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Teresa o las huellas de las ordalías
(II parte - fragmentos)
Carmen Karin Aldrey
Fuera de la beca y con todo el tiempo del mundo para dedicarse
al ocio hasta que comenzara el nuevo curso, Teresa se dio a la
tarea de olfatear la Gran Ciudad. Su madre trabajaba de sol a
sol, se iba a las cinco de la mañana y no regresaba hasta las
once de la noche, por tanto la libertad de hacer y deshacer la
fue convirtiendo en una ansiosa perseguidora de vivencias.
Ante todo, el tema de reafirmación individual la empezó a
trastornar; se cuestionaba una y otra vez la existencia con
rebuscadas teorías -a pesar de que casi nunca estos atascos
mentales la llevaron a las respuestas correctas-, pero ella
pensaba que  urdiendo pactos sublimes entre la realidad y la
imaginación, lo aceptado como correcto y lo afirmado como
incorrecto, la llevaría irremisiblemente al conocimiento
absoluto de su personalidad.

Es así como empezó a conocer a cientos de vagabundos
como ella, bohemios que le doblaban o triplicaban en edad y
mundanal oficio, poetas de la noche, músicos sumergidos en la
estratosfera, pintores devorados por suburbios de luz y sombras
o dolencias comatosas, adolescentes aventureros, atalayistas,
eruditos, grupos homosexuales ocultos entre las brumas de una
masonería impuesta por la cosmética, místicos de toda
índole, mitómanos, prostitutas perseguidoras de griegos,
nihilistas, hippies, ancianos perversos, hacedores y fanáticos
del filing, anarquistas violentos,  comandantes infieles, mulatas
carnavaleras, escritores y artistas oficialmente correctos pero
enloquecidos por ciertas literaturas prohibidas y orgías
multitudinarias, santeras y babalaos, frívolos amantes del
ballet, cinéfilos, trovadores melancólicos, esnobistas y ebrios
trasnochados, todo un espectro de gentes venidas a menos y a
más, mezcladas dentro de su cerebro como si hubieran sido las
notas de un pentagrama embarrado de tinta china.

De todos aprendía, en todos buscaba una máxima
aleccionadora, en cada uno depositaba su incongruencia de
alma perdida, sin entregarse nunca, sin ofrecer nada a cambio,
sólo su presencia de paseante que impulsada por la curiosidad
y el abandono llegaba y se largaba sin dejar huellas
imperecederas. Algunas veces le siguió el paramundo  de
aquellas vivencias del pasado, se introducía en los hoteles
ostentando nacionalidades y sin hablar imponía imágenes
pintorescas que luego le otorgaban derechos pequeño
burgueses. Zambullirse en las albercas vedadas a los
nacionales significaba un reto de su rebeldía, así como
adentrarse en las cafeterías con olor a pan nuevo y a café
tostado. Si hubiera sido años después, cuando las áridas
imposiciones de un período especial cada vez más severo,
quizás hubiera terminado haciendo ganchillos en Nuevo
Amanecer, pero entonces sólo existían discretos espionajes
de pasillo, zancadillas sin derecho de autor, catacumbas
disimuladas,  y una represión policial que dejó de ser taimada
cuando la famosa recogida de La Rampa y la revolución
cultural estilo Mao.

La Gran Ciudad tenía de todo lo que ella esperaba, o al
menos, era lo que su adolescencia confundida se empeñaba
en idealizar. Contrariamente a su empecinada maniobra de
conocerse, su vida devenía en terraplenes de vidrios rotos,
trampas que tardaba en descubrir, sórdidos ardides que como
serpientes la llamaban con su silbido de muerte a los abismos
del alma. En realidad, ahora recordaba que autoafirmarse llegó
con los años, cuando ya su corazón se encontraba prisionero
de la melancolía y su mente imposibilitada para aceptar
nuevos misterios. Eso sí, la soledad nunca varió; refulgente
como oración de consagrado, se escondía en las cuevas de
la vida y desde allí sentía al mundo latir y dividirse en
fragmentos, pero ya no estaba abierta a la necesidad de
resolver los rompecabezas del vivir, ni a escudriñar con sus
ojos la vastedad incomprensible de esa barahúnda tan falta de
amor que asomaba por su ventana en el silencio de la noche en
forma de ruidos callejeros y ladridos vecinos.


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�rbol de Papaya, Tomás Fundora