Reinaldo García Ramos



LAS VOCES DEL INFIERNO



En la colección "Los libros de las cuatro estaciones",
recién inaugurada en Coral Gables por el crítico
cubano exiliado Carlos Espinosa Domínguez (1),
acaba de salir una nueva edición de la primera novela
de Miguel Correa Mujica, Al norte del infierno, escrita
a principios de los años '80, poco después de la
llegada del autor a Estados Unidos por el puente
marítimo Mariel-Cayo Hueso. La obra había sido
publicada en 1983 por la Editorial Sibi, en Miami; pero
el autor considera defectuosa esa primera edición y
recuerda que cierto número de ejemplares de la
misma habían salido a la calle con diversos errores.
Por eso, en el reverso de la portada de la nueva
publicación se indica que se trata de la "primera
edición, 2002". Correa Mujica afirma que esta nueva
aparición de su obra constituye, en realidad, la
primera edición completa de esa novela (2).
Muchas cosas buenas se pueden decir enseguida de este libro, pero tal vez la más importante es
que captura desde las primeras líneas la atención del lector y no deja que éste se aparte hasta
que ha llegado a la página 95, la última. Esa especie de seducción se produce con facilidad, y el
lector la disfruta, a pesar de que no estamos ante un libro ligero ni frívolo; más bien, este
pequeño volumen encierra una desquiciante tragicomedia, que carece por definición de ningún
tipo de happy ending. Aunque desde el comienzo el autor nos seduce con su sentido del humor y su
acertado uso del lenguaje popular, salpicando su texto con expresiones curiosas y llamativas,
típicas del campesinado cubano, muy pronto el lector percibe que con ese tono jocoso de gran
guiñol el libro no se propone distraer, ni mucho menos aspira solamente a hacer reír.



Como toda obra lograda de la extensa tradición occidental de narración satírica, desde Marcial
hasta Swift, pasando por Rabelais y hasta por nuestro propio sainete, el libro va develando, detrás
de esa fachada de disfrute y de crónica jocosa, otra dimensión siniestra, casi asfixiante. La
narración se va convirtiendo gradualmente en una desoladora descripción de la realidad cubana
de los años 70 y de la angustia que sintieron extensas capas de la población de la isla en esos
años de estancamiento. Esa angustia fue la que obligó a decenas de miles de personas a
abandonar masivamente el país en 1980 en embarcaciones atestadas, sin siquiera tener una idea
clara (ni mucho menos objetiva) de lo que encontrarían en Estados Unidos, ni de cómo iban a
sobrevivir individualmente en esta otra compleja sociedad del exilio.



Hay quienes han dicho que los cubanos hemos logrado sobrevivir estos cuarenta y tres años de
desastres nacionales, odio oficializado y represión, gracias a nuestra notable capacidad para el
buen humor. Tal vez se exagere, pero no cabe duda de que el humor es un recurso instintivo,
saludable, que salva de la desesperación a cualquier grupo humano que se enfrente a una
situación angustiosa y sin salida. El humor en esos casos no es en absoluto una actitud evasiva, sino
un modo sutil de enfrentarse creativamente a esa situación y de expresar de modo indirecto su
carácter opresivo.



En su introducción a esta obra, Reinaldo Arenas señala con gran acierto que los personajes de
Al norte del infierno trascienden sus propias humillaciones, magnificándolas (3). Sin embargo, no
siempre esa desproporción mordaz denota una desatención a la opresión generada por esas
humillaciones, ni la búsqueda de un refugio cómodo en universos imaginarios. Correa Mujica
deja que sus personajes hagan amplio uso de esa capacidad de magnificación, y hasta de
exageración grotesca, pero en ningún momento los lleva a un escenario onírico, fantasioso o
irreal. En ningún momento el lector deja de tener presente que los problemas a que se alude en el
texto son monstruosamente reales. Los breves capítulos se van sucediendo en un aparente
desorden, como relámpagos desmesurados que iluminaran un desfile de esperpentos, pero esas
iluminaciones sorpresivas van imantándose y componiendo un todo coherente, palpable,
orgánico; nunca dan pie a pensar que la narración fantasmagórica brota de una invención
gratuita, sin apoyo medular en los hechos.



Desde que leí por primera vez esta novela en 1983, me deslumbró la brillantez con que el autor
había resumido en tan pocas páginas los elementos básicos del éxodo del Mariel, en el cual
tanto él como yo habíamos participado, y había evocado los componentes esenciales con
que esa multitudinaria experiencia se inscribió en las vivencias personales y los temores y las
aspiraciones de cada uno de los emigrantes. La novela capta con precisión ese sentir anónimo,
impersonal; los personajes de Al norte del infierno son integrantes genuinos de esa masa acosada.



Pero hay que subrayar enseguida que la gran mayoría de los cubanos que escaparon de Cuba por
Mariel no eran intelectuales, como Correa Mujica o yo, ni ricos venidos a menos (ya esos se
habían marchado mucho antes de la isla), ni militantes políticos defraudados (aunque los hubo);
no, la mayoría eran personas humildes, confundidas, desesperadas, que habían sido hostigadas
y acosadas por el sistema hasta que concibieron por instinto, y casi por sorpresa, la posibilidad de
abandonar el país.
(Continúa...)