ausencia,
oscura, como una sombra silenciosa
persiste con su ingrata realidad.
Habita, sin embargo,
tu presencia entre las cosas,
perdida entre postales y viejas fotografías.
Es, en los objetos más comunes,
donde perdura intacto tu recuerdo.
Sin embargo, a veces,
cuando la destreza de las horas
me envuelve en un oscuro abatimiento,
imagino la despedida, furtiva, sin palabras.
Después, la noticia inesperada de tu muerte
y un vacío terrible en la memoria


Cuarto de hotel

Porque conocíamos el hábito de nuestro amor
y del deseo, su desmemoria blanca como de peces,
volvíamos al oscuro cuarto de un hotel,
al gesto aprendido en esa hora
en que la espera se hace tangible.
Entonces recorría náufrago de mí
las vertebradas islas de tu espalda,
la clara geometría de tu cuerpo
aprendida en el afán de mi deseo
y te miraba, lleno de ti,
haciéndote renacer a cada instante.

Porque conocíamos el íntimo alfabeto
de nuestro amor y su misterio,
hecho en la costumbre de los besos.
Porque desgranaba mi tiempo en tu sonrisa,
te he buscado en el hueco tibio de tu ausencia
y he pronunciado tu nombre
en el extraño silencio de esta noche,
tan en silencio,
que todo el universo ha despertado.

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Carlos Turpín, poeta catalán nacido en 1973, ha publicado en revistas especializadas de Barcelona, donde reside. Tiene un libro de poemas en vías de publicación.