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Benigno Dou. Luna rota. Madrid: Planeta, 2003.
Por Andrés Reynaldo
Leer las obras de los amigos nos brinda el privilegio de la complicidad y los sinsabores de la justicia. Ningún tabú mayor que juzgar a gente de nuestra tribu. En el caso de Benigno Dou, la obligada parcialidad tiende sus trampas. Su novela Luna rota (Planeta, Barcelona, 2002) puede prescindir, con creces, de la venalidad de sus devotos. Hubiera sido preferible que el elogio viniera de esa improbable entelequia que solemos llamar “observador imparcial''. La novela es la historia de Felicidad de los Pobres, fundadora del Hogar de los Olvidados. Su óbvia misión es sostener esa institución benéfica siempre al borde de la bancarrota. Sus ambiciones políticas, su ruda santidad y la incomprensible pasión por un aventurero italiano, son retablos recorridos por personajes cuya delirante autenticidad sólo puede ser fruto de la más estricta de las realidades. |
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La multiplicidad temática, los complejos escenarios y las peculiaridades sicológicas (por decirlo de algún modo) de sus protagonistas constituyen la materia prima de esas novelas de realismo mágico que han convertido la literatura latinoamericana en una aburrida parcela de Disney World. Tres generaciones de escritores han sucumbido ante un mercado de lo insólito donde el color predomina sobre la sustancia. Sin embargo, Dou se ha escapado por la tangente de la tradición. Aquí el lenguaje es la camisa de fuerza del argumento. La prosa firme, transparente y puntillosa nunca cede a la desmesurada trama. Lo maravilloso contado a punta de bisturí adquiere una solidez casi banal. Como en los mapas, el ambiente se define por la estructura. Los libros bien escritos tienen un espíritu tutelar que nos habla sobre el hombro de sus autores. El parco fantasma de Luna Rota susurra en todo momento: “Esto ha sido contado con tanta precisión para que sepas que son historias reales''.
El tratamiento plantea un enorme desafío en los diálogos, sobre todo, para un novelista primerizo. En verdad, algunos personajes podían haberse dado el lujo de ser menos concisos que su creador. Digamos en descargo de Dou que en esa encrucijada se extravían los mejores escritores. De hecho, es uno de los territorios en crisis del género. Nadie puede hacer hablar a sus criaturas de una manera muy distinta a la suya. Y cuando los personajes hablan con mayor calidad literaria que el narrador, como en algunos pasajes de Hemingway, se afloja la carpintería interna de la novela; en cierto modo, se queda más cerca de la radio que de las bellas letras. La preocupación por el lenguaje, que es, a mi juicio, lo que distingue a un escritor, le ha permitido a Dou ensamblar los diferentes planos narrativos con laudable habilidad. Ni transiciones crujientes ni rupturas. Insisto en la eficacia estructural de la novela. Un aluvión de capítulos cortos, con diferentes voces y escenarios, fluye sin sacrificar la necesaria variedad de tonos. Con una tensión narrativa que no decae, Dou somete la ferocidad del caleidoscopio a la armonía del arcoiris. Un punzante erotismo persiste en la trama, con momentos que rayan en la escatología. La literatura latinoamericana comenzó a experimentar una ola de destape a partir de las mal llamadas novelas de la tierra. Una sensualidad brutal y desfachatada, que es una de las características universales de la pobreza y la incultura, fue reelaborada estéticamente como folclor. En la última década, esta tendencia ha llegado a su clímax, al punto de que existe un público y un sector editorial consagrados a la erótica regional.
La multiplicidad temática, los complejos escenarios y las peculiaridades sicológicas (por decirlo de algún modo) de sus protagonistas constituyen la materia prima de esas novelas de realismo mágico que han convertido la literatura latinoamericana en una aburrida parcela de Disney World. Tres generaciones de escritores han sucumbido ante un mercado de lo insólito donde el color predomina sobre la sustancia. Sin embargo, Dou se ha escapado por la tangente de la tradición. Aquí el lenguaje es la camisa de fuerza del argumento. La prosa firme, transparente y puntillosa nunca cede a la desmesurada trama. Lo maravilloso contado a punta de bisturí adquiere una solidez casi banal. Como en los mapas, el ambiente se define por la estructura. Los libros bien escritos tienen un espíritu tutelar que nos habla sobre el hombro de sus autores. El parco fantasma de Luna Rota susurra en todo momento: “Esto ha sido contado con tanta precisión para que sepas que son historias reales''.
El tratamiento plantea un enorme desafío en los diálogos, sobre todo, para un novelista primerizo. En verdad, algunos personajes podían haberse dado el lujo de ser menos concisos que su creador. Digamos en descargo de Dou que en esa encrucijada se extravían los mejores escritores. De hecho, es uno de los territorios en crisis del género. Nadie puede hacer hablar a sus criaturas de una manera muy distinta a la suya. Y cuando los personajes hablan con mayor calidad literaria que el narrador, como en algunos pasajes de Hemingway, se afloja la carpintería interna de la novela; en cierto modo, se queda más cerca de la radio que de las bellas letras. La preocupación por el lenguaje, que es, a mi juicio, lo que distingue a un escritor, le ha permitido a Dou ensamblar los diferentes planos narrativos con laudable habilidad. Ni transiciones crujientes ni rupturas. Insisto en la eficacia estructural de la novela. Un aluvión de capítulos cortos, con diferentes voces y escenarios, fluye sin sacrificar la necesaria variedad de tonos. Con una tensión narrativa que no decae, Dou somete la ferocidad del caleidoscopio a la armonía del arcoiris. Un punzante erotismo persiste en la trama, con momentos que rayan en la escatología. La literatura latinoamericana comenzó a experimentar una ola de destape a partir de las mal llamadas novelas de la tierra. Una sensualidad brutal y desfachatada, que es una de las características universales de la pobreza y la incultura, fue reelaborada estéticamente como folclor. En la última década, esta tendencia ha llegado a su clímax, al punto de que existe un público y un sector editorial consagrados a la erótica regional. (Continúa...>>>) |
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