Alberto Roldán: La mirada viva. Miami: Ediciones Universal, 2002
Fausto Canel


La mirada viva es el primer libro del cineasta cubano Alberto Roldán. Nacido en una familia de músicos---hijo de Alberto, celista notable, y sobrino de Amadeo, compositor mayor de música cubana---, Roldán se vio obligado a trabajar temprano debido a la inesperada muerte de su padre. Varios oficios intentaría el joven Roldán antes de deslumbrarse con el cine. 
¡Y qué deslumbre! En el cine encontrará Roldán "una profesión cuya versatilidad y dicotomía me asombraban: la técnica mecánica ligada a la expresión artística, la individualidad unida al trabajo de equipo, la lógica abstracta en simbiosis con la formal, las ciencias abrazando a las letras..." The works! 

Y ya con el gusanillo del cine inoculado, el futuro cineasta logra entrar en el Instituto del Cine, único productor en la isla. Con la ayuda de Theodor Christensen y las enseñanzas del documentalista Joris Ivens ---dos de los marxistas europeos que por entonces asesoraban al ICAIC--- el joven Roldán terminará por convertirse en uno de los pilares de aquel primer grupo que hizo del documental cubano uno de los más vivos e interesantes de la época.

Pero muy pronto Roldán chocará con la terrible verdad de su contexto. El ICAIC no va a financiar películas que no sirvan de propaganda al régimen, y a partir de ese momento el desafío consistirá en ser lúcido y honesto en un sistema con muy pocos derechos y muchas obligaciones. 

Y el libro penetra en los vericuetos de la represión que el ICAIC impone al cineasta en un mar de tonterías. La visión de Roldán zigzaguea con mano tranquila por la cloaca florentina que entonces era el ICAIC, al tiempo que establece con precisión el contexto político de aquella época histérica. 

En La mirada viva están las curiosas escaramuzas burocráticas dentro de aquel primer ICAIC, y, está, sobre todo, el retrato exacto de aquel Alfredo Guevara, fundador-en-jefe del organismo, figura clave en la política cultural del primer castrismo, verdadero dictador de un sector dentro de la dictadura toda. 

Como muñeca rusa que se desdobla en otra idéntica aunque menor, en el libro de Roldán el ICAIC no es más que un feudo regido por Guevara con sutil dictadura ---o dictablanda, dependiendo del momento---, pero con la misma ausencia de lógica y de democracia con que Castro ya empantanaba al país. 

El texto nos cuenta los avatares de un director y sus películas. Ambos, director y películas, apoyados al comienzo por el ICAIC, para después ser descartados cuando no consiguen el efecto internacional que se buscaba. Y también nos cuenta de los guiones pedidos y luego prohibidos, y de los largos meses suspendido de empleo y suelto, castigo a la arrogancia de querer expresar una opinión. Lesa majestad! Y de aquella última batalla por salir con la cabeza en alto ante el caso Padilla.

La mirada viva desmenuza las fuerzas que imperaban no sólo en el ICAIC, entonces institución fetiche del régimen, sino en el proceso revolucionario mismo. Y el desmenuce se hace con mirada de documentalista en un contrapunteo de voces que acercan la estructura del libro a la composición musical.

Casi al comienzo el autor nos alerta de esa referencia esencial en su obra: "La relación entre espacios abstractos con los que me había familiarizado a través de la música se fundía de alguna manera", nos dice, "con ese arte visual y sonoro que ahora trataba de estudiar y analizar."

Y aquí surge la última sorpresa. La música como referencia. Que siempre estuvo en toda obra de Roldán para aquel que la quiso ver.

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La mirada, Susana Weingast