| Continuación “Si toda mancha esconde una imagen, todo disparate alienta una lógica”, afirma en una analogía con fuerza de convencimiento y valor de método. Quien lea las últimas proposiciones del Tractatus de Wittgenstein comprobará que también es válido el recíproco de la fórmula de González Esteva: “Si toda imagen esconde una mancha, toda lógica alienta un disparate”. Resulta que uno de los más decididos reclamos por la exactitud filosófica está inspirado en una revelación divina; la necesidad de lógica, parece natural, la experimenta privilegiadamente quien carece de ella: la sin razón. Como he trabajado tanto tiempo con amigos sociólogos que posan de “exactos” ante las divagaciones metafísicas, siempre me ha fascinado compartir el curioso dato de que esa pretensión de exactitud nace en la sociología clásica del Curso de filosofía positiva, de Augusto Comte, quien lo concibió en un manicomio para rescribirlo como Catecismo y entregarlo a la mujer que amaba; su “virgen positivista”, como alucinadamente le decía. En el Elogio del garabato se producen incesantemente estos cruces; y se reproducen luego, cuando el lector descubre que hay otros tantos garabatos ausentes que sirven para confirmar la tesis de González Esteva. Al citarlos uno está pretendiendo participar como coautor. Los garabatos del autor alcanzan, en sus mismos límites, lo inagotable. Lo que llama “reticencia expresiva” no es de ningún modo “reticencia significativa”; nunca acabaríamos si comenzamos a jugar a las “interpretaciones” con sus textos, o si los convertimos a ellos, que son resultado, en puntos de partida para nuevas analogías. Garabatea González Esteva: “El hombre que amarra cuidadosamente los cordones de sus zapatos dicta el rumbo de sus pasos, se apropia de su destino”. Lo tomo como un (otro) elogio indirecto al “quipú”, singular grafía inca con ansias aritméticas. Vivir es tejer. Morir, desatar. Y todo esto una intuición helénica con representación mitológica familiar a la “cubanidad”. En el Museo de Matanzas un historiador me explicaba la frase “tirar un cabo”, muy utilizada aun hoy en Cuba para reclamar ayuda: “Anda, chico, tírame un cabo”. Un cabo, en argot marinero, es una soga, cuerda, “cordón”. Rememora el erudito que los bomberos estaban equipados con un pequeño cañón que servía para disparar hacia los pisos superiores de las edificaciones incendiadas un cabo salvador. La vida, una vez más, depende de un nudo hecho en los extremos de un rollo, o sea, de un garabato. El garabato es una suerte de constante. Antecede y sucede a la obra de arte. Vale la pena citar porque el autor lo dice de una manera que, además de inteligente, es bella: “Toda obra de arte, antes de serlo, fue garabato, es decir, atisbo, vacilación, esbozo. Es más, toda obra de arte, por terminada que parezca, sigue siendo garabato”. Aquí hay una especulación, un espejo o una cueva, según las etimologías latinas. Cuando González Esteva afirma la posibilidad de entender “el universo como Altamira”, uno no acierta a precisar si insinúa “cueva”, “museo”, “vitrina”, espacios en venta. En Elogio del garabato existe una técnica y una estética. El autor intenta una historización de esa “tecne”, al parecer decidido a determinar la experiencia de lo indeterminado. El objeto del elogio, los garabatos, se alcanza machacando hilos, doblando papeles, a través de un diálogo irritante que culmina en feliz nacimiento. Leyendo, claro está, y garabateando sobre una escritura ausente que tiene el valor de un palimpsesto sobrentendido. La estética que en este libro presenta González Esteva se centra en la “velocidad”, que es la gran virtud que Mercurio muestra a los escritores. Como repetía Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, ésta se complementa con la “profundidad” de Plutón. Estos garabatos son, además de veloces, breves. He discutido largamente sobre la no equivalencia entre la “velocidad” de un texto y su “brevedad” con el escritor Reinaldo Montero, quien acaba de concluir una de las novelas menos “breves” de la literatura cubana contemporánea que, sin embargo, apuesta afirmativamente por la “velocidad”. Hay escritores de textos “breves” pero de diferente “velocidad”. Augusto Monte-rroso, por ejemplo, es tan “breve” como Julio Torri, pero más “veloz”; algo similar sucede con Cioran, que es más “lento” que ambos. Los textos “breves” suelen ser en nuestro contexto cultural un fruto de la impaciencia y la falta de disciplina. Cuando el escritor trata de ser profundo y no sólo gracioso recurre a formas como conjunto de oraciones cortas situadas unas debajo de las otras. Voy a citar dos casos en que la “elección” de las formas breves esta precedida de un ejercicio de meditación sostenido, “lento”: los Aforismos de Luz y Caballero y este Elogio del garabato de Orlando González Esteva. El místico cristiano se da cuenta que en los forceps de las “sumas docentes” las ideas mas heterodoxas por su contenido se hacen conservadoras por la forma. Escoge así una exposición fugaz y discontinua de su pensamiento, y atenta contra cualquier posibilidad de aprehensión teológica esquemática. Como he dicho otras veces, en la tradición intelectual cubana los aforismos de Luz y Caballero equivalen por su efecto emancipador formal a los ensayos de Montaigne. En el otro extremo de la cronografía está el poeta Orlando González Esteva quien, habiendo concluido que en el fundamento del mundo existe un garabato, decide expresarlo de esa misma manera, es decir, “garabáticamente”. Alcanza así una complicidad del contenido y la forma en el ámbito de una verdad que, además de inteligencia, se nos hace cuerpo: “Excepto el espíritu, nada más susceptible de convertirse en garabato que el esqueleto humano”. Cuando uno llega al punto en que el garabato renace desde el centenar de páginas, esta sospecha se convierte en revelación. EMILIO ICHIKAWA (Cuba, 1962), filósofo, crítico y profesor, ha publicado varios libros, y recientemente, Contra el sacrificio. Del camarada al buen vecino, en Ediciones Universal de Miami. Fáciles como el epigrama, el aforismo, la epístola, incluso la “poesía”, que algunos entienden. Índice |
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