Emilio Bernal Labrada: La prensa liebre o los crímenes del
idioma. Miami: Ediciones Universal, 2002. 213 pp. Sp.
Guido Feliz



Emilio Bernal Labrada, miembro de la prestigiosa Academia Norteamericana de la
Lengua Española (ANLE), y también académico correspondiente de la RAE, es
quizá el más celoso defensor de nuestra Lengua entre los que habitualmente
escriben al respecto en la prensa hispana de los Estados Unidos. Su conocida
columna, "Nuestro idioma de cada día", que se publica en diversos periódicos en
este país, se ha hecho lectura obligada a quienes tenemos el oficio, en tantos
respectos "ingrato", del periodismo, eso es, de escribir para subsistir.

Emilio (el hombre, humilde y generoso, se resiste a que lo llame don o señor), me ha
obsequiado con un ejemplar de su libro La prensa liebre, que a manera de subtítulo
lleva también la leyenda "o los crímenes del idioma". Se trata de una selección de
artículos que vieron la luz en la prensa y que por insistente sugerencia de algunos
amigos el autor publicó en forma de libro. Con ello no sólo asegura la preservación
del contenido, sino que provee al lector interesado en las gramatiquerías de un
manual al que podría consultar cuantas veces lo desee o lo necesite.
Inteligentemente, el académico ha subdividido su obra en seis secciones que
abarcan artículos sobre el idioma en general, los lemas comerciales transli-terados,
errores históricos de traducción, artículos salpimentados con política, ensayos
sobre el idioma, y a manera de epílogo, "poesía inédita e inaudita", con que titula
la sección final del libro.

Un cubano sin gracejo es impensable. No existe. La sal y la gracia son elementos
esenciales del genio de los isleños de la mayor de las ínsulas caribeñas, y acaso
también lo que más los distingue del resto de sus hermanos en el continente.
Debido a ello, muchas veces he llegado a pensar que en nuestra América sólo el
cubano estaba en condiciones de sufrir sin perecer en el proceloso piélago de
tristeza y sinsabores de un régimen como el que impera en la Isla desde hace más
de cuarenta años.

Y precisamente, el libro en que Bernal Labrada se unce a la pluma para denunciar
primero los crímenes contra el idioma, e ir después a la caza de la "prensa liebre",
está salpicado de ese característico buen humor del cubano, lo cual evita
enhorabuena que el lector se aburra con el tratamiento de asuntos que por su propia
índole pudieran resultar pesados o tediosos en pluma menos experta o en mano de
genio más "grave".

A este respecto, Luis Mario, el conocido poeta y periodista cubano, autor de la
introducción del libro, aunque reconoce y admira la "chispa elegan-temente
humorística", esa "maliciosa sonrisa" con que dice que el autor enfoca los temas que
aborda, percibe, y así lo expresa, cierta "desmesura" en la "explotación del humor"
como elemento destinado, no meramente a divertir, sino a hacer más comprensible al
lector promedio un asunto para el que no siempre se tiene la disposición de
aprehenderlo y asimilarlo.

Quien pergeña ahora estas cuartillas no ve problema alguno en aceptar como cierto
que "comer mucha miel no es bueno", como dijera el Hombre Sabio, y que conviene
siempre "comer la que baste". Pero cree también que el lector se sentiría aliviado y
con mejor disposición de tolerar sin escándalo la mezcla del "choteo con la
enseñanza" del idioma, que dice Mario, si recuerda que cada capítulo contiene
apenas la dosis mínima de buen humor que corresponde a cada artículo
periodístico en que se publicó por primera vez. Dicho de otro modo: que lo que el
poeta percibe es el "humor total" de muchos comentarios, y no un defecto o un exceso
de la obra como tal.

Algo tal vez más importante que señalar, sería la crítica, a ratos envuelta en el
halo del buen humor, y otras en forma de encendidos dardos, con que el autor
censura a los responsables de lo que juzga crímenes en perjuicio del idioma,
especialmente presentadores de noticieros de televisión, articulistas, y agentes
publicitarios que manejan los anuncios en español de grandes empresas
norteamericanas. La crítica, desde luego, es pertinente, pero sobre una base que
me parece falsa o apenas sostenible: la idea de que los "criminales", en un increíble
alarde de arrogancia y menosprecio, atentan adrede, de purito gozo, contra la
propiedad y la pureza del español.

A los tales tal vez podría acusárselos de negligencia o de culposa
despreocupación, eso es, de no aplicarse como se debe al estudio serio y
sistemático de la Lengua, acaso ingenuamente pretendiendo que ésta "puede
esperar"; pero en modo alguno (al menos en la mayoría de los casos) de
intencionalmente dañarla. En otras palabras: lo que hay es una cuasi invencible
ignorancia del idioma, no el maligno designio de pervertirlo porque sí. De ahí
precisamente la gran importancia de la continua labor didáctica que en forma amena
pero efectiva realiza Bernal Labrada a través de la prensa, y cuyo sazonado fruto ha
hecho posible la publicación de este libro.

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