Habla Denis Rousseau: La Isla del doctor Castro
Por Belkis Cuza Malé



Belkis Cuza Malé:  La Isla del doctor Castro es para mí fuente primaria de información para los que quieran conocer cómo viven los cubanos en estas últimas décadas de tiranía castrista, pero sobre todo, es un libro bien escrito, bien estructurado, y muy ameno. ¿Cuando llegaron a Cuba como corresponsales, traían en mente escribir un libro así? ¿Dónde, cuándo y por qué aprendieron el español?

Denis Rosseau:  Llegamos en agosto del 96 en Cuba, yo como director de la oficina de la Agencia France-Presse (AFP), y Corinne con el proyecto de pedir su acreditación como corresponsal de La Croix (el diario católico francés, considerado de centro izquierda)  y del semanario L’Express (considerado como de centro derecha), que tuvo que esperar varios meses. Antes de La Habana, aparte de varias zonas de Francia, habíamos vivido en Italia y en España, pero Cuba era nuestro primer destino en el continente americano. Claro está, sabíamos que no íbamos a vivir en el país de Mary Poppins, pero tampoco teníamos prejuicios negativos hacia el régimen cubano. Nuestra intención era hacer nuestro trabajo en Cuba como si estuviéramos en cualquier país, durante el tiempo normal de estancia en un puesto de trabajo para la AFP, es decir 4 años, y después pasar a otra cosa…
No era una meta para nosotros escribir un libro sobre esta experiencia. Es más, cuando me preguntaban (algunas veces de una forma que sospechaba teleguiada) si quería escribir un libro una vez de vuelta a Francia, contestaba invariablemente por la negativa, diciendo que era mucho trabajo (me di cuenta después que era totalmente cierto).
En cuanto al español, Corinne y yo lo aprendimos por nuestros propios medios. En mi caso fue para entrar en la AFP : tenía que manejar dos idiomas : el inglés (obligatorio), y un segundo que podía elegir. En la escuela, desde pequeño, se habían empeñado en enseñarme el alemán y, a pesar de los esfuerzos desesperados de mis profesores durante casi diez años, podemos considerarlo como un fracaso rotundo. En fin, tenía que elegir entre intentar de nuevo dominar el alemán, o aprender desde cero otra lengua. Me decidí por aprender el español. Una vez integrado en la France-Presse aproveché los cursillos de formación de la empresa para practicar el castellano, y puedo decir que ese idioma me encanta cada día más desde entonces. Después, Corinne y yo nos fuimos a vivir en Madrid entre 1988 y 1992 y, mientras Corinne aprendía rápidamente el idioma gracias a su perfecto manejo del italiano, yo pude perfeccionarme algo.

BCM
:- ¿Cómo es escribir a dos manos? ¿Cómo lograron ese estilo único que hace imposible distinguir quién escribió qué parte?

DR:- La idea de escribir surgió una vez en Francia. Como explicamos en el prefacio, lo sentimos como un deber hacia nuestros amigos cubanos, y fue también para nosotros una manera de exorcisar esa experiencia, y también de asegurarnos que no habíamos soñado todo eso : desde un país como Francia, ¡todo ese sufrimiento y esa maldad parecen tan irreal! Así que nos pusimos a trabajar : la primera cosa fue ponernos de acuerdo sobre la estructura de la obra. Queríamos hacer un libro sobre los cubanos, con una visión humana y no fijada sobre el poder. También queríamos escribirlo pensando en el futuro, y no en el pasado. En fin, con esas ideas escribimos el índice y tuvo pocos cambios después.
En segundo lugar nos repartimos los capítulos : cada uno escribía un capítulo de su lado y después intercambiábamos nuestro trabajo y le metíamos cada uno nuestra mano. Así escribimos todo el libro, y bastante rápido : seis meses. Durante el día yo trabajaba en la France-Presse y, una vez que nuestros dos niños estaban acostados, me ponía a escribir hasta la medianoche o la una de la madrugada, y así 7 días a la semana hasta el final. Claro, este método nos ayudo a conseguir esa unidad de estilo que sorprende a menudo. También influyó en eso nuestra experiencia de periodistas : el libro está marcado por el estilo periodístico y eso le da unidad.
Pero, quizá lo más importante es la complicidad que tenemos entre los dos. Este libro es la síntesis de una experiencia, a veces dura, pero vivida por los dos juntos, con debates entre los dos, informaciones compartidas, confrontaciones de análisis, y también de dos sensibilidades distintas…

BCM:- Cuando hablan de la cultura cubana y de la autocensura, ¿hablan desde experiencias muy directas con los escritores y artistas de la isla, o fueron informaciones recibidas de segunda mano? Quiero decir: ¿se movían ustedes también en el mundo intelectual, se reunían a título de amigos con escritores y artistas, o músicos cubanos? ¿Los visitaban en sus casas?

DR:- Pues, lo de los amigos en Cuba, lo vimos siempre complicado… nunca uno sabe exactamente con quién está hablando o si lo que uno está diciendo no estará a la mañana siguiente en un informe de la Seguridad del Estado. Es una de nuestras principales quejas contra este régimen : ha introducido una dosis importante y permanente de inseguridad y perversidad en las relaciones personales. Por otro lado, sabíamos que nadie puede resistir las presiones del poder : puede hacer la vida realmente imposible a uno. Así que nunca reprochamos a nadie hacer de soplón sobre nosotros : lo consideramos como una circunstancia que teníamos que tomar en cuenta, y nada más. Sobre todo sabíamos que estábamos solamente haciendo nuestro trabajo : no teníamos nada que esconder. A pesar de ello, claro, eso tampoco permite tener unas relaciones de total confianza y, paradójicamente fue eso que nos empujó hacia los disidentes : al haber dado públicamente el paso de la oposición al poder, podíamos confiar más en ellos y creer en su sinceridad…
Dentro de este ambiente, algo sofocante sicológicamente, intentamos tener relaciones un poco con todas las capas de la sociedad y no es el ámbito de los intelectuales o artistas que conocemos mejor. Al decir la verdad el ambiente de la cultura oficial nos pareció particularmente irrespirable : en algunos funcionarios culturales se nota el aura dulzona y empalagosa de complicidad con el poder. Pero tuvimos también algunos contactos cordiales. Surgieron con motivo de actividades oficiales, de cocteles en las embajadas o por el intermediario de amigos mejor introducidos en esos medios. Mantuvimos también algunas relaciones de amistad con  unos bailarines (Corinne seguía cursos en el Ballet Nacional) y con un par de músicos. Yo me intereso más en las artes plásticas y encontramos así algunos artistas.
Solíamos tener a menudo invitados para cenar en casa, también visitamos a varios en sus casas. No parece prudente precisar más sobre ello ya que esa gente sigue viviendo dentro de los círculos de la cultura oficial.

BCM:- ¿Alguna vez sintieron la censura cubana en sus actividades como corresponsales, o se les llamó la atención? ¿O se les prohibió hablar o ver a alguien, a algún disidente, o escritor?

DR:- Siempre fuimos conscientes de estar bajo vigilancia pero decidimos no prestarle atención. Hay también que precisar que nos aprovechamos de una coyuntura excepcional : cuando llegamos ya había decidido Castro recibir el Papa Juan Pablo II y aflojaron entonces algo. Al decir la verdad, durante toda nuestra estancia no me prohibieron explícitamente hablar con nadie. A lo mejor, podían pasarme el mensaje que consideraban que veía, según ellos, demasiado a menudo tal periodista independiente, tal disidente o que consideraban demasiado estrechas mis relaciones con la Sección de Intereses de Estados Unidos, pero nada más.
Para el poder, la Agencia France-Presse y las otras agencias internacionales  presentes en Cuba tienen mucha importancia. Es por el canal de esas agencias que se transmite hacia el exterior la imagen del país, así que son escrutinadas con mucho cuidado. Tenía conciencia de ello y me había fijado como norma tener contactos con la disidencia sólo por motivos profesionales, pero sin ningún otro tipo de restricción. Pero incluso eso era algo novedoso ya que, cuando llegamos en Cuba, el moto era que no existía tal disidencia, considerada por la casi totalidad de nuestros colegas  como farsantes o candidatos al exilio… tesis, por supuesto, que les  inspiraba la Seguridad del Estado.


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