Todos los albergues acogían a una o dos militantes de la juventud
comunista, las cuáles le hacían la vida bien amarga a las alumnas y
dirigían los latosos Estudios Políticos. Estos generalmente eran
arengas en contra de los llamados enemigos del pueblo, o sea, los
americanos, los homosexuales, los exiliados cubanos, los hippies, los
parametrados, la música y moda extranjeras, los revisionistas, la
religión, todas las expresiones artísticas que no pertenecieran al
rango de realismo socialista, los corrompidos países occidentales, en
fin, una lista larguísima de enemigos, pero a veces se trataban temas
como las celebraciones patrióticas, el trabajo voluntario, el
marxismo-leninismo, y sobre todo, se leían los discursos infinitamente
largos del Comandante en Jefe que nos hacían cabecear y babear
toda la noche. Recuerdo como si fuera hoy las caras de alivio de las
chicas cuando por fin se terminaba la tortura de las sesiones, y
también las actitudes agrias y autoritarias de la militante y de la tía
mandándonos a la cama como si fuéramos un rebaño descarriado.

Levantarse por las mañanas era una odisea, puesto que todas las
chicas se disputaban el baño y estaba prohibido compartirlo con las
otras para *evitar promiscuidades*, así que había que coger turno.
Las más remolonas siempre llegaban tarde al desayuno y eran
consideradas problemáticas, por lo que a veces se les sancionaba con
un reporte. Estos reportes eran informes negativos sobre el alumno, y
eran acumulativos, o sea, a tantos reportes, tal castigo, que la
mayoría de las veces era la suspensión del pase, lo cual significaba
no salir a visitar a los familiares el fin de semana.

En algunas becas el pase era semanal, en otras cada quince días o
una vez al mes. Los alumnos de otras provincias jamás salían, a no
ser que fueran invitados por los familiares de algún compañero. En
los albergues en donde estaban exclusivamente estudiantes
extranjeros o hijos de funcionarios era semanal, amén de otras
concesiones y privilegios, como por ejemplo, una comida excelente,
permitido el uso del teléfono, les enviaban los uniformes a la
lavandería, a veces salían entre semana, escuchaban la música
que les gustaba, etc.

Cuando terminábamos el desayuno -leche aguada con un extraño
cereal achocolatado y una lasca de pan con mantequilla cuando
había- salíamos a la formación. En esa época las becas eran de
disciplina semi-militar, así que la militante mandaba a formar los
pelotones, de dos en dos con un brazo extendido hacia delante para
tomar la distancia. Luego íbamos marchando a la escuela, que
quizás estaba a seis o siete cuadras del albergue, normalmente
cantando algún himno patrio o repitiendo consignas. La que dirigía la
fila, a la cual había que llamarle
compañera Cabo, gritaba: ¡Patria
o Muerte!
, y nosotras teníamos que contestar: ¡Venceremos!. Y
proseguía:
un dos tres cuatro un dos tres cuatro, mientras nosotras
marchábamos. Esta cabo improvisada tenía autoridad para
sancionar, mandarte a callar o insultarte delante de todos si le caías
un poco mal, todo un sistema de represión muy bien montado pues iba
moldeando a cincelazos las mentes de aquellos adolescentes llenos de
confusión y en ocasiones atemorizados por la disciplina tan reacia.

Los varones estaban en barrios opuestos al de las hembras, pero la
organización y el sistema eran los mismos. Una vez en la escuela
compartían las mismas aulas y todos los programas del calendario
escolar, incluyendo los deportes. Cuando nos decían:
¡Rompan
filas!
, se formaba tremendo jolgorio en el patio del colegio. Allí nos
reuníamos para el Matutino, la actividad política que precedía a la
entrada a las aulas. Se iniciaba con el Himno del Invasor, que se
escuchaba a todo meter a través de las bocinas y era el llamado para
formar filas de nuevo. Le seguía el Himno Nacional, luego del cual el
presidente de la UJC agarraba el micrófono, se apoltronaba en el
podium y empezaba su perorata con la lectura de la efemérides y
agitadas repulsas anti-americanas, siempre con el dedo señalando a
las nubes tal y como un líder clonado. Detrás de él venía el
Director con los informes cualitativos-cuantitativos del plantel,
reprimendas si las había y los nuevos reglamentos o propuestas,
amén de otras tantas banalidades que nos retorcían el estómago.
Después de media hora de penetración ideológica, venían los
fisminutos, que eran ejercicios de calentamiento para despertar el
cuerpo, y por último se nos ordenaba entrar a las aulas con el fondo
musical de La Internacional. Como te imaginarás, llegábamos a las
clases exhaustos y hambrientos, así que el rendimiento académico
de muchos alumnos dejaba bastante que desear y era usual ver a uno
que otro roncando sobre el pupitre, debilidad que también era
sancionada severamente.

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