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Para ilustrar a quienes no sean cubanos o no recuerden con nitidez ciertas cosas, es imprescindible ahora resumir el marco en que esos hechos ocurrieron. En marzo de 1980, un grupo de cubanos se pusieron de acuerdo para arremeter con un autobús del transporte público contra la sede de la embajada del Perú en La Habana, ingresar a los jardines de la misma y pedir asilo político. El asalto del autobús esa noche se realizó con inevitable violencia, y hubo bajas, pues todas las embajadas de países capitalistas en La Habana estaban custodiadas por soldados cubanos, pero los ocupantes del vehículo lograron entrar en el recinto de la embajada, es decir, en un diminuto espacio que era territorio peruano y estaba fuera de la jurisdicción cubana. Cuando el gobierno cubano reclamó a los asilados, los diplomáticos peruanos se negaron a entregarlos. Las autoridades cubanas, airadas por esa actitud, decidieron retirar las postas de soldados que habitualmente custodiaban la mencionada sede diplomática. En cuestión de horas, la voz corrió por toda la ciudad y unas 10,000 personas penetraron en menos de dos días en los terrenos de la embajada y comenzaron a hacinarse allí en condiciones espantosass. La prensa internacional comenzó a reflejar los hechos con alarma, interpretándolos como una muestra del descontento imperante en la población; pero el gobierno cubano ideó enseguida un modo de contrarrestar la impresión de que a los cubanos se les impedía viajar. Hacia fines de ese mes, la prensa oficial anunció que el puerto de Mariel, ubicado al oeste de La Habana, había quedado habilitado para que los cubanos exiliados en Estados Unidos fueran a Cuba a recoger a los familiares suyos que desearan emigrar. Así se creó el puente marítimo entre Mariel y Cayo Hueso, por el que salieron 125,000 cubanos hacia la Florida entre marzo y septiembre de ese año.
Desde el principio, el aparato propagandístico de las autoridades cubanas buscó tergiversar por todos los medios imaginables la composición del éxodo del Mariel; por eso es necesario insistir de nuevo en que la gran mayoría de esos 125,000 exiliados no eran ricos resentidos; eran personas humildes, comunes y corrientes, que no habrían decidido emigrar jamás, si no hubiera sido porque se sentían profundamente decepcionadas y, en medio de su cansancio, de pronto se habían ilusionado con la posibilidad de encontrar una vida mejor en cualquier otro lugar. No tenían una idea exacta del país que los acogía; huían simplemente de un sistema que los maltrataba y agredía. Muchos eran trabajadores que habían sido echados de sus trabajos por disentir del adocenamiento político que imponían las autoridades o por tener creencias religiosas o por negarse sencillamente a entrar en cualquiera de las miles de ramificaciones opresivas del férreo cerco ideológico. Esas son las peronas que aparecen reflejadas en la novela de Correa Mujica. No eran delincuentes ni vagos, como pretendió hacer creer el gobierno cubano, asignándoles colectivamente el sambenito de escoria (4).
Muchas de los integrantes de ese ejército de "escorias" eran personas que provenían del interior del país, sin mucha cultura, sin una idea muy firme de las ventajas e inconvenientes de una emigración; pero estaban dotadas de un agudo instinto de supervivencia y de un sentido práctico y una malicia que superaban cualquier trampa que les pudieran tender los agentes represivos. De ahí que en el libro se describan escenas como la del capítulo "Una mujer decente", en que la narradora se echa encima y atribuye a su familia, incluso a sus hijos pequeños, una serie de delitos delirantes y absurdos, para terminar afirmando que ella es, de todos modos, una mujer decente (Al norte..., págs. 57-60).
El país había entrado por esos días en un desajuste tan violento de las estructuras, que la pequeña grieta abierta con fines propagandísticos por el gobierno en la embajada del Perú se había convertido en una oleada incontrolable, como si una invisible represa se hubiera resquebrajado y dejara escapar su caudal convulsivo, haciendo estremecerse los basamentos mismos del orden social y, sobre todo, del poder. Ese desajuste constituía un contraste radical con la atmósfera en que el país había estado sumido durante la mayor parte del decenio de 1970, en que la realidad cotidiana dentro de la isla se había caracterizado por el estancamiento; casi nada se movía, casi nada se alteraba, casi nada se podía hacer ni decir. El cubano tenía la impresión de pertenecer a un pueblo que había caído, como dice Correa Mujica, "en un orificio del tiempo" (Al norte..., pág. 68).
En ese estancamiento, las estaciones de otros países, captadas por onda corta, traían ecos de un mundo que nos sonaba enormemente alejado y que proseguía su actividad, sumido en un presente colectivo al que los cubanos, al parecer, no habían sido invitados. Al escuchar esas emisoras, nosotros palpábamos con nitidez que nos habían encerrado en un "orificio del tiempo" donde nada transcurría, y soñábamos con poder encontrar las vías de acceso a ese presente colectivo para disfrutar de él: "Las estaciones de radio de otros países entrando y hablando, fastidiando y hablando, hablando de la vida que transcurre, que fluye de alguna forma, cruel o feliz; pero llena, repleta de cosas, de tragedias, de acontecimientos cada vez más nuevos, de gente que grita y reclama derechos" (Al norte..., pág. 29).
Cuando los personajes de esta novela logran salir y se enfrentan a ese presente colectivo, es decir, a las múltiples exigencias de una sociedad plural y azarosa como la norteamericana, Correa Mujica nos entrega algunos de sus textos más memorables. En esos pasajes, logra expresar los aspectos más característicos del desconcierto y el asombro que la gran mayoría de los "marielitos" sentimos al llegar a los Estados Unidos, y además las contradicciones implícitas en todo éxodo de esas características.
Pues al salir de Cuba, los "marielitos" descubrimos que el mundo no nos había esperado. La revolución se había pasado años tratando de convencernos de que el país avanzaba sin detenerse hacia el futuro; pero, en realidad, nos habíamos desvinculado de la dinámica universal y estábamos postrados en una especie de congelación aberrante. El mundo había proseguido; con sus guerras, sus películas, sus modas, sus músicas; había seguido adquiriendo injusticias y destruyendo tabúes, había continuado reordenándose azarosamente, sin dejar de sostener debates sobre mil cosas, sobre la tecnología, el pop-art, el amor libre, las drogas, las teorías políticas redentoras y los sistemas económicos carcomidos, la diversidad de razas o de preferencias sexuales, y sobre miles de otros temas; nosotros no, nosotros nos habíamos quedado capturados en una involuntaria celda atemporal, sin opinar sobre nada ni participar en nada, sólo imaginando y escuchando, mutilados y empobrecidos. Al salir de la isla, entrábamos en un mundo que nos había dejado atrás y que se seguía moviendo a un ritmo vertiginoso. (Continúa...) |
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