"HabÃa unos hombres con túnicas como las de las novias, pero más
cortas, y mucha arena, como en Naples, pero sin playa, y camellos, y un
hombre alto hablando con mucha gente que lo seguÃa como en el
cuento del flautista de Hamelin hasta la montaña que se abrÃa para
tragárselos a todos."
Esta vez los timbres agudos se estrellaron contra los altos anaqueles
llenos de libros de leyes, luego sobre los tÃtulos nobiliarios y los
cuadros de VÃctor Manuel, Amelia Peláez y JoaquÃn Sorolla,
sumergiéndose en la selva donde Tomás Sánchez medita de
espaldas al espectador, y posteriormente saltando al escritorio inmenso
estilo Remordimiento Español, regalo de alguien de quien ya nadie se
acuerda, la colección de jarrones de Lalique, la lámpara Tiffany
original y finalmente la página de negocios donde el padre trata de
adivinar cuánto han bajado las acciones en las últimas veinticuatro
horas, y desvanecerse como el humo del cigarro importado
clandestinamente de Cuba.
"Y habÃa mucho viento, tanto, que a veces se me perdÃa la gente y
me ahogaba con la arena. Pero lo que me extrañaba era que aunque
estaba descalza, la arena caliente no me quemaba los pies..."
La voz infantil siguió perdiéndose entre los butacones de la sala,
chocando con los espejos de marcos dorados que se cubren con
paños en Semana Santa; la chimenea de mármol y volutas barrocas y
leños verdaderos que se cambian cada año porque en Miami no hay
frÃo ni cruentos inviernos; el retrato del abuelo con el escudo familiar;
los jarrones de flores secas; las macetas de bonsai; las botellas de
licores importados; las estatuas africanas y el gong robado a un
santuario de Kyoto, hasta filtrarse por las junturas de los vitrales
plomados y mezclarse con el ruido de los autos afuera, el canto de los
sinsontes del jardÃn y los pasos de la criada que corre por el sendero
de gravillas que conduce a la puerta de la cocina.
"Entonces no sé quién me cargó y yo estaba muy cerca de aquel
hombre que hablaba a tanta gente sobre un reino que no era de este
mundo, sobre un padre altÃsimo y un reino en los cielos. Yo no
entendÃa nada, y todavÃa no lo entiendo, pero no me molestaba,
porque el hombre hablaba muy despacio, como un maestro, muy
parecido al tÃo Gabriel cuando tiene tiempo y me lee algún cuento de
esos libros grandes que tiene en la biblioteca..."
La voz de la niña sigue resbalando por los patios interiores, los
claustros italianos, las estatuas imitación de Bellini y los bancos de
bronce con escenas de faunos y doncellas desnudas; las fuentes
inspiradas en Versalles, y la piscina donde flota un cisne plástico.
"Y el hombre que hablaba me miró, y me puso la mano en la cabeza, y
dijo algo de una voz que clama en el desierto. Yo estaba como mareada,
y entonces sopló el viento y todo se nubló y comenzaron como unos
truenos, y el hombre siguió caminando, como flotando en el aire...Y yo
sentà que no querÃa separarme de él...
¿Quién es ese hombre, mamá?
¿Qué desierto es ese?
¿Por qué ese hombre no me da miedo?
¿Qué es un MesÃas?
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