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ESCRITO EN EL ABANICO DE DULCE MARÍA LOYNAZ
En lo más alto de los pinos canta la soledad. Alguien debe venir. Pero no llega.
Sentada en su portal aspira el color de la tarde. Nada tan cruel como el mediodía de la isla. La noche, sin embargo, es una bendición.
Robadas fueron las monedas, las joyas. Decapitadas las estatuas.
En la hora de la desolación, el gallo cantó tres veces y preguntabas: Pablo, Pablo, ¿por qué me has abandonado?
Se detuvieron los relojes. Parecería que Lázano no fuera a resucitar. La casa medía segundo a segundo su agonía.
Cuando él volvió fue para escupirle y llamarle furcia, mujer pública, ramera.
Una cosa --decía-- es saber que tienes que enterrar a todos tus seres queridos, ser la última, otro sentirlo.
La luna ya salió iluminando el desierto, arrasado jardín.
En el silencio, desesperados, ladran los perros.
Alberto Lauro |
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