Diccionario Terrestre
Irene Carolina Herrera


Aura, la pintora  

A las seis de la tarde llegamos a su casa. Sobre la grama marrón
yacían partes oxidadas de una bicicleta desmantelada. La vieja
casa recobraba vida con los carteles de colores destinados para la
frecuente visita que venía en ausencia de la anfitriona. Nunca habí
amos entrado a su interior, siempre conversábamos con Aura desde
el carro. Habían pasado 10 años desde la última vez que la habí
a visto. Sin quererlo, comencé a imaginármela como su casa.
Demacrada, rígida, sola. Del oscuro y vacío fondo vino hacia
nosotros una pequeña criatura de largos cabellos blancos.
Caminaba al ritmo del  ladrar de su perro. Estaba emparamada. Una
airosa tormenta acababa de sobrepasar la zona del Black Grove
atacando con inclemencia a  sus integrantes. Los huesos del
diminuto cuerpo temblaban agónicamente. El dolor no descansaría
hasta lograr su misión.  

El cubano del bus

Mientras tomaba el autobús de las nueve de la mañana para ir al
trabajo, escuchaba a un viejo cubano regocijándose en las virtudes
de su patria. "Cuba, mi amigo, es lo más bello que hay. Tenemos el
mejor café, los mejores habanos, no hay ciudad más hermosa que
La Habana... y las mujeres, mi hermano, ¡qué ricas están!  Pero
yo te digo, Dios debió haber hecho a todas las mujeres iguales, pa'
no estar deseando a la del prójimo.  Yo te digo, ayer fui pa' la playa
con mi esposa y miraba pa' todos lados.  Si todas son bellas que
todas sean igual de bellas, si todas son feas que todas sean feas.
Pero esa desigualdad, amigo, por eso es que hay envidia, odio,
rencores y  pegadera de tarros.  El otro día me encontré con una
vieja amiga, andaba disgustada, resulta que Fidel no la había
reconocido. Pero, mi hermano, ¿tú puedes creer eso?  Qué va a
estar acordándose Fidel de ella. Él es todo un caballero,
¿cuántas mujeres ha tenido?  Las mejores de nuestro pueblo".

Cheo, el librero

Una de esas noches fuimos a la librería en medio de la
Sagüesera. Visitamos a Cheo, un señor sesentón, quien se
había dedicado a publicar libros de escritores hispanos residentes
en Miami. Detalladamente nos describió la descarga de los jóvenes
músicos en el Café Nostalgia. No pudimos ir.  

Rigoberto, el poeta

En La Carreta había tropezado con Rigoberto, el poeta.  Su
entusiasmo lo impulsaba a derramar párrafos sobre la filosofía de
la vida.  Muy apenado, después de darse cuenta de su falta de
tacto, se echó a reír con la boca abierta, gritándome, "Óyeme,
hermana, prefiero comer con la boca llena que con la boca vacía".
Claro, cuántas veces no habrá pasado días sin que su paladar
saboreara la grasa del cochino. Así, cada una de sus historias se
inspiraba en las fotos de Cuba que colgaban torcidas de la pared.
Pude imaginar Santa Clara, Varadero y Camagüey. Gracias a su
minuciosa descripción visualicé húmedos paisajes erosionados
por los vientos cruzados sobre la isla, paisajes ahora grisáceos por
la dictadura. Después de saborear lentamente mi sopa de plátano,
me despedí de Rigoberto.

Gilbertico, el vendedor de rosas

En mi camino hacia la puerta me tropecé con Gilbertico, el
vendedor de rosas de la cuadra. A pesar de haber estado a unas
diez mesas distante de nosotros, me hizo referencia a nuestra
conversación. "Las mujeres son unas serpientes, se enrollan y
pasan seis meses bajo las sábanas, después que se desenrollan
salen a la superficie, vigorosas y devoradoras, piss... piss...  con
ganas de acabar con la vida de uno". Me sentí como una serpiente.
Aquella noche hicimos el amor hasta las 5:50 a.m.

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Cocos, Tomas Fundora