Auristela
MarÃa Angélica MartÃn
TenÃa que verla. HabÃa viajado por más de dos dÃas sin parar
por ver a Auristela. HabÃan pasado más de veintiséis años.
Siempre la llevé conmigo en mi pensamiento, presintiendo que en
cualquier momento nos volverÃamos a ver. Me estaba acercando a
la meta propuesta y mi corazón empezó a latir desaforadamente.
Iba reconociendo y admirando la majestad y belleza del paisaje,
atravesando montañas y quebradas, valles y playas, rÃos y
esteros, estepas y llanos, montes y bosques; maravillándome con
los zorzales, ruiseñores y jilgueros, con los rojos copihues y
blancas azucenas, con los guanacos y huemules; redescubriendo
caserÃos, pueblos y ciudades. De la estación ferroviaria tomé
un taxi que fue dejando una espesa polvareda mientras apenas
avanzaba por caminos agrestes sin pavimentar. Al fin creà divisar
en la falda del cerro su choza de barro que ya no era tal, sino una
casa prefabricada de dos cuartos, y acortando la distancia
alcancé a distinguir la figura de Auristela Llocan Pezuña, quien
fue mi niñera por veintidós años, desde que naci hasta que me
casé y dejé el patrimonio familiar, a la que llamé "mami" apenas
pude hablar. Allà estaba sentada como esperándome, calzaba
alpargatas, vestÃa una solera, llevaba un sombrero de paja, tenÃa
la cabeza gacha sin mirar ni hablar, parecÃa estar oyendo el ruido
de las hojas que el viento movÃa. Al verla, una gran emoción me
embargó que me hizo recordar vivencias pasadas. Auristela de
repente levantó la cabeza y me vio. De su garganta salió sólo un
grito, mi nombre. Me reconoció casi por instinto.
Mi mami fue siempre un ejemplo de valor para mà y para todos
aquéllos que la conocÃan. Su estilo de vida era austero,
siguiendo las normas de una buena evangélica; era un alma
sufrida y generosa; de modales y sonrisas sobrias; nunca dijo que
no; sus manos eran duras, manos de campesina; era delgada,
morena, de regular estatura, de ojos negros, cabellos lisos
obscuros; jamás estaba ociosa, siempre estaba haciendo algo;
semianalfabeta, parca en palabras; de apellido indÃgena o vasco,
¿qué importa? Cuando le preguntábamos por su origen, ella
invariablemente respondÃa "de allà porque allà nacÃ." Auristela,
esa anciana que parecÃa estar dormitando, habÃa dedicado casi
toda su vida al cuidado de los hijos de mis padres. ¿Ochenta o
noventa años? ¡Vaya una a saberlo! En este singular y
prodigioso rincón los años no cuentan. Estas tierras agrÃcolas
las habÃa heredado de sus antepasados. Y allà está ahora sola.
En las riberas del rÃo que se extiende a lo largo de este valle
fecundo su gente habÃa echado raÃces por decenas de años
criando a sus hijos y haciéndose cargo unos de otros tras una y
otra generación.
Auristela era la mayor de cuatro hermanos. Cuando ella tenÃa
nueve años perdió a sus padres en un derrumbe de lodo. Los
niños con su bisabuela materna habÃan ido al pueblo vecino al
fundo de unos amigos de la familia a ayudar en la cocina a hacer
conservas. Cuando regresaron una mirada les bastó para saber lo
ocurrido: ni señales de sus padres, ni de su choza, ni del corral, ni
de animales, ni de campos de cultivo, ni nada. Tan sólo una ancha
franja de terreno de aluvión que iba a fundirse al violento rÃo. Lo
habÃan perdido todo. Era el comienzo del invierno; la culpa la
tenÃa la nieve que cayó copiosamente desde aquel dÃa de su
partida, después llovió y luego salió el sol por uno o dos dÃas
que bastaron para derretir la nieve de las altas cumbres que
descendió con rigor al valle en una mezcla de agua y tierra
arrasando con el escaso caserÃo y con cuanto se interpuso en su
paso. Nadie pudo salvarse. Auristela se hizo cargo de la situación
con entereza; atendió a sus hermanos pequeños y a su bisabuela
octagenaria.
Dirigidos por ella, hicieron adobes y levantaron su choza,
prepararon las tierras para cultivo, criaron pollos y cerdos,
adquirieron una vaca y un caballo, aprendieron los rudimentos de la
lectura, escritura y aritmética; unieron sus fuerzas y salieron
adelante.
Cont...>>>





Senderos de mi mente, Susana Weingast