Maya Islas. Quemando luces. Madrid, España: Betania,
2003
BELKIS CUZA MALÉ
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La poesía es el género más olvidado y odiado. Nadie quiere ya leer
poesía, porque ha sido sustituida por las malas letras de las canciones que
oímos a toda hora; han dejado de leer poesía porque los acosa ese
sentimiento estúpido de la vida que no encuentra placer más que en lo
grosero. Y como no hay lectores, tampoco hay dinero. En pocas palabras,
la poesía no da dinero a las casas editoras, porque no es una mercancí
a. ¡Y gracias a Dios que no lo es!
No me acusen de pedante si les comento que, a decir verdad, el arte y la
literatura hace tiempo que dejaron de ser masivos para ser ''elitistas'', es
decir, sólo lo disfruta o la lee una minoría. Y no acusen a los poetas de
vivir en una torre de marfil. No les han dejadoespacio, ni modo de
expresión, aquí en la tierra. La televisión desterró hace siglos a los
poetas, e igual han hecho el cine y toda la tecnología moderna. La poesí
a, amigos, es la apestada mayor, la pobre huérfana.
El día que McDonald's venda hamburguesas y coloque en sus
restaurantes un estanquillo con libros (si son de poesía, mejor), la
literatura dejará de ser asunto de élites. Pero por el momento, nadie la
necesita
para continuar viviendo.
Por eso hoy quiero escribir simple y sencillamente sobre un libro de poemas
que acaba de llegar a mis manos, Quemando luces, de Maya Islas. No sé
si alguna vez les he explicado mi concepto de la poesía: si el poema no
tiene la tesitura de un paisaje, ni canta como el ''pájaro de fuego'' de
Stravinski, ni tiene la ternura de un beso, ni la gracia de un gato, ni la magia
del viento, ni el misterio del verbo, no es un poema. Su lectura ha de
conectarnos con esa emoción que no encontramos más que en la
profundidad de los abismos.
La poesía de Maya Islas es eso, y más; imágenes de papel y tinta para
expresar parábolas, ideas, conceptos, colores y sabores. Puedo viajar
dentro de un poema de Maya, y puedo recorrer con ella la escala del dolor
o la del canto de la niña que fue y que todavía habita allí en medio de
un castillo de hielo y fuego. Pero ilusionista de la palabra y artista visual
como es, guarda siempre imágenes como el mago en su sombrero. Es
entonces que dice: ''Un mago dejó caer el oro sobre el paisaje''. Y cuando
no es así, ella lo pinta a su modo, le cose aretes a los ojos de las diosas y
hace que salte el mundo, su mundo.
''Estoy completa --dice en algún otro poema--, larga como un hilo cosido
a la página''. También cosida a mi página del recuerdo anda ella
sentada a la mesa de mi casa, compartiendo un almuerzo cubano en medio
de la arboleda de Princeton. Es domingo o huele a domingo. O es Heberto
fumando uno de esos interminables tabacos. Sonreímos quizás para no
llorar; la conversación se desliza como un río. Comemos y hablamos de
todo, como buenos cubanos, y luego yo hago espacio en la sala, acomodo
una silla y me siento como en un teatro, rodeada de espectadores. Maya se
convierte en profeta y lee mi futuro, es decir, mi pasado, es decir, mi
presente. Habla de una casita blanca en otro sitio y de tantas cosas, que va
escribiendo en el aire mi destino, línea a línea. Ella es sabia, es poeta,
es una artista y una dulce y querida amiga. En la literatura cubana tiene ya su
trono. Quemando luces viene a reafirmar lo que digo, porque es uno de
esos libros que se escriben cuando la poesía es carne viva, cuando la
invención es parte del alma.
Si usted nunca se ha leído un poema, intente leer éstos de Maya, pero
no buscando ruidos pegajosos o definiciones manidas. Ella ha tejido y
destejido su alma, y allí convergen todas las canciones: se mira en un
espejo inmenso, espacial, en el que saltan los sentimientos convertidos en
imágenes y las imágenes convertidas en trozos de estrellas. Deje que le
explique por qué ''papel en mano, construyó puentes y sospechas en el
lenguaje''. Deje que ella le diga que ``después de la tarde, alguien salió a
despedirse con una brisa en la mano''. ¿Ve? La poesía es eso, una
emoción, un recuerdo. Algo dicho de otro modo, pero hermoso siempre.
¿Cuántas veces no ha salido a despedirse de alguien querido y lleva una
brisa en la mano? Quemando luces, como toda la buena poesía, es un
espectáculo único, y en ''Preludio, las horas'', dedicado a Virginia Woolf,
se reafirma ''la esencia de la distancia''. Si usted quiere pertenecer a esa
élite que lee poesía (y hasta la escribe), se lo recomiendo.


BELKIS CUZA MALE
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Belkis Cuza Malé (Cuba, 1942) es la directora de LLM y La Casa Azul.





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Indice
Maya Islas, Lifting the Tempest at Breakfast,  Collage, Mix media, 2001