Los dos hermanos se hicieron arrieros y las dos hermanas se
entregaron a labores domésticas y agrícolas. Auristela y su
hermana Fresia lavaban la ropa de toda la familia; con un canasto lleno
de ropa sucia a cuestas partían al río y allí en cuclillas la
restregaban a mano. Plantaron hortalizas y árboles frutales.
Cocinaron cazuela, charquican, humitas, sopaipillas y diferentes guisos
con los congrios, corvinas y jureles que sus hermanos pescaban.
Salaban y secaban al sol cuelgas de varias carnes para conservarlas
por una temporada más larga. Se levantaban a las seis de la
mañana y empezaban a amasar pan. No tuvieron ni una niñez ni una
adolescencia normal. Maduraron de repente.


Cerca de los Llocan Pezuña había otra choza en la cumbre de la
montaña. Allí vivía Manuel Abarca Martínez. Lo llamaban Don
Manolo. Siempre andaba afanado en los aparejos y las cargas. Es el
mismo que adiestró a los hermanos de Auristela en la arriería. Don
Manolo tenía una vida agradable. No estaba solo, vivía con un
muchachito de unos once o doce años, muy rubiecito, con los ojos
azules. Nunca lo declaró su hijo, pero el parecido físico entre ambos
era una evidencia innegable. El niño le era útil para cuidar las
cabras. Pero le servía de algo más: le leía ingenuas historias al
rudo montañés. Gonzalo, que así se llamaba el muchacho,
empezó a aburrirse del campo y el caso es que convenció a Don
Manolo a que lo dejara partir a la capital. Gonzalo partió dejando a
sus amigos Llocan Pezuña muy tristes, pero con la esperanza de que
iban a volver a verse.

Pasaron unos pocos años y en un amanecer de una noche de
invierno en que bajó drásticamente la temperatura y todo se
congeló, encontraron muerta a su bisabuela. Temblando de frio y
atemorizados la enterraron. En ese momento las hermanas decidieron
probar suerte en la capital. Estas dos huérfanas morenas, de trece y
diez años, respectivamente, desaliñadas, casi descalzas, de
naturaleza simple y sana emprendieron el viaje en busca de un mejor
porvenir. Viajaron toda la noche. Se bajaron del tren al alba y
empezaron a caminar entre la barahúnda de palacios de gobierno,
emporios, bazares, joyerías y librerías. Con asombro y curiosidad
fueron recorriendo la capital; pasaron frente a cafés y mercados,
universidades y escuelas, salas de exposición, cines y teatros,
parques y plazas, cementerios e iglesias rebosantes de público y
actividades. Esta inmensa metrópoli con barrios altos residenciales y
barrios bajos de poblaciones obreras las fue dejando boquiabiertas y
sobrecogidas, era como un desfile espectacular en que las diversiones
y tareas bucólicas ya eran un pasado, y el presente y el futuro era
este insospechado ajetreo. Al anochecer se entregaron al esplendor
de la Virgen María, esa imagen gigantesca en lo alto del cerro con los
brazos abiertos y las manos tendidas a invisibles seres suplicantes.
Corría un dulce aire que las acarició y un silencio en que el perfume
de los jazmines parecía ser el aliento de la propia noche. Estaban tan
rendidas y extasiadas que el sueño las venció y durmieron esa
primera noche en la capital a la intemperie.

Al otro día se aparecieron ante la dirección que llevaban anotada en
un papel y que se las había dado Gonzalo. Era la casa de mis
abuelos maternos. Les dieron trabajo como empleadas domésticas.
Fresia fue transformándose en una criatura vivaracha y sociable.
Antes de los dieciocho años se retiró de la casa para casarse y
formar su propio hogar. En cambio, Auristela se hizo más huraña y
enigmática. Quizás se deba al hecho de que Gonzalo, su único
amigo de la infancia, las rechazó como amigas diciéndoles
claramente que él no tenía intenciones de reanudar antiguas
relaciones con gente de su pueblo natal. Auristela se sintió herida y
decepcionada. Nunca se lo perdonó y se reconcentró más en sí
misma. No dio lugar a que ninguna persona se le acercara. No se le
conocieron ni novios ni amigos.

Cuando mi mamá, única hija, se casó y tuvo su primer bebé, se
llevó a Auristela con ella de niñera, y así fue pasando el tiempo
hasta que se hizo cargo de los siete hijos que mis padres tuvieron y del
manejo total de la casa. Fue más que una niñera, fue nuestra ama
de llaves y fue nuestra querida mami también.


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