Alquimia y literatura, apuntes para un estudio metodológico

 

 

                            Por Daniel Fernández

 

 

La alquimia --arte, ciencia, filosofía y religión--, precursora de la química, la metalurgia y la alfarería (cerámica), y elemento sustancial en el desarrollo de la medicina, la farmacopea, la lapidaria, la sicología, la fisica, el teatro, la agricultura, la horticultura y otras ciencias y artes, persigue la transmutación de los metales en plata o en oro, y en su "rama verde'', la espagiria, la elaboración de extractos vegetales con fines terapéuticos. Su objetivo central, la obtención de la "piedra filosofal'' que catalizaba la transmutación metalúrgica, era también un camino hacia la inmortalidad, no sólo por las propiedades milagrosas de dicha sustancia, sino por la "transmutación'' del alma del adepto (iniciado en estas artes), resultado del largo proceso alquímico, y a su vez, requisito indispensable para el éxito en esta operación, conocida como la Gran Obra.

 

La alquimia especulaba sobre la clave de la creación del universo y su funcionamiento, y por su carácter profundamente simbólico y metafórico, desde sus misteriosos orígenes en Egipto, India, China y Grecia, hasta nuestros días, se ha relacionado íntimamente con la literatura, como podemos ver en las exitosas novelas El señor de los anillos, de Tolkien, y la serie de Harry Potter, de Rowling.

 

Aunque es del conocimiento general la relación entre la alquimia y distintos fenómenos literarios como el teatro isabelino, durante el Renacimiento, el romanticismo, en siglo XIX y el movimiento surrealista, en el XX, la conexión, o mejor sería decir: conexiones, de la alquimia y la literatura son mucho más complejas y, lamentablemente, menos conocidas.

 

La "conexión alquímicoliteraria'', para facilitar su estudio, podría disciplinarse en ocho (o nueve, como se verá al final) vertientes fundamentales. La primera, es evidente, comprende los textos alquímicos en sí mismos, algunos de los cuales ostentan una considerable belleza y calidad literaria, los hay incluso escritos en verso, como las Coplas sobre la Piedra Filosofal, de Don Luis de Centellas.

 

La segunda vertiente sería la de obras de ficción con toda propiedad consideradas literarias y de calidad indiscutible, en las que la alquimia, los alquimistas y su filosofía, figuran como tema principal o secundario. En este grupo - asombrosamente nutrido-- figuran incluso conocidas obras maestras como El Rey Lear y La Tempestad, de Shakespeare, Doctor Faustus, de Marlowe, El Alquimista, de Ben Jonson, el Fausto, de Goethe; Aurelia, de Nerval; Alquimia del verbo, de Rimbaud, etc. y obras populares como los trabajos sobre Cagliostro, de Alejandro Dumas (padre e hijo), al igual que otras menos conocidas.

 

Algunas obras se quedan a mitad de camino entre estas dos clasificaciones, pues hasta donde puede establecerse, no está claro si el autor era un alquimista con dotes literarias, como Ramón Llull (Raimundo Lulio) --aunque algunas de sus obras alquímicas pueden ser sólo atribuidas-- o un escritor iniciado o familiarizado con los rituales de la Gran Obra, como Rabelais, Cervantes, o el anónimo autor de El lazarillo de Tormes, inspirada posiblemente en un clásico casi seguro también alquímico, El asno de oro, de Apuleyo.

 

La tercera vertiente albergaría las historias, glosas, trabajos investigativos más o menos científicos o más o menos literarios, donde la alquimia y los alquimistas son el centro de la cuestión. En este renglón se destacan, entre muchos valiosos de compiladores y publicistas, los trabajos del sicólogo Karl Gustav Jung, quien dedicara largos años al estudio de esta disciplina esotérica y escribiera profundos trabajos sobre la misma, entre los que se destacan "Misteryum Coniunctionis", "Aion", "Estudios alquímicos", "Alquimia y sicología", "Sicología de transferencia" y "Símbolos de transformación". La bibliografía de esta vertiente se vuelve casi inabarcable, pues no sólo constantemente se están descubriendo y volviendo a publicar trabajos antiguos o modernos que podrían agruparse en este renglón, sino que todos los días aparecen nuevos artículos y estudios sobre el tema en las numerosas páginas de la net que en distintos idiomas divulgan y profundizan en el asunto.

 

Estos estudios conducen a una creciente escuela hermenéutica que se ha dedicado a descifrar y develar las posibles claves alquímicas de numerosas obras literarias. Al igual que el alquimista del siglo XX que se firmaba Fulcanelli, con su famoso trabajo El misterio de las catedrales (inspirado en el estudio sobre Notre Dame del alquimista y poeta francés del XVII, Esprit Gobineau de Monluisant), donde creyó ver un lenguaje cifrado en las grandes obras de la arquitectura gótica (arte gótico igual a art gotique, argótico, es decir, lenguaje cifrado) o el investigador contemporáneo Emmanuel d'Hooghvorst, autor de El hilo de Penélope, glosa alquímica de La Odisea, numerosos trabajos se lanzan a desentrañar "la conexión alquímica'' en Homero, Shakespeare, Goethe, Schiller, Valle Inclán, Carlyle y otros.

 

De estos estudios se deriva una cuarta vertiente de estas interrelaciones, la que establece nexos no del todo claros, o discutibles, entre la alquimia y la obra literaria. ¿Hasta qué punto el autor hacía alusiones simbólicas conscientemente, o éstas eran solamente resultado de su inspiración, de su inmersión en el subconsciente colectivo? En este grupo entran las obras de Blake, Saint Exupery, Andre Breton, y muchos otros.

 

Capítulo aparte merecen en estas obras de simbología alquímica --supuesta o evidente-- las de contenido religioso. Así, algunos estudiosos han creido ver en el "Cantar de los cantares" claves alquímicas. También ciertas expresiones en el Antiguo Testamento y hasta de Jesús en los Evangelios como "Vosotros sois la sal de la tierra'' (Mateo V, 13) "La piedra que ha sido rechazada se convertirá en piedra angular'' (Mateo XXI, 42) etc. No se debe olvidar que el primer milagro de Cristo es una transmutación --el agua en vino-- y que constantemente proclama que su habilidad milagrosa y su resurrección son patrimonio de toda la Humanidad: "Si tuviereis fe (...) nada os será imposible''. (Mateo.XVII, 20). Sus enseñanzas preconizan una transmutación del alma que conduciría a la posibilidad de hacer milagros y a la inmortalidad, justo el propósito de los alquimistas.

 

En Egipto, la alquimia nace mezclada con los mitos de Isis y Osiris --que se perpetúan a través de la masonería-y del legendario Hermes Trismegisto, mientras que en Grecia, se apoya en el legado filosófico de Pitágoras, Aristóteles, Empédocles, Heráclito, el mencionado Hermes, con el que se entronca por la tradición alejandrina, de médicos como Dioscórides y naturalistas como Plinio el Viejo y otros.

 

En las religiones orientales, como en las distintas ramas del budismo, del taoísmo, y del hinduísmo, se pueden apreciar la simbología y el lenguaje alquímico, sin contar que la medicina, en los países donde predominan estos cultos tiene raíz religiosa y alquímica.

 

En China, la alquimia guarda conexión con el Taoísmo y con el I Ching, oráculo de imágenes poéticas, conocido también como Libro de los cambios o Libro de las permutaciones, es decir, transmutaciones. Uno de los posible orígenes de la palabra alquimia sería kiem-yak (Licor dorado) con el artículo al delante.        En los países árabes, la alquimia se relaciona con las escuelas místicas del sufismo, y también hay imaginería alquímica en su riquísima literatura. A través de los árabes pasó la alquimia de Oriente a Occidente por distintas vías, por las Cruzadas, durante su dominio de la península ibérica, su establecimiento en Sicilia, etc. --amén de sus alquimistas propiamente dichos, como Jabir Ibn Hayyan, occidentalizado como Geber, y de poetas, como el místico murciano Ibn Arabí. En la tradición hebrea, la alquimia se relaciona con la Kábala, y en todas las culturas, ésta se apoya en la astrología al igual que su filosofía permea distintas disciplinas esotéricas.

 

En el hinduísmo, la alquimia está imbricada con el tantrismo y con el culto a Shiva, deidad de la muerte y la resurrección. En sánscrito varios vocablos designan por igual a Shiva y al mercurio, especialmente en el argot alquímico hindú, Sandhya Bhasya o Lenguaje de medialuz, especie de argot, y correspondiente al idioma simbólico o "Lenguaje de los pájaros'' de los sufies. La alquimia medicinal hindú, Rasa shastra, es parte de la ciencia curativa de la India, el Ayurveda, o "Ciencia de la vida''.

 

La medicina budista --profundamente religiosa, pues implica el culto al Buda de la Medicina-- practicada en Tibet y Nepal (y cada día más popular en Estados Unidos), al igual que la medicina ayurvédica de la India, se apoya en tratados alquímicos de medicina, que como la occidental, impone como requisito indispensable para la elaboración de elíxires y pociones, la pureza de alma del practicante. Este tipo de literatura medicorreligiosa, aunque menos críptica que sus correspondientes occidentales, alcanza a veces gran belleza y podría verse como la quinta vertiente de la relación alquímico-literaria.

 

Una sexta vertiente de esta relación sería la que surge de manera espontánea o indirecta (por inspirarse en obras cuyo autor usó esa imagenería a conciencia). Jung afirma que la alquimia, al menos en su aspecto espiritual -- el que la establece como un método de purificación del alma, amén del proceso de transmutación y purificación de sustancias vegetales y metales-- emana del "subconsciente colectivo'', es decir, se trata de un sistema de símbolos, un lenguaje patrimonio de la humanidad --prácticamente todas las civilizaciones antiguas establecieron un legado alquímico con misteriosos puntos de contacto-- , por lo que algún autor podría beber del acervo colectivo y --parodiando el personaje de Moliere-- "escribir de alquimia sin saberlo''.

 

Esta especie de alquimia espontánea podría apreciarse en numerosas leyendas antiguas como las del ciclo del Rey Arturo y las del Santo Grial, en cuentos de hadas de todas las tradiciones y hasta en creaciones modernas y contemporáneas, donde el autor, posiblemente llevado por la ''inspiración'' dio a luz una obra que trascendía las intenciones conscientes del creador. Las óperas de Wagner, quien escribía sus propios libretos, y "El rey se muere", de Ionesco, podrían ser resultado de esta inspiración en la alquimia del subconsciente.

 

Hay casos curiosos como el de Lorca, cuya imaginería surrealista amaga con emblemas alquímicos: "La Luna vino a la fragua, con su polizón de nardos''. Algo similar podría verse en el famoso poema La Jitanjáfora, del cubano Mariano Brull, donde el autor aparentemente juega con palabras sin sentido; pero el subconsciente parece tenderle una trampa. Algunas de éstas, como: "filiflama, girófora, cindre, salífera, liris, olorife'' insinúan llama, instrumento que da vueltas, ceniza (en francés cendre), fuente de sal, iris de colores, alarife (maestro masón, persona astuta). En "El niño y la luna" son las metáforas las que delatan un sustrato alquímico: "un juego que nadie ve'' "lengua de pura mudez''. ¿O es que Brull era un iniciado?  

 

Este fenómeno de "conexión involuntaria'' puede apreciarse en muchos trabajos literarios de diferentes culturas, porque la alquimia está tan metida en la vida, que incluso el lenguaje está cargado de su significado. Expresiones como materia prima, opera prima, quintaesencia, sublimar, derivan de la alquimia. En inglés, a las bebidas alcohólicas se las llama spirits (como en español "bebidas espirituosas''), gibberish (jerigonza, galimatías) se deriva del alquimista árabe español Geber, de donde sale también, giber: burlador, y en español, gibar, sinónimo de burlar, fastidiar. Giba, joroba, equivalente de desviación o fastidio es la metáfora de El jorobado de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, quien era iniciado y toma estos temas en más de una obra como Los trabajadores del mar, La leyenda de los siglos, etc. En francés también hay muchas expresiones derivadas de la alquimia, por ejemplo, se le llama a la gasolina, (el ''espíritu del petróleo''): essence, y al aguardiente (destilado por primera vez en laboratorios alquímicos) "eau de vie", agua de vida. En varios idiomas este alcohol conserva el nombre original que recibiera de los alquimistas: aguardiente, firewater, etc.

 

Casi todas estas vertientes --y las que pasaremos a analizar más abajo-- pueden albergar subdivisiones, siendo la primordial la de la actitud del escribiente, es decir a favor o en contra de la Gran Obra, viéndola como sabiduría o superchería, camino de elevación o burda artimaña para enriquecerse. También, como señalara anteriormente, alguna obra podría participar de más de una de estas clasificaciones, por ejemplo, la traducción castellana de "El cantar de los cantares", por Fray Luis de León, reconocido poeta místico, en esto se unen literatura, glosa y religión.

 

La séptima vertiente de esta múltiple y riquísima tradición que imbrica alquimia y literatura sería la de los "falsos textos'', trabajos elaborados como bifurcaciones en los senderos del jardín para perder y occidentar a los ambiciosos e inescrupulosos que buscaban en la alquimia una manera de hacerse ricos o de acceder a los poderosos. Muchos de estos libros --más o menos valiosos desde el punto de vista literario-- son a veces jerigonzas, intencionalmente oscuras, donde se oculta y tergiversa la verdad de la Obra. Estos libros dieron lugar a la proliferación de lo que se ha dado en llamar ''sopladores''; porque se pasaban todo el tiempo al borde del fuelle acicateando el atanor con la esperanza de que la flama terrestre les alumbrara el camino hacia la luz celestial. Aunque en esta vertiente hay trabajos evidentemente espurios y disparatados (con intención o sin ella), como el del llamado "Pantaleón''. Existen también aquéllos que, aunque auténticos y supuestamente efectivos en la realización de la Obra, conservan pasajes de ?despiste'' y burla para los no adeptos que se lanzaran a experimentar sin las debidas claves para interpretar textos e imágenes, donde sirve de ejemplo nuevamente Geber, a quien se le atribuyen tantas obras que es imposible que hayan sido escritas por una sola persona.

 

Finalmente, la octava vertiente es aquélla puramente medicinal, la que describe recetas y su proceso de elaboración, que vale la pena repetirlo, a veces no están del todo exentas de estética literaria, como las de Paracelso, padre de la medicina moderna.

 

Dejamos fuera obras que de una u otra forma tocan el tema sólo parcialmente, es decir donde la alquimia es analizada en relación con otras disciplinas o donde el tema es sólo parte y no centro de la obra en cuestión, como en tantos trabajos de historia o relacionados con la astrología, las ciencias convencionales o las ocultas, personajes relacionados con lo oculto, etc. Sin embargo, un estudio completo de la alquimia y su imbricación literaria debería analizar también estas obras, las cuales podrían integrar una opcional novena vertiente en el esquema de estudio que propongo.

 

El actual resurgimiento de la alquimia en distintos países y de su rama verde, la espagiria, algunos de cuyos textos -míticos, clásicos, modernos y glosados-- pueden encontrarse prácticamente en todas las librerías, todos los idiomas y en numerosas páginas de la net (donde también pueden comprarse elíxires supuestamente alquímicos), impone un estudio académico y sistemático de la alquimia como agente engendrador en diversas ramas del arte (incluyendo el cine y hasta el comic), y en especial, en la literatura. Por otra parte, su posible origen común (o coincidente) en distintas civilizaciones, podría convertirla en un punto de partida hacia un mejor entendimiento espiritual y científico de nuestra diversa humanidad y esclarecer el camino hacia la respuesta de las tres preguntas clave: qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos. La alquimia parece figurar en la raíz de todas las religiones.

 

Aunque existen interesantísimos trabajos de las múltiples conexiones entre literatura y alquimia, el terreno es de una vastedad abrumadora, sobre todo, porque es una rama de la investigación literaria que hace sólo décadas ha comenzado a explorarse. Este trabajo pretende llamar la atención sobre esta ausencia y estimular su estudio, proponiendo un esquema funcional --aunque no único-- para su posible sistematización académica.

 

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Daniel Fernández publicó recientemente la novela Alquimia Magna.

Perteneciente a la llamada "Generación de El Mariel'', escribió una novela en Cuba, La vida secreta de Truca Pérez, por la que fue sancionado a cuatro años de privación de libertad.

 

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