Anatomía de una hoja
y sueño con desiertos
Jesús Vega


Anatomía de una hoja


El olor del césped recién cortado es una de esas sensaciones
fácilmente identificables, independiente de cualquier edad, época o
tiempo. Siempre llega acompañado de una brisa cómplice que se cuela
suavemente, tan sensual como el olor de los jugos vegetales que liberan
las hierbas silvestres cortadas, como canto de cisne, como el sándalo
"que perfuma a quien lo hiere...". Pero eso es ya un lugar común.

Decía que el olor se introduce, dulzón y furtivo, y nos hace respirar
profundo para que no se escape aquello que es en definitiva aliento de la
tierra. Porque aliento es, independientemente de que se mezcle con el
insulso relente de gasolina o petróleo y combustión interna de las
máquinas cortadoras. Pero por encima de esos desechos de la
modernidad, de esa respiración intestinal de tubos de caucho, se escapa
un olor que es como el proyector en una sala oscura, generando un
cúmulo de imágenes de la vida pasada, comparables a las que nos
pasan por la memoria en el momento de la muerte, confirmación de esa
experiencia que narran con terror muchos sobrevivientes de la near death
experience, donde se nos pasa la película de la vida, pero volvemos a
entrar cíclicamente en otra sala oscura, esta vez la del cerebro, que no
descansa aunque los científicos piensen lo contrario.

Olor de césped que es olor de campo silencioso, con neblina agujereada
de rayos de sol y hojas sembradas por gotas de agua, semejantes a
aquellas pequeñas cúpulas de cristal que cuando era pequeño
imaginaba como formas ocultas de ciudades diminutas donde pasaban
cosas, y había otros niños mirando gotas de rocío e imaginando
mundos e imaginando a otros niños, en un juego de espejos como los de
los baños de las salas cinematográficas o la barbería. Imagen se repite
y se repite, y pueden transcurrir cien años hasta que el último reflejo de
lo que soy (si es que existe) reproduzca el reflejo de mi mano bajo la
corriente de agua o dibujando frases obscenas en el cristal cuando ya no
esté yo, ni mi mano, ni la corriente de agua que tenía que salir por la
llave en ese instante, ni el espejo, ni el cine, ni la barbería, ni el niño, ni
el rocío, ni la niebla ni el campo ni el césped recién cortado que se
pudre entre las raíces de los árboles o en el pavimento.

Sólo ese olor, siempre el mismo, en su persistencia matutina (no sé si
siempre se corta el césped de mañana, o es la hora en que nos damos
cuenta de que alguien corta el césped), despertando el deseo de hacer
tantas cosas, de comenzar el día, de correr, de sentarse al lado de una
fuente, de hacer el amor, hablar o cantar. En resumen, de VIVIR, esa
palabra prohibida para los que descansamos precisamente debajo de ese
césped que crece eternamente, condenados a sentir las vibraciones de
la tierra que no perciben "los de arriba", a contemplar para siempre la
anatomía de una hoja, a sentir sólo ese perfume de recuerdos que
mueve lo único perdurable en la materia corrompida: la memoria.




Sueño con desiertos


"Mamá, soñé con un desierto..."



La vocecita resonó contra las paredes, rebotando contra las ventanas de
cortinas con flores amarillas y el verdor del jardín próximo a las aceras
sombreadas de Coral Way, vagó por los interiores de las vasijas
precolombinas, para luego saltar a los platos del fregadero y perderse por
el tragante como un Maëlstrom en miniatura y continuar finalmente hacia
la oscuridad de las tuberías que se pierden por parajes subterráneos,
sin llegar a oídos de la madre disgustada por la tardanza de "la señora
que trabaja en casa".


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