La Habana saqueada
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OSWALDO PAY�





Una vez pregunté a un amigo latinoamericano que vino a visitarnos:
¿qué te
parece La Habana? Me respondió: es una ciudad formidable, una
gran ciudad, pero da la impresión de haber sido abandonada hace
cuarenta años por todos sus habitantes y haber regresado de pronto
y encontrarla en ruinas, como paralizada por el tiempo.
Mi amigo chileno no era turista. Por eso caminó unos metros mas
allá de
los palacetes consagrados ahora a los extranjeros y vio el interior de las
ciudadelas apuntaladas, donde se hacinan miles y miles de habaneros
que
sienten la peste de la orina que circula por las calles. Ven su ciudad, la
de los cubanos, convertida en un gran barrio marginal, en todos los
sentidos. En este aniversario de la fundación de nuestra ciudad, como
habanero que soy, levanto mi voz en defensa de mi ciudad saqueada.
La Habana se fundó con una misa. Esto es suficiente para recordar la
raíz
cristiana de esta ciudad y de la nación cubana que, en sintonía con el
saqueo físico, sufrió, desde el principio, el saqueo cultural y el
saqueo
espiritual de sus habitantes. Sufrió el proceso de descristianización
forzoso, el aniquilamiento de todas sus instituciones, la profanación de
muchos de sus templos, convertidos en salones de injuria y potreros de
la
mentira, por la persecución y la apostasía. Hay que reconocer este
saqueo
espiritual si se quiere comprender por qué en La Habana hay más
prostitución que nunca. Es un ultraje que muchos turistas y también
muchos policías traten a las mujeres cubanas como prostitutas
mientras no se demuestre lo contrario. Ese ultraje es posible y
permitido porque los
habaneros y los cubanos han perdido los derechos en su propio país.
Por
eso los neocolonos pueden divertirse y hacer negocios usando la mano
de
obra alquilada, ya que saben que a los cubanos su Estado no les
reconoce
derechos. Así algunos sienten el morboso placer de sentirse
superiores y
adulados, viniendo casi siempre de países donde desde hace mucho
se
proclaman y se hacen ley los derechos humanos.
Nunca hubo en esta ciudad más barrios marginales, contando los
barrios que se han convertido en marginales y que no lo eran, como la
misma Habana Vieja. Nunca hubo más delincuencia, más
corrupción, más pobreza y más diferencias. Nunca un habanero
fue discriminado en su propia ciudad, ni un cubano fue discriminado en
La Habana, ni en Cuba, por ser cubano. Hay un letrero invisible en el
casco histórico que dice: «Habanero, esta Habana
no es para ti. Ha sido prostituida y ofrendada al placer extranjero y tú
sólo eres telón de fondo. Y si eres negro, o vistes pobremente, ya
sabes
que en cualquier esquina un policía te pedirá identificación y tu
dinero
no vale, confórmate con mirar a los seres que por decreto despótico
ahora
son superiores».
Esas prácticas humillantes, soportadas por la fuerza de agentes con
traje
de fascista (o estalinista que es lo mismo) recuerdan que el despotismo
convertido en baba, para disertar de una historia ahora confiscada,
también tiene garras para reprimir.
Hay un amargo chiste popular en el que se le pregunta a un niño
cubano:
«¿Qué quieres ser cuando seas grande: médico, piloto,
abogado, bombero..?» Y el niño responde : «Yo quiero ser
extranjero».
Los demagogos se rasgarán las vestiduras, pero todos saben que es
verdad: hay una pérdida de la autoestima en muchos y una gran
desorientación generada por años de humillación, discriminación,
ausencia de derechos, coronada, con espinas, por el privilegio de los
extranjeros en nuestro propio país .
Los cubanos de otras provincias están limitados hasta con leyes que
les
quieren prohibir que vivan en su capital. En vez de despreciar a nuestros
hermanos de otras provincias, el gobierno debería realizar la apertura
necesaria para que tanta pobreza, miseria y falta de horizontes no
obligue
a muchos cubanos a emigrar hacia La Habana, para seguir siendo
pobres. La solución no es la ocupación de La Habana con policías
y tropas de otras zonas, sembrando así las tensiones y recelos entre
cubanos, ya que somos todos parte de un mismo pueblo.
Sepan que hubo una Habana con más de diez periódicos diarios,
con muchas emisoras de radio, con un gran sistema de transporte y
donde al menos los pobres tenían un poco de dinero que valía y
servía para algo. Una Habana en la que los orientales y cubanos de
otras regiones jamás fueron despreciados.
De esta ciudad ahora dicen que era lo peor e insisten que pululaban las
prostitutas. Por eso los habaneros y todos los cubanos debemos
protestar,
porque la mayoría no tenemos ese origen y allá quien quiera
reclamarlo
para sí. Es momento para reivindicar la decencia y educación de
nuestros
padres. Esta era una ciudad en la que era respetada la mujer, los viejos,
los maestros y los ciudadanos por los ciudadanos, aún en medio de la
otra
dictadura. Es momento para recordar que la mayoría de la ciudad,
inclusive la que está ahora en ruinas, ya estaba hecha en 1959. Claro
está: había zonas donde vivían los ricos de antes y un inmenso
área donde vivía lo que
llamaban la clase media. Todo eso antes de lograr con el socialismo un
régimen de igualdad en el que los barrios ricos se convirtieron en las
ahora oficialmente establecidas zonas congeladas, en la que los
sacrificados dirigentes viven en las otroras residencias de los ricos y
otras nuevas que se construyen. Es la igualdad más desigual que se
puede
concebir, mientras todos los sábados desde las tribunas algunos de los
ricos gritan a los pobres «socialismo o muerte».
Sí, porque en La Habana había gran vitalidad, había miles de
pequeños
negocios de personas honestas y trabajadoras, familias completas que
abnegadamente, durante décadas, levantaron restaurantes, tiendas,
talleres
de todo tipo, pequeñas fábricas, imprentas, cafeterías, puestos de
limpiabotas y cuantos servicios y productos puedan ser creados. Todo
fue
arrasado, matado por la llamada «ofensiva revolucionaria» que
convirtió a
La Habana y a Cuba, en una zona de posguerra. Eliminaron todo
vestigio de
libertad económica. Esto llevó a Cuba a la miseria, la angustia y las
carencias que sufren hoy las mayorías pobres. Todo a nombre del
socialismo y de la metrópoli soviética. Así secaron La Habana.
Arrebataron el fruto del trabajo de cientos de miles de familias,
cerraron sus locales para
convertirlos en ruinas, trataron a sus propietarios con odio y con la
burla humillante, a los que decían sádicamente «siquitrillados»
Destruyeron la vida de miles y miles de familias. Entre éstas, de
muchísimos inmigrantes que ya se habían fundido con el pueblo
cubano.
Judíos, árabes, chinos y, sobre todo, españoles. A estos últimos
les
trataron con particular desprecio mientras los despojaban de lo que
habían
logrado con su sudor, partiendo de la nada. Todo esto, ¿para qué?
Para que
ahora algunos dirigentes se conviertan en gerentes y empresarios
capitalistas, para que ahora se restriegue en la cara de los cubanos la
existencia de empresas extranjeras y surja el capitalismo de los
extranjeros y los que tienen el poder. Detrás del partido único surgen
entonces los capitalistas únicos. Esto que están haciendo es lo que el
autor peruano llamó La Gran Estafa. Todo para al final decirle a los
cubanos: capitalismo sí, pero no para ti. Para ti: «socialismo o
muerte».
Mientras los habaneros están silenciados por el miedo, otros vienen de
lejos a tomar mojito y decirles «qué simpáticos son, qué alegre
es su
música y qué lindas sus mulatas».
Los que entren a la catedral, que es un iglesia de una comunidad viva y
no
un museo, para celebrar nuestro aniversario de ciudad, verán a San
Cristóbal con el Niño Jesús en los hombros; recuerden entonces
que allí,
frente a la ciudad, las hordas represivas hundieron el remolcador 13 de
Marzo, ahogando alevosamente a más de dos decenas de niños,
que todavía
claman por justicia, día a día, frente a La Habana carnavalesca.
Desde la colina de la bahía, casi junto a los murallones de la Fortaleza
de la Cabaña, en los que están incrustados tantos corazones de
fusilados
desgarrados por las balas, mira el Cristo vigilante, al que aún muchos
habaneros tienen miedo a mirarle y hablarle frente a frente. Quizás los
habaneros aún tienen miedo a invitarle a su ciudad. Cuando se
decidan,
entonces La Habana será liberada y Cuba también.



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Osavaldo Payá, disidente cubano. Coordinador y fundador del
Proyecto Varela. Premio Sajarov. Reside en La Habana.






Linden Lane Magazine (c) Todos los Derechos Reservados, 2004
C K Aldrey, El regreso, 2004, Arte Digital
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