Seremos uno y La Pluma de un ángel


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JOSE MIGUEL GONZALEZ LLORENTE


Seremos uno



–Repíteme tu nombre. Una vez más.
–Alejandro.
–¿Y el nombre de tu hermano?
–Ambrosio.
–Y dices que ustedes son gemelos.
–Sí. Nacimos el mismo día, de un mismo óvulo, una misma placenta,
una misma madre. Ya se lo he dicho. ¿Cuántas veces..?
–Todas las que yo quiera. Y entiende que el que hace las preguntas soy yo.
–Está bien...
–Y dices que son gemelos idénticos.
–Idénticos. Como la imagen en un espejo. Mamá le hacía la raya en
el pelo a Ambrosio del lado derecho, para poder diferenciarnos. Pero el
espejo le cambiaba a él la raya para el lado izquierdo, y viceversa. O sea,
que somos iguales. Lo único que nos diferencia es el nombre, aunque es casi
la misma cosa, porque nacimos el día de San Alejandro y San Ambrosio.
¿Comprende ahora?
Además, ahora somos más iguales, porque ninguno de los dos tiene pelo...
–Basta.
–Es que veo que usted quiere más pruebas de que somos iguales.
–Basta te digo.
–Está bien. (Este hombre quiere confundirme. Y así ha sido desde que
a Ambrosio y a mí nos trasladaron para esta prisión. Pero no lo van a
lograr. Ni siquiera le creo que sea médico, con ese uniforme... y esa cara
de... de robot, de soldado.)
–Y Ambrosio estaba en la celda contigua a la tuya.
–Sí, en la número uno. Y yo estoy en la número tres. ¿Cierto? Del
lado de allá del pasillo están los pares y de este lado están los nones.
¿Cierto? Uno, tres, cinco... Juntos, pero separados, con una pared de por
medio. Es parte del castigo, según nos dijeron. Esto es tortura mental,
¿sabe?
–Basta.
–Perdone. (Mejor me pongo respetuoso. A estas alturas, no saco nada con
enfrentamientos.)
Y ustedes se comunicaban a través de la pared.
–Sí. Como usted podrá comprobar, en el rincón, bajo el camastro,
hay un agujero. Pues por
ahí hablábamos, en susurros, claro.
–¿De qué hablaban?
–Pues, imagínese, de todo lo que dos hermanos que llevan presos tres
años pueden hablar.
De la vida antes de esos tres años, en casa, con mamá y los otros dos
hermanos. Y, bueno, últimamente hablábamos mucho de cómo hacer
para aguantar los años que nos quedan en la cárcel.
Usted sabe, esto es insoportable.
–¿Insoportable?
–Pues sí. Veo que tiene mi foto ahí delante, en la planilla. No soy el
mismo, como puede ver.
Estas ojeras... Y mire, ahora es más fácil contarme los huesos y los dientes
que me quedan sanos ¿Y de qué color le parece que tengo ahora la piel..?
–Si no te hubieras metido en todas esas huelgas de hambre.
–Sin huelgas, en esta cárcel no reconocen los derechos que uno tiene.
Acuérdese que yo no estoy aquí por robar, ni por poner bombas. En los
registros no nos encontraron nada ni a Ambrosio,
ni a mí. ¿Cierto..? Sólo papeles...
–Basta. Si sigues con esa actitud, peor para ti. Creo que ya lo sabes.
–Es verdad. (Otra vez me salí de mi guión, carajo. Hace tiempo que
Ambrosio y yo
acordamos no pelear con esta gente que viene de arriba. Bastante lucha
tenemos ya con nuestros ángeles guardianes de aquí abajo.)
–¿Y de qué más hablaban últimamente? Cuéntame de la
puertecita...
–Ah, sí. La puerta que da al túnel. (A repetir la historia otra vez. Dios,
paciencia.) Realmente, es una puerta muy pequeña. Él la descubrió
hace como dos semanas lijándose las uñas en la pared, porque me dijo
que las tenía tan largas que se arrancaba la piel cada vez que se rascaba...
Mire como nos ponen los mosquitos. Sintió como una ranura, y cuando
empujó, la piedra cedió. Siguió empujando y se abrió la puertecita.
Cuando me lo contó, yo no se lo creí. Pensé que se estaba volviendo
loco, y se lo dije. Él me dijo que sabía que parecían cosas de loco,
pero no, que era verdad, que había una puertecita disimulada en la piedra.
Y entonces esa misma noche se arriesgó y se metió por ella. Y se arrastró
por un túnel, y salió por un agujero en medio del solar yermo que rodea la
prisión. Figúrese, quién iba a pensar en algo así en una celda de
aislamiento como ésta...
–Sigue.
–En la madrugada me despertó con un silbido y me lo contó todo.
–Entonces, tu hermano regresó a su celda.
–Sí, claro. Yo hubiera hecho lo mismo. Yo no lo hubiera dejado así,
solo en este hueco inmundo. Él regresó a contarme lo que había hecho
y lo que había visto. Caminó casi toda la noche.
Respiró el aire del mar. ¿Sabe lo que es eso, después de estar durante
meses y meses respirando uno su propia mierda? ¿Cómo no iba a regresar
a decírmelo?
Vio las estrellas del cielo después de tanto tiempo...
–Y entonces. Volvió a salir la noche siguiente.
–Pues claro. La segunda vez caminó bajo la lluvia y fue como darse una
ducha, después de tres años. Y luego se secó con la brisa de la
madrugada.
–Y volvió.
–Sí, volvió. Y de nuevo salió la otra noche, y volvió a entrar. Lo hizo
durante casi dos semanas. Y visitó a la vieja, y a los muchachos. Y una
noche los amigos del barrio le organizaron una despedida con carne de
puerco y ron. (Ahora viene la misma pregunta de siempre:“¿Una
despedida..? ¿No me dijiste que..?�)
–¿Una despedida? ¿No dices que siempre regresaba?
–Sí, pero yo lo convencí que no tenía sentido que regresara. Nos
pusimos de acuerdo, hicimos un pacto. “Ambrosio, mi hermano�, le
dije, “vete, escápate. Tú eres como una mitad mía. Si tú eres libre,
yo seré libre también. No regreses, sálvate... sálvanos. Dile a todos lo
que hemos sufrido aquí. Y prepárame el camino�.
–¿Qué camino? ¿Tú piensas irte también?
–Bueno... (Metí la pata. No he debido decir eso.)
–Está bien. ¿Y que pasó ayer en la mañana?
–Pues lo que usted sabe. Al amanecer se dieron cuenta que la celda de
Ambrosio estaba vacía, y me vinieron a buscar para que yo explicara lo
que pasó.
–Y te llevaron a la celda de Ambrosio.
–Sí.
–Y estaba vacía.
–Sí.
–¿Y les mostraste la puerta por donde se fue Ambrosio?
–No. Eso no me lo pueden pedir. Es parte del compromiso que hice con mi
hermano. Está dentro del pacto que hicimos. Si quieren, me patean otra vez,
pero no les enseñaré la puertecita.
–Okey, Ambrosio. ¿Algo más?
–Yo soy Alejandro, doctor. (Mejor le digo doctor, a ver si me deja en paz.
Está otra vez tratando de confundirme.)
–Está bien, Alejandro Ambrosio Castillo �vila. Si te estás haciendo el
loco, peor para ti, porque te vamos a dar unas medicinas que a lo mejor no te
gustan. Fírmame este papel declarando la verdad. Que tú no tienes
ningún hermano gemelo. Que tú sabes que no hay una celda número uno
al lado de la tuya. Que tú sabes bien que tu celda no es la número tres,
sino la número trece. Por última vez, firma aquí... o jódete.
–No.
(No discutiré más. Ni contaré esto otra vez. Y por supuesto, no
firmaré nada. De todas formas no me van a creer. Lo que importa es que
muy pronto mi hermano Ambrosio vendrá por mí.
Y todo volverá a ser como antes. Y los dos seremos uno... y libre.

(Julio de 2004)




La pluma de un ángel



Tantas veces le hice la misma pregunta que últimamente ya no me respondí
a. Hacía como que no me oía, me daba la espalda, o simplemente miraba
a otro lado. Pero yo insistía:
–Tío Carlitos, ¿es verdad que tú tienes guardada la pluma de un
ángel?
El cuento sobre esa pluma y cómo tía Elisa se la arrancó al ángel era
una de las muchas insólitas historias que componían el mundo fantasioso
de mi niñez. Formaba parte de mi colección íntima más preciada, junto
a otras que tenían que ver con apariciones, sombras sonámbulas,
posesiones santas, o con los poderes preternaturales de esa misma legendaria
mujer que nunca conocí, y que pasó al repertorio de historias de la familia
con el único nombre de “tía Elisa�, así, sin apellidos ni otros
patronímicos o apodos.
Sin embargo, el cuento de la pluma del ángel era mi favorito. A diferencia de
los demás, tenía un encanto sobrenatural y una voluptuosidad que
opacaban los otros relatos y leyendas, sin dudas más truculentos e
inquietantes. Y así se convirtió para mí en una especie de obsesión. En
las noches más oscuras, cuando toda la familia junta conversaba en el portal
de aquella vieja y amable casa, o se guarecía en espera del paso de alguna
tormenta, yo siempre interrumpía las conversaciones a la luz de velas con la
misma letanía:
–Tío Carlos, haz el cuento del ángel y la tía Elisa.
–Hora de dormir, Alejandrito –decía entonces automáticamente mi
madre–. Tú y los otros muchachos se van a la cama ahora mismo... Ya
son más de las diez.
Pero algunas veces, cuando el tío Carlos estaba de humor, levantaba su
mano, aplacaba a mi madre con un gesto conciliador, y decía:
–Está bien, pero una sola vez. Y después, a dormir.
Y entonces desgranaba el cuento con todos sus singulares detalles, hasta el
final, cuando la tía Elisa, quien por aquellos días estaría en lo más
espléndido de su adolescencia, comenzaba a desnudarse. Mi madre en
este punto lo interrumpía siempre para recordarle que no era necesario
entrar en tantos detalles. Pero el tío continuaba sin inmutarse hasta llegar al
ansiado epílogo, cuando aseguraba que él tenía en su poder, bien
conservada y protegida, la pluma que Elisa le había arrancado audazmente
al ala del ángel. Como puede suponerse, estas entrañables tertulias
nocturnas terminaban –al menos para mí– cuando yo le pedía a mi
tío que me mostrara la misteriosa pluma, y mi madre señalaba
marcialmente el camino que yo debía emprender, inmediatamente, hacia mi
dormitorio.
Para mí era imperioso ver aquella pluma. Ella constituía la prueba
irrefutable de que esa historia era verdadera. Y si existía la pluma, entonces
no había absolutamente ninguna duda de que los ángeles existían... y
tenían alas con plumas. Y que no eran puro espíritu, como me había
asegurado el cura que nos enseñaba catecismo. Y, muy importante, que
esos seres celestiales estaban en capacidad de interactuar con las personas.
Incluidos episodios extremos y no tan santos como éste, en que uno de
ellos habría permitido que la entonces juvenil tía Elisa –yo me la
imaginaba deliciosamente, con más detalles que los contados por tío
Carlos– se le había acercado desnuda para robarle una pluma.
Fue mi padre, mucho más joven que su hermano Carlos, quien un día
terminó por atizar irrevocablemente el fuego de mi fantasía y de paso
cementar mi determinación, cuando me dijo, algunos años después:
–Yo he visto la pluma.
Quizás se arrepintió enseguida de habérmelo dicho, pero también
enseguida comprendió que ya era tarde. No pudo evitar que durante el resto
de ese día, y en el futuro, cuando menos lo esperaba, yo le acosara a
preguntas. Toda clase de preguntas. ¿Cómo sabes que se trata de la
pluma de un ángel, y no la de una gaviota, o un gallo? ¿No dice la Iglesia
que los ángeles son espíritus puros, sin un cuerpo físico? ¿No se
supone que esos seres con alas y plumas son figuraciones del arte religioso,
creados por pintores y escultores de los primeros siglos? Y en caso de ser
verdad esa historia, ¿puede un ángel enamorarse de un ser humano?
¿Tienen sexo los ángeles..?
Tocando este punto –andaría yo por los once años– recuerdo que un
día me sonrojé y tomé
conciencia de que muy posiblemente había estado haciendo el ridículo y
que todos en la familia, pero especialmente el tío Carlos, se habían reí
do a costa mía todos esos años. De repente me sentí timado. Y le dije
a mi padre:
–Creo que por fin lo entiendo. Todo esto es una broma que ya duró
demasiado y es hora de olvidar el asunto... ¿No te parece?
Él respondió con paciencia y puso en su respuesta todo el sentido
común, la sabiduría y el afecto que en él eran como un halo, y que
todavía lo orlan en el retrato suyo que guardo en la memoria.
–Creo –me dijo– que esto debes resolverlo tú mismo. Hablaré con
Carlos y le pediré que te muestre la pluma. Él no te ha mentido, ni yo
tampoco. El mundo es más rico y complejo de lo que parece, y a veces es
como un muestrario de cosas extrañas que no siempre queremos o
sabemos creer. Dios se ha dado gusto creando, y sus criaturas son tan
abundantes que ni la fauna, ni la flora, ni la raza humana son suficientes para
contenerlas. Por eso hay otras razas, y otras faunas, si es que podemos hablar
así. ¿Existen los ángeles? Claro que existen. Supongo que algunos no
tienen cuerpo físico, pero parece que otros sí lo tienen, con plumas y
todo... La mayoría de nosotros no podemos verlos, como lo vio tía Elisa.
Pero en algunos casos podemos ver una de sus plumas...
Cuando –un par de días después– tío Carlos usó su llave y
abrió su alto y antiquísimo escaparate de caoba, yo pensé que no
resistiría la emoción y tuve que sentarme. Lo primero que salió por entre
esos dos portones de catedral, como si fuera su aliento secreto y centenario,
fue un olor a entrañas de madera con matices de lavanda añejada y un
lejano acento de naftalina. No tuve tiempo de ver con detalles su
heterogéneo y asombroso contenido, porque el compromiso de mi tío
con mi padre se había limitado a revelarme solamente uno de sus tesoros.
Por tanto, actuó con rapidez, tomó algo, cerró de golpe las dos puertas
de su bóveda de maravillas y me invitó a sentarme al borde de la enorme
cama real que presidía aquella habitación. Él también se sentó y
colocó entre ambos un estuche de piel curtida, negra y lustrosa, de unas
dimensiones capaces de contener una de esas largas y pesadas espadas
medievales.
–Levántalo –me dijo.
El estuche no pesaba nada, parecía estar vacío.
–�brelo –me pidió.
Cuando desaté las cintas, también de piel negra, y abrí de par en par
aquel envase ligero y fragante a cuero fino y otros aromas inéditos, no pude
decir nada y, como por instinto, evité mirar su contenido. Alcé los ojos y
me encontré con los de tío Carlos, que me miraba entre severo y burlón.
–Mírala –me ordenó–. Tócala.
La pluma yacía a lo largo del estuche, durmiendo sobre un lecho de
impecable seda negra.
Era blanca amarfilada y parecía tener luz propia. Larga, tan larga como una
espada, pero mullida, espesa. No hubiera podido ser confundida con la pluma
de ninguna ave conocida, por su talante y volumen, a menos que se tratara de
una criatura desconocida. Si era, en efecto, la pluma de un ángel, sería
una de las fundamentales de la estructura del ala, quizás de las radiales que
nacen del vértice hacia el arco. Tía Elisa sin dudas tuvo que dar un fuerte
tirón para arrancarla...
–Levántala.
La levanté y no pesaba nada, se diría que flotaba, y tuve la impresión
que si la soltaba, la enorme pluma se quedaría inmóvil en el aire. Pero no
me atreví, y la devolví con aprensión a su sedoso lecho. En la mano me
quedó un tacto de talco y una sensación como de brisas minúsculas.
Miré a mi tío, busqué su sonrisa burlona, pero ahora él estaba serio
y grave.
–Realmente, ella era tu tía abuela –me dijo–, aunque todos la
recordamos como “tía Elisa�.
Era una muchacha muy bella y también muy excéntrica, como hoy le
dicen a las que son un poco locas. Ya me has oído los cuentos de sus
gustos caprichosos y sus extraños poderes. A veces movía objetos con
sólo mirarlos y una vez la vi revivir un pájaro que había chocado contra
su gran espejo de pedestal, ese de marco extraño que aparece a su lado en
la foto que conoces. La sangre del pobre gorrión quedó en el espejo y yo
pensé que estaba muerto, pero ella lo acunó entre sus manos, lo acercó
a sus mejillas y lo besó. Cuando abrió sus manos, el pájaro salió
volando, como si nada.
–¿Cómo conoció al ángel, tío?
El ángel la vio a ella una mañana, cuando caminaba desnuda por el jardí
n de atrás. Elisa tendría once o doce años y le gustaba tomar el sol sin
ninguna ropa, a pesar de que tu bisabuela se lo tenía prohibido. En aquellos
días había allí una pequeña fuente que tenía en su tope un
querubín de piedra que echaba agua por la boca. El ángel se sentó en el
borde de la fuente y adoptó la misma posición de la pequeña talla, para
llamar su atención. Pero ella no se asustó, vino caminando con mucha
naturalidad y se sentó a su lado.
–¿Y tú viste todo eso?
–Claro que no, Elisa me lo contó todo. Yo me la pasaba en su casa, y
como el más pequeño,
era su sobrino predilecto... Bueno, entonces el ángel le dio un beso... un
beso puro, según ella, porque fue en la frente. Y después desapareció,
supongo que se fue volando. A partir de ese día, Elisa no faltó nunca a la
cita con el ángel, junto a la fuente. Todos en la casa sabían esa historia,
pero no le daban mucha importancia porque pensaban que eran fantasías
suyas. La única condición que le pusieron fue que se vistiera antes de salir
al jardín. Las citas misteriosas se prolongaron durante varios años y ya
nadie le hacía caso a Elisa cuando ella empezó a decir que un ángel se
había enamorado de ella. Menos caso le hicieron cuando una noche, a la
hora de la cena, confesó que también ella estaba enamorada de aquel que
todos creían un personaje de su invención. Pienso que yo era el único
que la creía y me preocupaba que a los dieciséis años, y a pesar de su
irresistible atractivo, no tenía ningún novio humano y, además, le iba muy
mal en sus estudios. La veía cada
tarde, al regreso del colegio. Dejaba sus libros sobre la mesa del comedor,
me hacía un guiño de inteligencia, y escapaba al jardín con una
expresión traviesa en su cara. Por más que yo trataba de seguirla con los
ojos, ella se escabullía entre los arbustos y enseguida la perdía de vista.
Tío Carlos tomó entre sus manos la prodigiosa pluma y siguió hablando
mientras la
acariciaba. Ahora su expresión era de melancolía.
–Una noche me dijo que había reñido con su ángel. Por primera vez
me pareció que había
llorado. Me dio una explicación muy confusa, y se quejó de que a veces las
cosas en el cielo eran tan complejas como en la tierra. “¿Por qué todo
tiene que ser tan difícil siempre?�, decía. “¿Por qué algunas
cosas no pueden durar para siempre?�. Yo traté de consolarla y,
también por primera vez, la abracé y me atreví a besarla. Me miró
con una gran ternura y se fue a su habitación. Al día siguiente, cuando
llegué a su casa y pregunté por ella, me dijeron que no había ido a
clases y que no quería comer.
–¿Estaba enferma... en cama?
–No. Con esa indiferencia propia de las familias donde hay muchos
hermanos, me dijeron que estaba en el jardín desde el amanecer. Salí a
buscarla, la llamé varias veces, y me interné en el tupido bosquecito en
busca de la fuente de sus amores. No pude encontrar a Elisa, y enseguida
comprendí que no la vería más.
–¿Estaba muerta?
–No, por favor. Junto a la fuente encontré sus ropas, diseminadas por la
hierba. Sus zapatos, sus medias, sus cintas, su falda, toda la ropa de fuera y la
de adentro. Sus prendas estaban todas dispuestas ordenadamente sobre el
suelo, en espiral, como si ella hubiera ido despojándose de todo rí
tmicamente, en un ritual.
–¿Y el ángel?
El único ángel que había allí era el querubín de piedra de la fuente,
que seguía echando agua por la boca, como burlándose de mí.
–¿Y la pluma?
Ah sí, la pluma... La pluma estaba flotando todavía sobre unas matas de
rosa, junto a un reguero de pétalos rojos. Era la única señal de
violencia que se podía percibir en aquel paraje.
Bueno, no de violencia... Más bien de pasión.
–Pero la tía... ¿Dónde estaba escondida?
–Parece que no entiendes, Alejandrito. El ángel se llevó a tía Elisa. O
mejor, ella se fue con él. Lo sedujo, se salió con la suya tu tía abuela...
El tío Carlos –ahora dolorosamente– depositó la pluma sobre el
estrecho cojín de seda negra, colocó el estuche sobre su regazo, lo
cerró, ajustó las cintas de piel negra y permaneció sentado y silencioso en
el borde de la cama. Traté de buscar sus ojos, pero los tenía clavados en
la pared. No quise romper la crisálida de aquel momento y me levanté.
Salí cuidadosamente de la habitación y cuando miré de nuevo al tío,
me pareció que su expresión no era de melancolía, sino de un ceñudo
enojo.
Nunca más le pregunté al tío Carlitos por la pluma del ángel. Ni se
habló otra vez del tema en aquella vieja y entrañable casa de mi niñez.
(Agosto, 2004)



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José Miguel González-Llorente (La Habana, Cuba,1939). Salió al exilio
en el 61 y vivió en Venezuela, España, Colombia y Puerto Rico. Desde
1991 reside en Miami. Ha publicado La odisea del Obalunko, Tierra elegida
y Voces tras las rejas, libro documental sobre el presidio político cubano
actual (Biblioteca de la Libertad, Miami, 2004.)






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