Recuerdo que unos días después de haber llegado a Nueva York, en junio de 1980,
todavía con las imágenes caóticas del Mariel frescas en mi memoria, fui a una representación
de The Rocky Horror Picture Show en el teatro Waverly de Manhattan, en pleno West Village. El
film se había convertido en un cult-movie, y las funciones a la medianoche se llenaban de
jóvenes vestidos con ropajes góticos y adornos muy extravagantes, como los personajes de la
película, y que no sólo se sabían de memoria los parlamentos y los coreaban en los
momentos culminantes, sino que además se subían al escenario y representaban parodias de lo
que ocurría en la pantalla, mientras los demás del público bailaban en los pasillos, se besaban
o se toqueteaban, fumaban pitillos de marihuana o se contorsionaban en múltiples ademanes que
aludían creativamente a la trama del film. Me quedé estupefacto: la atmósfera de liberación
sexual me exaltaba y alegraba, pero la fuerza y la agresividad de aquel público (para no hablar del
contenido mismo de la película, con su mezcla de vampirismo musicalizado, transvestismo teatral,
transexualidad irónica y alusiones genitales al mito de Frankestein) me colocaron de golpe ante un
modo de vivir y de actuar y de sentir que estaba a miles de años luz de lo que yo, con mis 36
años, había experimentado hasta entonces en nuestra amada islita del Caribe. Recuerdo que, a
pesar de la exaltación que me provocó el espectáculo, regresé a casa mareado, oprimido
por la sensación de que tal vez nunca llegaría a sumarme adecuadamente a ese presente
estético y vivencial en que el universo se divertía y creaba, con evidentes naturalidad e
inocencia.



Ese vértigo, esa sensación de otredad, de no ser capaces de insertarse, de haber llegado tarde
a todo, también está expresada en la novela de Correa Mujica, sobre todo en el personaje de
la campesina cubana que llega a los Estados Unidos y se tiene que poner a trabajar en un empleo
cualquiera en un hospital, sin saber inglés, y sufre la frialdad del carácter anglosajón y la
ajenidad de las costumbres del pueblo norteamericano. Uno de los capítulos memorables de este
libro es, en mi opinión, "Lo mío con los americanos" (Al norte..., págs. 75-77), en que el
personaje comenta y rechaza el hábito de comer vegetales crudos. Narrado con la singular
habilidad para el humor que conocemos en este autor, la campesina se traga varios platos de
ensalada a regañadientes, y termina hastiada, anunciando que se va a su casa, "a hacer comida".



Pues lo más triste radica en que la emigración se revela entonces como una forma extrema de
violencia contra el alma y la conciencia, como una brutal imposición que contrarresta las
aspiraciones normales del individuo. En su introducción, Arenas habla de esa sensación de
"limbo" en que el emigrante se descubre, tras haber escapado del elemental infierno en que había
estado hasta entonces. "Una vez escapados del infierno, (...) se llega (...) a una especie de limbo;
(...) [un] espacio (...) donde somos como sombras proyectadas por un cuerpo (...) y por un alma
que se quedaron allá" (5). Y es que esos personajes, de nuevo, nos reafirman que en verdad
nunca quisieron abandonar su país; nunca desearon irse para siempre de la tierra que los vio
nacer: "Emigrar tiene que ser una de las cosas para las que no fue hecho el hombre. Porque la
emigración es (tiene que ser) un hecho contrario a la naturaleza humana. (...) Emigrar tiene que ser
antinatural", dice uno de los personajes de Correa Mujica, y añade: "Porque el emigrado, el que
ya llegó y se sentó y se tomó un refresco frío, no podrá dejar de ser emigrado, (...) ni
tomará el nuevo tiempo a ciencia cierta, porque ese tiempo suyo que dejó por allá, ese pueblo,
esos años, son exactamente él, sus cuatro esquinas, su personalidad" (Al norte..., págs.
61-62).



La disyuntiva realmente dramática de todo exilio se materializa entonces ante el lector, con todas
sus pavorosas dimensiones: si bien el tiempo sin libertad era un estancamiento del que había que
escapar a toda costa, para dondequiera que fuera, las dificultades que se confrontan luego para
compenetrarse emocionalmente con las nuevas realidades después de esa escapatoria imponen
una nueva forma de alienación, una profunda sensación de lejanía. El emigrante es una
víctima de la hostilidad y de la incomprensión en múltiples sentidos, antes y después de su
viaje. En este sentido, Al norte del infierno cobra una proyección particular: los personajes de este
libro, que huyen constantemente de sus propias humillaciones y las magnifican con jocosidad, para
no sumirse en la amargura, nacieron indudablemente en Cuba, pero expresan disyuntivas y
frustraciones que son similares en todo grupo humano que se haya visto obligado a huir de su
país natal. La novela de Correa Mujica es, por eso, un libro de entrañable universalidad.



Lo que salva a ese emigrante arquetípico es muchas veces el sentido del humor, como dijimos,
pero ese sentido del humor revela un drama más subterráneo y proviene de una voluntad feroz
de reafirmarse. Y esa voluntad se nutre de fuerzas a veces instintivas, pero inagotables; se nutre de
la dignidad y de las convicciones. Los emigrantes se repiten a sí mismos: "Teníamos razón;
teníamos razón en huir de la opresión, de la persecución, de las restricciones a la libertad; y
tambien tenemos razón en manifestar nuestra lejanía en el nuevo país, en clamar por
restablecer de algún modo nuestra entidad, con aplomo y con esperanza, y también con
orgullo".  
(Continúa...)