No me pidas que te deje ir
Ismael Sambra


... Entonces, Teresa, pensé que nunca más la volvería a ver,
que todo había sido inútil, que el destino nos iba a separar para
siempre, porque llegó la orden de evacuar la zona y apenas
recién comenzábamos a querernos. Cuando llegó la orden ya
hacía tres días que venía lloviendo y el río creció tanto que
era imposible el cruce; porque había que atravesarlo cinco veces
para llegar al llano. Alguien trajo la orientación de que teníamos
que salir por la cordillera, y en vez de bajar directamente,
comenzamos a caminar por encima de los piquitos de las lomas,
rompiendo trillos y bordeando farallones.

Sobre la marcha se nos fueron sumando otros campamentos de
estudiantes que también recogían café por los alrededores, y
se hizo larga y pesada la caravana, y más pesada aún cuando
rompió de nuevo a llover y el fango hizo pesadas las botas y
resbaladizo el camino. Las ropas mojadas y el fango saltándonos
sobre el cuerpo. Allí, en una bajada donde todos se apilan para
socorrerse, tropecé con sus manos y luego con sus ojos grises
como la misma cerrazón de la lluvia, y hasta mi cuerpo llegó su
cuerpo tembloroso como si la hubiera acabado de conocer.

Te dije que la última vez que la vi fue bajo los efectos de la fiebre y
no supe bien si era ella o alguna alucinación; pero esa hubiera sido
mi oportunidad y la dejé escapar como las otras. Había llegado a
su campamento de tránsito hacia el hospital de Guisa. Me bajaron
de “La Gigante� dos compañeros de albergue en mi misma
hamaca, porque no podía ni caminar de la diarrea y la fiebre que
llevaba. Nos cogió la noche allí y tuvimos que acampar además
por el aguacero que estaba amenazando. "¿Y cómo me van a
meter en el albergue de las mujeres?"; pero mi protesta fue inútil
porque no había otro lugar, ni otro más cálido. Así que a la luz
de un candil metieron mi hamaca, haciendo un espacio pegado a la
salida. Yo estaba hecho una calamidad por no sé qué fiebre del
café o del monte, y no quería que me viera así. Me dijeron que
ella no se encontraba en el campamento, que andaba de visita por
el otro lado del secadero. ¡Qué cosas tiene el azar!; porque
desde que la conocí en el tren no me la había podido quitar de la
cabeza. "Yo soy de Pinar del Río -me dijo-. ¿Y de dónde eres
tú?". "¿Yo?, del polo opuesto..." y acababa yo de llegar a su
campamento y estaba ahí, de repente, quitándose la blusa tan
cerca de mi hamaca. No vi cuando entró, que tuvo que hacerlo
pegadita a mi hamaca, y cuando saqué la cabeza de debajo de la
colcha, movido por una rara inspiración, allí estaba, en la semi
penumbra, con sus pechitos al aire, rojos a la luz del candil. ¡Qué
fenómeno! Mirarla así con sus trenzas, tal y como la había
soñado.

No creas, Teresa, sentí vergüenza. Pocas hamacas me
separaban de la de ella y se fue quitando los pantalones. ¡Madre
mía! Pensé que era la fiebre lo que hacía figurármela tan
desnuda y mojada por la lluvia, la fiebre que me empañaba los ojos
y me impedía verla bien. La vez que nos topamos en el río pasó
igual, pude haberla besado, haberla estrujado; porque estuvimos
tan pegaditos, tan amarrado por los ojos y tan solos, que de
pensarlo me cojo rabia. Hubiera sido todo más fácil. "Ahora no -me
dijo-, después habrá tiempo". Y yo le hice caso, Teresa, no
insistí en aquel momento porque pensaba que para eso era mejor
esperar, que así tendría más colores la vida. Pero ahora no,
Teresa, ahora los colores se los pongo yo, porque esa vez me
quedé en blanco y negro. Tres hamacas, sólo tres hamacas me
separaban de la de ella, tres hamacas vacías y se metió en la
suya, bajo la colcha, con su piel brillosa y trigueña, con sus ojos y
sus trenzas y todo como en un mar de aguas inquietas.


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Cupido & Psyche, Antonio Canovas, 1796