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John Coleman en Spectacle Lane
Belkis Cuza Malé
Hay seres, sitios, memorias que no se apartan jamás de nuestro lado. La noche en que Heberto Padilla y yo conocimos a Robert Penn Warren --quizás a finales de 1980-- fue una de éstas. El anciano que tenía frente a mí, fuerte aún como un cedro invencible, era parte de la élite de los grandes poetas norteamericanos, y autor de una novela memorable: Todos los hombres del rey, con la que ganó el premio Putlizer en 1946. Pero el anfitrión de la noche, en medio de los murmullos acelerados que parecerían subir del barranco, no era otro que John Alexander Coleman --el profesor Coleman, como le llamaban con cariño algunos ex alumnos y amigos. Un hombre con rostro luminoso, y sonrisa eterna, como ésas que no se borran jamás de los que intentan ocultar una profunda melancolía. De visita en su casa --hermosa, con estilo de cabaña moderna y todas las comodiades imaginables--, Coleman aprovechó la oportunidad para invitar a los Warren, y que conociesen a Heberto Padilla, recién llegado de Cuba. Luego supimos que su hijo, un escultor, estaba casado con una pintora cubana. La casa de John Coleman lo definiía mejor que nada. Allí vivía un hombre que amaba el bosque y aquel camino largo y duro --o podía tener otro nombre: Spectacle Lane--, a un costado de Wilton, Connecticut. Porque otra cosa no era ese mundo de John Coleman y su casa: el espectáculo rico y maravilloso de los que deciden declararse en soledad y aún comparten con amigos y conocidos un poco de esa riqueza. Robert Penn Warren, americano de otra época, y otro mundo, un hombre con rostro de talador de bosque, ojos avituallados de vejez, amables, cargados de sabiduría y dolor, estaba acompañado esa noche de su esposa y su cuñada, ambas escritoras, y mujeres con la pátina que vemos en ciertas mujeres educadas, donde inteligencia, encanto y sensibilidad se funden en una pieza única. La casa de Spectacle Lane nos envolvía con su perfume de maderas preciosas, y su fuego, desde una enorme y recién estrenada chimenea de hierro. Fue una noche de poesía y de política. Se habló de todo, se bebió un vino suave tras la cena, y cuando todos se marcharon, el anfitrión nos preparó una recámara en lo alto, espectacular, pensé yo, pues sentía allá fuera aquellos árboles balanceándose en la noche helada. A la mañana siguiente, un Coleman eficientísimo preparó uno de esos desayunos típicos americanos, mientras, compitiendo con el chisporreteo del bacon en la sarten, Bach y Mozart alternaban en el estéreo. Poseedor de una gran colección de música clásica, no faltaban sin embargo ni John Lennon, ni José Feliciano. Aquel día en que a primera hora nos recogió en el hotel Esplanade, en New York, me sorprendió verlo aparecer con aquel atuendo de andar por casa: shorts, camisa vieja en bandolera y sandalias de jardinero. Embutidos como sardinas en su viejito BW, el profesor Coleman se transformó durante el viaje en un ser relajado y chistoso. Recorrimos las tiendecitas de Wilton, y de otro pueblo cercano, mientras nos iba mostrando su mundo personal. Alternaba su vida entre la ciudad de New York y Wilton; los fines de semana y cuando se lo permitían sus clases de literatura latinoamericana en New York University, se marchaba raudo a su casa entre los bosques. No olvidaré nunca aquel pollo con aceite de ajonjolí que preparó en el barbicue, en la terraza colgante a un costado de la casa, ni aquella hamburguesa que doró para Ernesto, nuestro hijo, entonces con apenas siete años. Recién llegada de Cuba nunca había visto a nadie cocinarla como lo hizo él: la simple carne molida, sin grasa, sin sal ni aderezos. Eso vendría después, como le enseñó a Ernesto, mientras le acercaba la salsa catsup, y le añadía unas cebollas que había dorado. Coleman fue, sin duda, una presencia decisiva en nuestras vidas. No porque se convirtiera finalmente en el traductor de Heberto, sino por su humanidad, y ese modo tan discreto y sincero que tenía de ofrecer su amistad. Durante años, estuvo presente aunque no viviésemos ya a horas de su apartamento neoyorquino. Amaba la literatura latinoamericana y no se limitó a enseñarla. Fue amigo de esa literatura, y de sus autores, y tradujo y presentó a Jorge Luis Borges (de quien contaba anécdotas maravillosas), y a otros, y escribió ensayos inteligentes y agudos. Intelectual sin snobismos, le apasionaban todos los frentes de la cultura. Cuando se retiró de su cátedra de New York University, se fue definitivamente a su casa de Spectacle Lane a vivir la ansiada soledad rodeado de sus libros, sus discos y la naturaleza mutante y a ratos árida del paisaje de Wilton. Aquejado hacía año y medio de un cáncer, murió sorpresivamente el pasado 17 de junio. Esta madrugada encontré un e-mail de su hermana, dándome cuenta de la noticia e invitándome a unírsele con familiares y amigos, en una ceremonia de recordación y celebración de su vida. ¿Y en qué otro lugar mejor, decía ella, si no en la esa casa de Spectacle Lane que tanto amó? ¡Cuánto daría por poder acompañarlos y disfrutar de la presencia de todos esos amigos y de los "convidados de piedra", que sin duda no habrán de faltar: Robert Penn Warren, Borges, Heberto... y presidiendo la velada, el anfitrión John Coleman, ahora eternamente en Spectacle Lane! |
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