Teresa o las huellas de las ordalías
(fragmentos)
Carmen Karin Aldrey
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Siboney es un reparto de La Habana que antiguamente se
llamaba Biltmore, la mayor parte de sus construcciones son -o
eran- casas señoriales que pertenecían a la burguesía
criolla o a la clase alta profesional, pero que con la Revolución
pasaron a ser propiedad del estado. Algunas se habilitaron para
albergues de becados y otras fueron designadas al cuerpo
diplomático y a los jerarcas de turno, que dicho sea de paso,
eran individuos que ostentaban cargos importantes en el
gobierno, ya sabes, comandantes, ministros y líderes del
partido comunista, en otras palabras, la nueva burguesía.

A mí me enviaron a una de esas casas. Era de una sola planta,
el típico chalet de los cincuentas, con dos habitaciones
amplias, comedor, sala de estar, una cocina grande, dos
baños, terraza, jardín y patio. No era pretenciosa, se
advertía que fue diseñada para cubrir las necesidades
elementales de una familia profesional con cierta soltura
económica. Las realmente impresionantes, con piscinas y
maravillosos jardines, estaban en manos de los
mayimbes y sus
familiares, como se les llamaba a los funcionarios del estado.
También había algunos condominios de dos o tres plantas,
casi todos ocupados por militares, y alguna que otra mansión
convertida en clínica para los estudiantes. Los cuartos de mi
albergue tenían su baño, una ventana y un closet grande en
donde todas las chicas guardaban sus zapatos y colgaban sus
uniformes.

La cuota asignada era de dos por persona, así que enseguida
que ensuciábamos uno lo teníamos que lavar, y como no
había plancha, los planchábamos debajo de las colchonetas
de las literas pues se alisaban mientras dormíamos. Nuestro
glorioso uniforme era de tres colores: la saya de pliegues o
pantalón verde olivo, que simbolizaba al ejército guerrillero, la
blusa de un gris plomizo, realmente patética, que significaba el
luto por nuestros mártires o la clase obrera, no recuerdo bien, y
en las mangas, que eran cortas, una franja naranja tributo a
Conrado Benítez, un alfabetizador que según la versión
oficial, había sido colgado en un flamboyán por los guerrilleros
contrarrevolucionarios en la Sierra del Escambray.

Cada albergue tenía una empleada a la que se le llamaba tía,
en su mayoría de muy bajo nivel educacional y procedentes de
los barrios marginales o del campo, y en muchos casos
regeneradas prostitutas. Esta persona, aparte de cocinar,
controlar, establecer el orden e informar a las makarenkos*
sobre el comportamiento o las intimidades de las alumnas, se
pasaban el día chismorreando con las otras tías de los
alrededores, mirando la televisión, fisgoneando o escuchando
la radio.

La limpieza de los albergues estaba a cargo de los propios
alumnos, que se turnaban en equipos de cuatro o seis, y la ropa
de cama se enviaba a las lavanderías de los centros. Alguna
que otra vez se encontraba a una tía buena gente, como lo fue
Sabina, la primera de las tantas que tuve, pero normalmente
eran mujeres que se tomaban el cargo de
responsable de
albergue
con una ferocidad inigualable, de hecho recuerdo muy
bien la sensación de terror al sentirme escudriñada por ciertas
miradas cuando de acuerdo a plenipotenciarios criterios, yo
había violado las reglas, como por ejemplo, que en la
inspección se detectara algo de polvo en los escondidísimos
huequitos de la litera o no ir a la cama a las diez de la noche
como era exigido, ya que a veces esperaba a que todos se
durmieran y me iba al baño a leer.


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Flamboyán, Tomás Fundora