Georgina Herrera. Gritos. Miami:
La Torre de Papel & Ediciones Itinerantes
Paradiso, 2004.
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Aquellos lectores que disfrutan con el hallazgo de creadores que han
desarrollado su labor en la periferia y al margen del canon, harían bien en
revisar la obra poética de Georgina Herrera (Jovellanos, 1936). Una
excelente oportunidad para iniciar su descubrimiento la brinda la reciente salida
de un nuevo libro suyo, Gritos, toda vez que se trata de una escritora que
desde que se dio a conocer, a comienzos de la década de los sesenta, ha
publicado más bien poco. Como prueba, ahí está su bibliografía
anterior, que se reduce a apenas seis títulos: G.H. (1962), Gentes y cosas
(1974), Granos de sol y luna (1978), Grande es el tiempo (1989) y Gastadas
sensaciones (1996), publicados todos en la isla, donde hasta hoy reside.
 
La voz que nos habla desde esos textos configura a una mujer que escribe
para no olvidar quién es, de dónde viene, a qué se debe. El tema de la
identidad racial y cultural adquiere así una presencia dominante, y aparece
expresado
en un discurso que tiene el yo como instancia. Esa identidad se manifiesta
además de diversas maneras y a través de diferentes aspectos. Por
ejemplo, al
contemplar una cabeza de terracota que data de mil años atrás el sujeto
poético
se reconoce en ella como quien se ve a sí mismo en un retrato: "¿Dice
alguien
que no es/ mi rostro este que yo veo?/ ¿Que no soy yo, ante el espejo/ más
limpio reconociéndome?". A lo cual añade con firme y orgullosa
convicción: "Esta
que miro/ soy yo, mil años antes o más;/ reclamo este derecho/... Soy yo.
Espejo o renacida./ Soy". Ese orgullo con que reivindica y asume esa herencia
aparece resumido en el título de algunos de los poemas: Canto de amor y
respeto
para Doña Ana de Souza, Elogio para las negras viejas de antes, Para
festejar a
Oggún.
  
Hay, por otro lado, una amorosa vindicación de �frica, aquel continente
que según el abuelo era "un país bonito/ y grande como el cielo", y que
durante
la etapa oprobiosa de la esclavitud y la trata fue el sitio "desde el que a
diario/ hacia el infierno venían/ reyes encadenados,/ dioses tristes". Para la
voz lírica, por su parte, es la tierra a la que siempre va a dar ("Todo sitio
al que me dirijo/ a ti me lleva"), la herencia ancestral cuya llama se
mantiene encendida ("Este rostro, hecho/ de tus raíces, vuélvese/ espejo
para que en
él te veas./ En mi muñeca/ vas como una pulsa de oro/ --tanto brillas--;
suenas/ como escogidos cauríes para/ que nadie olvide que estás viva"), y
por eso
objeto de permanente veneración ("Cuando yo te mencione/ o siempre que
seas
nombrada en mi presencia/ será para elogiarte").
  
Toda esa antigua historia de fechas, cacerías, viajes interminables e
ignominia, se expresa muy bien en términos poéticos en "El barracón". Al
visitar
las ruinas de un antiguo ingenio y poner las manos sobre aquellos muros
húmedos, desgastados por la lluvia y el llanto, escucha "gemidos, maldiciones,
juramentos/ de los que, calladamente,/ resistieron por siglos/ los colmillos del
látigo en la carne". Del pasado le llega todo ese sufrimiento, pero también el
amor, "todo el amor/ con que regaron su impetuosa semilla,/ perpetuándola./
Así
lo siento, lo recojo./ Vibro".
  
Junto a esos poemas, figuran otros dedicados a familiares y personas
entrañables: Victoria, la bisabuela que consumió su existencia entre el
bocabajo y
la vida como cimarrona; Ana de Souza, la mujer angolana cuyo pueblo fue
sometido a la esclavitud por los portugueses; las ancianas que contaban historias
fabulosas en los velorios; Joaquina, quien durante todo el año vendía
dulces y
lavaba y planchaba para la calle, para poder asumir el privilegio de festejar
a Oggún. El aliento humano y cálido de los recuerdos autobiográficos
impregna
"Dios de mi casa y de mi sangre", unos de los textos más hermosos del libro:
"¡Qué pobreza de hogar!; en las paredes/ sólo un retrato: Colgaba un
Cristo
rubio,/ impuesto/ sobre la piel a quemaduras desde/ quién sabe cuándo./ Y
así,
las cosas/ no entran o entran mal./ Pero a este pobre hubo que amarlo;/ nos
daba
pena verlo/ no sabiendo qué hacer: si bendecirnos,/ morir de nuevo o huir./
Éramos, somos buenos, así que/ casi por lástima lo aceptamos,/ lo
dejamos así,
en su sitio eterno".
  
En el texto del cual el poemario toma el título, Georgina Herrera
expresa: "Estas palabras aparentemente/ suaves y tranquilas;/ palabras
transparentes,
sí, pero/ tenaces./ llegan, entran, se quedan para/ siempre, son mi manera./
Así es que grito, y/ sé que me hago oir". Esos versos están colocados
con toda
intención al inicio del libro, pues definen la poética a partir del cual la
autora elaboró las quince piezas reunidas por ella en Gritos. Estamos, en
efecto, ante un discurso sobrio, que elude la retórica o el cripticismo, y que
está
hecho con un lenguaje diáfano y sencillo, aunque no pobre. Conviene, no
obstante, que nos fijemos en el adverbio que usa Herrera en el primer verso: esa
suavidad, esa transparencia, son aparentes. Es ésa su manera de decir las
cosas,
de gritar, de hacerse oir. Lo cual no le impide expresar sus verdades, ni
hacerlo con una firmeza y una convicción que no admiten dudas.
  
Poesía, en resumen, que celebra la identidad étnica ("negros los ojos, la
piel, el pelo duro"), que proclama la devoción por los antecesores, que
incluso no duda en dirigir su dedo acusador ("Los rubíes/ de tus pendientes
preferidos/ gotas de sangre son sacadas de las venas/ de Owení y muchos,
muchos
más"). Todos esos asuntos Georgina Herrera sabe expresarlo --y en
literatura, es lo
que de veras cuenta-- a través de unos textos en los que aparecen tratados
con sensibilidad, con verdad iluminadora, con emoción contenida e intensa y
con
una capacidad de elaboración y sugerencia que les otorga su entidad
poética.
Estamos asimismo, como ha señalado Katherine M. Hedeen,  ante una
escritura de
gran accesibilidad, construida con el lenguaje de todos los días, vehículo a
través del cual se expresa "un sujeto poético femenino y negro
transculturizado
cubano".
  
Con Gritos, Georgina Herrera confirma que es una creadora que merece
mayor atención de la que hasta ahora se le ha dedicado. Estoy convencido de
que ha
de recibirla, aunque espero que no sea póstumamente. Como un argumento
más a
añadir a esta recomendación a la lectura de su último libro, quiero concluir
esta reseña con unos versos de "El tigre y yo, durmiendo juntos", otro de sus
mejores poemas: "El tigre tuvo sueño,/ se echa junto a mí, se duerme/
como un
regalo inusitado; tiendo/ la mano y lo acaricio./ Dichosa es esta mano que se
pierde/ entre el dibujo de su piel./ El tigre es tibio y manso. Pego/ mi oído a
su corazón./ Apenas late (...)/ Ahora se mueve; vuélvese/ al otro lado, no
despierta,/ pero temo/ que el sueño acabe./ No el del tigre, el mío".




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CARLOS ESPINOSA DOM�NGUEZ



Carlos Espinosa Dominguez, ensayista, profesor y editor cubano, dirige las
Ediciones Las Cuatro Estaciones.
Indice
El Grito, Munch
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