| Elogio del garabato González Esteva, Orlando. México: Editorial Vuelta, 1994. Los artistas Rafael Fornés y Nestor Díaz de Villegas, arquitecto el primero y poeta el otro, han conocido algunas impresiones de la visita de Leon Krier a La Habana, sintetizadas por el viajero en una hermosa intención: Elogio de las ruinas. El maestro Ramón Alejandro, que transita sin dificultad de la pintura a la filosofía, pero con muchísimo esfuerzo del arte al negocio de la edición, ha propiciado la publicación de otro elogio. Se trata de un excurso marxista encontrado en la papelería de Das Kapital, trajinada a gusto por Engels, Kautsky y otros albaceas de la social-democracia internacional. Constituye, en sentido general, un testimonio singular de cierta manía ilustrada por corregir los excesos: Elogio del crimen (Editions Deleatur, Francia, 1999). Uno mismo no ha podido escaparse de estas sanas veleidades publicando algunas preferencias:“…in praise of nakedness” (Minessota University, 1993); “Elogio de la desnudez”(La Habana, 1996); “…em louvor a nudez”(Brasilia, s.f.); “Elogio de la frivolidad”(La Habana, 2000). No logro percatarme si esto se trata de una moda, tradición o de un estado piadoso de nuestra sensibilidad cultural, pero el reciente descubrimiento de otro “elogio”, me alerta sobre la presencia de unas tremendas ganas de “salvar” merodeando a la cubanidad. Por varias razones este hallazgo, que llamo “reciente” por no decir “tardío”, me alcanza de manera definitiva. Ensayaré algo muy simple: captar una porción de la significación cardinal que para mí tiene el libro Elogio del garabado, de Orlando González Esteva. Elogio del garabato comienza con un ejercicio de modestia. El autor, que busca una autoconciencia de su escritura, afirma como “locus” fundacional del libro “la monotonía de la vida provinciana”, “no sobre mi cabeza sino bajo mis pies”. Sin embargo, ese aviso de modestia me recuerda al Descartes de “yo no voy a decir el camino por el que debe transitar la razón, sino aquél por el que ha transitado la mía”; o aquello de “estoy sentado frente a la estufa y les voy a contar lo que se me está ocurriendo”. Los desvelos que ese tipo de profesión de inocencia provocaron en pensadores como Malebranche o Gassendi o, como diría Marx, en más de un siglo de pensamiento burgués, me ponen en guardia. No voy a distraerme aún cuando González Esteva asegure que lo que en su libro canta-cuenta-narra implota en una arcada que limita en los “pisos de la casa donde transcurrió mi infancia”; yo creo que pretende, y logra, su cuota de universalidad. Hay dos formas de leer estos “Elogios”; una continua, racional, que en fin de cuenta es coherente con el afán metafísico que lleva al autor a significar, como fundamento de la creación, el “Garabato”. Suerte de esencia eidética de un círculo que no cierra y que sirve de “modelo” a los “garabatos” singulares. La otra es el divertimento; se acaricia el cuaderno, se le quiebra y aparece la página imprescindible, que es una página cualquiera. Así, al azar, uno experimenta gozo en cualquier composición que encuentre. Hay por lo menos otros dos libros de autores cubanos contemporáneos que puedo leer de esta manera: disfrutando. O trabajando, en efecto, pero de manera “gustosa”, como decía Juan Ramón. Refiero el Manual de las tentaciones, de Abilio Estevez y Las comidas profundas, de Antonio José Ponte. Tal vez estas dos maneras de apropiarse de la escritura de González Esteva tengan su correspondencia en otras tantas maneras de ejercerla. Pero esto sólo lo podría saber el autor. No obstante, si es posible constatar entre todos esos destellos del genio (que parecen más hallazgos que encuentros) unos descubrimientos avalados por arduas búsquedas. Hay orfebrería, oficio, una continuidad que tiene que ver tanto con la poesía como con esa sostenibilidad que caracteriza a la narrativa que sencillamente trata de contar algo. Se asemeja este “Elogio” a un epifenómeno de la “Iluminación”, senda que desde Agustín a Bergman equidista entre la voluntad y el talento. Un maestro cubano, tan sabio como discreto, me contó que en los libros de Lezama Lima uno no aprendía nada. No era un profesor, en efecto, como gusta recordarnos Carlos M. Luis, pero cuando trata de hacer ensayo como en La expresión americana uno supone que debe enterarse de algo; igual que cuando se para frente a un aula, uno espera que por lo menos ofrezca una fecha, una información mínima. Falsa expectativa: Lezama Lima no deja de ser un poeta ni aún cuando se supone que no debe serlo. Es un Demiurgo, y ya esto es como un “don” que va más allá de la literatura. Como apuntaba un viejo sabio, traductor y amador de Lessing, entramos aquí en una zona que rebasa los libros y el mismo estudio. Según me aseguró en una suave colina del Mediterráneo valenciano, Dios llamó un día uno por uno a los pueblos y les pidió cuentas a fin de darles o negarles la absolución. Llegado el turno a los alemanes, estos aseguraron: “Conocemos mucho. Nos hemos leído todos los libros y merecemos la salvación”. Según afirma, Dios replicó: “Ustedes saben TODO SOLO de libros. Den la vuelta, vivan y después regresen”. He dicho todo esto para asegurar que en el Elogio del garabato González Esteva nos enseña la vida en porciones literarias. Manipula y pacta con el “demonio de la analogía”, senda que sólo es exitosa si el talento es original y constante. No puede faltar ni una cosa ni la otra: ni la alegría del niño, ni la profunda serenidad del sabio. Con pertinencia cita a Roger Caillois, quien gustaba remontarse a los griegos y enfocar el conocimiento como “agon”, como competición. El saber es juego, supone una moral austera para el ganador y otra gloriosa para el perdedor. El primero se torna piadoso en las alturas, el segundo, se levanta en medio de la destrucción. Como dice Caillois, para este juego tan definitivo hacen falta reglas y también una instancia dotada con una capacidad que le permita el ejercicio de la “arbitrariedad”. El juego intelectual nos permite experimentar respeto hacia el rival, obediencia a las reglas y aceptación humilde de la autoridad. Así es el libro de González Esteva entendido como unidad compleja: proceso, inspiración y técnica de escritura. Un resultado y un objeto: el garabato. siguiente página |
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