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Ética, belleza y realismo mágico
Por BENIGNO NIETO
“Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos”, afirmó Oscar Wilde. Con este axioma el irlandés absolvía a la literatura de toda obligación, excepto la buena escritura. Wilde fue un extravagante, para el que no existía otra valoración que la belleza. Creía en la supremacía de la ficción sobre la realidad, temía la luz del sol y en la mesa hacía prender las luces en pleno mediodía. Borges lo describió como “un dandy dedicado al pobre propósito de asombrar con corbatas y metáforas”. Antes y después de Oscar Wilde, los artistas cultivaron la belleza, pero ninguno tuvo la osadía de llamarse “el rey de la vida”. De hecho, para entender a Wilde hay que situarlo en los años finales de la Reina Victoria: Inglaterra vivía una prosperidad sin precedentes, una clase media mojigata y una petulante aristocracia. El escenario para que un genio juguetón y frívolo desnudara la hipocresía de esa sociedad.
A fines del siglo XIX y principios del XX, en Europa se inició un lapso donde los juicios contra los libros fueron menos frecuentes. Los escritores no comparecían ante los tribunales por sus Madame Bovary. Sólo la pornografía explícita quedaría prohibida. Florecieron los experimentos en la pintura y la literatura. Nadie imaginaba las décadas tenebrosas que se avecinaban: el triunfo de ideas totalitarias, la década del nazismo, y el reinado del siglo del Estado comunista, la Cortina de hierro y la Internacional, bendecida por filósofos y poetas comprometidos políticamente. Jean Paul Sartre fue el mayor propulsor del “intelectual comprometido”. Predicó que no tomar partido, o callarse, era tomar partido por el capitalismo explotador y la burguesía. El comunismo se transformó en el Dogma religioso del siglo. El intelectual se convertiría en el comisario político de la nueva fe. Y el pensamiento, como en el perro de Pávlov, funcionaba por reflejos condicionados.
Pero volvamos a Wilde y sus axiomas de dandy: “Una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo”. Y pongámoslo a prueba, sustituyendo el sujeto artista por el político: “Una simpatía ética en un político constituye un amaneramiento imperdonable de estilo”. ¿Admitiría usted esa discrecionalidad moral en un político? Lo dudo. “El estilo es el hombre” (Stendhal). El estilo es espejo de su ética. Y viceversa. Esto es válido para Oscar Wilde, lo mismo que para Gabriel García Márquez, cuyo apoyo incondicional a los crímenes de Castro, ha enfurecido ahora a medio mundo. Incluidos sus compañeros, que lo emplazaron moralmente. ¿Por qué sólo al Gabo? Roa Bastos, Mario Benedetti, y otros escritores menores, están embasurados con el castrismo, y nadie los emplaza a que se pronuncien. Tal vez emplazan al Gabo por ser el Rey del realismo mágico. Tal vez la envidia no sea ajena. La fama es una desgracia para un escritor. Por cuanto, aparte de su obra, debe responder por su conducta y sus opiniones políticas. En cambio, a un futbolista lo dispensan de esta obligación. Mi admiración por el Gabo y Cien años de soledad se ha ido devaluando. El asombro de sus hipérboles no soporta una tercera lectura. Para colmo, ahora asocio el realismo mágico de García Márquez con su conducta política. Porque a estas alturas, su complicidad con Castro sólo se sustenta por esa deformidad moral entendida como lealtad, sin importar la vileza o el crimen. Es la “moral del compadrito” que se vincula, visceralmente, al imaginario de su realismo mágico. ¿No son Castro, Chávez, Evita y Tiro Fijo, personajes del realismo mágico? Esto generaría otra cuestión turbadora. ¿Ha sido el realismo mágico una influencia nociva en esta América nuestra, ya saturada de supersticiones, de lunáticos y de caudillos imprescindibles? ¿Son los libros inofensivos? A juzgar por la censura del castrismo, no lo son. ¿Es Cien años de soledad inofensiva? No lo es. Toda novela importante es una provocación al espíritu. ¿Debemos censurarla? Jamás. Eso sería más que un sacrilegio, una grosería. Estoy contra toda censura. Pero por tratarse de un texto escolar venerado y obligatorio en toda América, ¿no debería ser reinterpretada como lo que es: una enciclopedia de los mitos y supersticiones que glorifican y prolongan las desaforadas mentiras de los cronistas de Indias? Entro, pues, en terreno minado: el de la influencia negativa de “la literatura mágica” en la sociedad. Mortificado por el remordimiento y las dudas, dos años atrás le pregunté en Caracas a Elizabeth Burgos: “¿Puede el realismo mágico haber favorecido el culto político de lo mágico y mesiánico en América Latina??”. “Sí, posiblemente”, me contestó ella. Y razonó su opinión. Viniendo de Elizabeth Burgos (inteligente, integra y estudiosa), sentí alivio. Finalmente, el iconoclasta Díaz de Villegas se lanzó con un ingenioso artículo contra el Gabo: “Para renunciar al castrismo, García Márquez tendría que renunciar a una mentira mayor. Denunciarlo (...) equivaldría, en su universo, a lanzar la madre de todas las bombas contra el realismo mágico”.
Esta no es sólo la tragedia de García Márquez, sino de una América Latina que ya debería abandonar los mitos del indigenismo, la raza cósmica, y otras alucinaciones y delirios de caudillos, y ascensiones de vírgenes al cielo, y entrar de una vez, y por todas, en la edad de la razón. Hace sólo dos décadas los españoles escaparon de su “grandioso pasado” fracasado. ¿Por qué no podemos nosotros? En cuanto a Cien años de soledad, y todos los libros que amamos, debemos juzgarlos con la integridad ética de un Joseph Conrad: “Entre todas las creaciones del hombre, los libros son los que nos quedan más próximos, por contener nuestros pensamientos, nuestras ambiciones, nuestra indignación ocasional, nuestras ilusiones, nuestra fidelidad a la verdad y nuestra persistente inclinación al error”. La estética ilumina, pero sólo la ética redime.
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Benigno Nieto es un escritor cubano con varios libros publicados. Reside en Miami |
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