Precisiones a Pablo Armando Fernández


Por ARMANDO ALVAREZ  BRAVO


Patricia Gutiérrez, la hija de Eloy Gutiérrez Menoyo, recientemente editó y presentó en Cuba el libro La cultura y la revolución cubana. Conversaciones en La Habana, una colección de trece entrevistas con "algunas de las primeras figuras de la cultura isleña cubana", de Leonardo Padura Fuentes y John M. Kirk. El volumen forma parte de la Colección Cultura Cubana, de Editorial Plaza Mayor, de San Juan, Puerto Rico. Los entrevistados son trece incondicionales representantes y servidores de la cultura totalitaria imperante en la Isla. Sus nombres: Silvio Rodríguez, Antón Arrufat, Alicia Alonso, Abelardo Estorino, Chucho Valdés, Pablo Armando Fernández, Leo Brower, Nancy Morejón, Roberto Fernández Retamar, Roberto Fabelo, Frank Fernández, Fernando Pérez y Jorge Perugorría. Todos ellos, precisa John M. Kirk, "pertenecen al establishment cultural cubano y gozan de apoyo, prestigio y reconocimiento oficial".
En su carta de presentación de la obra, la editora manifiesta que decidió crear esa colección "con el propósito de brindar y de fomentar el respeto por las diferencias". Agrega que "esta Colección se relaciona en su arranque con el desastre que provoca la intolerancia". Creo firmemente en el respeto a las diferencias y en su fomento. Por eso soy un exiliado. ¿Puede creerse o tan siquiera soñarse, a los 43 años de totalitariasmo en Cuba, en la posibilidad de respeto a las diferencias por parte del régimen castrista? No. Cotidianamente, la monstruosidad de sus hechos lo confirma. En lo que concierne a la intolerancia, tan sólo una pregunta. ¿Es posible ser tolerante con el totalitarismo? De ser así, la defensa y la lucha por la libertad y la democracia carecen y han carecido de sentido. ¿Puede admitirse tal aberración moral?
Desde el respeto a las diferencias, hay que destacar que, a diferencia del castrismo, en el diverso espectro de posiciones existentes en el exilio cubano, ese exilio siempre se ha caracterizado por su constante voluntad de recibir y apoyar sin rencores a todos los que se le incorporan, sean cuales fueren el papel y las responsabilidades que hayan tenido en Cuba. No menos, debe destacarse la generosidad del exilio con sus hermanos sojuzgados e inermes en la Isla; su incesante desvelo e iniciativas para que alcancen la libertad y la democracia. Su pasión para que sea realidad la pendiente posibilidad cubana.
La publicación y difusión de este libro es una prueba definitiva e irrefutable de lo que son la libertad, la democracia y la tolerancia. ¿Puede publicarse en Cuba tan siquiera una página que no tenga el beneplácito de la jerarquía policial del régimen y que sirva a sus fines? No. Esta respuesta está finalmente documentada por incontables y crecientes hechos y testimonios. Son una trágica historia de exigencias, acoso, arbitrariedades, persecución, cárcel, reducción a la condición de no persona, censura, muerte y exilio. Una atrocidad que también ha descendido implacable sobre las familias de aquellos que han tenido la dignidad y la decencia de no hacer el juego al régimen.

Ante un volumen como La cultura y la revolución  cubana. Conversaciones en La Habana, debo precisar algo sobre la eficaz y sofisticada maquinaria ideológico-policial del castrismo. Es su capacidad de utilizar a sus fines y provecho la desinformación. Esa conducta determina aunque esto resulte una aparente contradicción de su inflexible política cultural, impuesta por el dictador en 1961, en sus "Palabras a los intelectuales": "Dentro de la revolución, todo: fuera de la revolución, nada"--- que el régimen lleve a cabo constantes cambios cosméticos en lo que concierne a su imagen, cara a ganar el apoyo internacional.
De un tiempo a esta parte ---y centrado en el ámbito cultural---, el castrismo desarrolla activamente una campaña de "apertura". Esta conlleva, entre otras acciones que pretenden sustentar la inexistente separación entre política, creación y cultura, varias líneas maestras. Son: la propiciación de las visitas a la Isla de intelectuales y creadores exiliados, su captación y su neutralización; la autorización de salida del país de ciertos escogidos  creadores e intelectuales; el controlado reconocimiento de contadas personalidades y obras de exiliados que había eliminado de su"historia oficial"; la publicación de la obra literaria y la presentación de la obra plástica de autores y artistas del exilio; la constante infiltración del exilio por parte de intelectuales y creadores que, desde su aparente independencia, responden incondicionalmente al régimen y sirven para la proyección de un falso clima de libertad y discusión. Los matices de esa campaña son tan diversos como sutiles y nefastos.
Con la misma libertad ---que no existe en Cuba, donde no creo circule---, que ha permitido a Editorial Plaza Mayor la publicación en el extranjero de La cultura y la revolución cubana. Conversaciones en La Habana, considero que esta obra sirve, aunque la animen las mejores intenciones, a esa siniestra y tenaz  campaña de desinformación  del castrismo, que en estos mismos momentos se entrega a una nueva e implacable orgía represiva.

Hay algo que resulta imposible a estas alturas. Es engañarse sobre la naturaleza represiva y totalitaria del régimen de La Habana. Hacerse ilusiones sobre las posibilidades de cambio hacia la libertad y la democracia en su seno. La "cultura" oficial no admite la menor desviación ideológica. Nada ni nadie que no tenga el beneplácito de su jerarquía policial y sirva a sus fines puede salirse de sus dictados. Así, los 13 entrevistados en este libro ---por independientes que parezcan sus respuestas, críticas y reflexiones--- son voceros incondicionales y designados del sistema totalitario. ¿Por qué, en el espíritu que implica el título, no figuran personalidades del arte, la creación y la cultura que son declarados opositores al castrismo en la Isla? Esa notoria ausencia es demostración incontrovertible del carácter tendencioso y excluyente de la obra. La invalida.
En esta nueva e incalificable obra de ficción figura la entrevista al policía Pablo Armando Fernández ---titulada con precisión "Dentro del juego"---, que me interrogó cuando fui separado de mi familia durante los días de horror de El Mariel, en 1980. Esa entrevista egolátrica, sumisa, servil, llena de mentiras y desfiguraciones de la verdad histórica ---que responde al pie de la letra a las sofisticadas estrategias y tácticas del régimen y es exponente de su constante e insólita capacidad para borrar, reescribir y reinterpretar los hechos a su favor y beneficio--- debe haberle ganado nuevos galones y privilegios a los que disfruta el anfitrión del cumpleaños de Castro, con "cake" hecho por Miguel Barnet, que debe estar rabiando porque no lo incluyeron entre los escogidos.
Nada desearía más que poder discutir frente a frente ---y en la libertad que con sus incesantes y tenebrosos servicios al régimen castrista contribuye a aplastar--- con este vanidoso y eficaz policía de exportación que celebran los autores del libro. Es algo imposible. Sirvan de ejemplo de esa imposibilidad sus autoritarias furias y su violenta negativa a la discusión cuando recientemente se presentó en Princeton. Sus virulentos insultos al exilio en múltiples ocasiones. Demasiado más. A falta de esa discusión, no puedo dejar de dirigirle estas páginas, que sé insuficientes cara a su conducta represiva.



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