1) Selgas, Infanta Difunta V

2) Selgas, Infanta y Neptuno
Más allá de ser sólo un recurso ingenioso, el haz de significados macabros no se restringe al de la niñez asediada por la muerte, sino se amplía con el tema de la balsa, tópico ya en el arte cubano contemporáneo.  Las sugerencias ominosas de la alegoría en donde tradición e inocencia anuncian pérdida y muerte, confluyen en la aglomeración de estilos recuperados en la representación.  El discurso es asimismo perfectamente ubicable como retablo de los desastres nacionales.  La representación referencial de Infanta y Malecón apuntala las distintas posibles lecturas de una intencionada alegoría.

En Infanta y San Rafael (acrílico en lienzo, 2000-2003), la infanta rubia mira de reojo, al parecer con cierta suspicacia.  Su cara cachetona balancea en primer plano la alargada del ángel que de una mano sujeta una flor y de la otra un hilo del que pende un pececito. Hieráticas de rigidez bidimensional,  rodeadas por un dorado veneciano, ambas figuras constituyen el juego de palabras.  Como antaño, la imagen simbólica representa además una historia reconocible, aunque el espectador contemporáneo haya perdido la clave de los significados alegóricos del arcángel Rafael, personaje que heredó las características provenientes de una antigua tradición hebrea, según la cual dispone del don para curar al ciego y, al derrotar  a un poderoso demonio, lograr el regreso de los judíos expulsados para que puedan reconstruir Jerusalén.  La devoción es artística, pero al apropiarse Selgas de las imágenes, las coloca entre comillas para reconstruir un significado cultural de densidad alegórica.

Su arte regresa a la representatividad sosteniéndose en una fe en el significado referencial.  Al  adoptar la representación, muestra en sordina un desdén por el toque de queda que impuso el modernismo a la figuración referencial y a la narración pictórica.   Si bien con un atisbo de sorna, en la representación -sobre todo en la  devota- que articula Selgas, subyace aún así el rechazo rebelde a las prácticas en la plástica que desde el modernismo descartaron la secular función del arte religioso y luego laico de representar y articular un discurso referencial.  El arte en el siglo veinte dejó de representar cuerpos y contar historias al privilegiar la supremacía independiente de la mancha de color.  En la cita artística de Selgas hay una devoción, aunque sea descreída, por la figura y un acecho a la referencia significante.
 
En este sentido, hay una piedad que refuta la desintegración de la figura humana.  Paul Virilio ha argumentado que la práctica de destruir y descartar el cuerpo desarrollada por las vanguardias desde los principios del siglo veinte adopta la violencia desatada en ese mismo siglo en que se propagaron los campos de exterminio.  La inmisericordia de la destrucción de la vida en el siglo pasado tiene, para este teórico cultural francés, su correlato visual –y, más terrible, su aceptación- en la destrucción de la representación referencial.  Desde el impresionismo y el expresionismo alemán, las artes visuales, abocadas hacia la manipulación que ha llegado hasta la destrucción del cuerpo, según Virilio, carecen de piedad.

Si en su trabajo más reciente Selgas rescata la devoción,  parte de la violencia de la vida cubana, en efecto, recayó en su accidentada  trayectoria profesional.  Original de Cienfuegos, Selgas empezó estudios en la Escuela Nacional de Arte- Cubanacán, de donde fue expulsado a los dieciocho años en una de las periódicas purgas  –“habituales…como de andar por casa de la dictadura…” según las ha descrito el escritor español Carlos Semprún Maura- que se han ido sucediendo en Cuba. 

De esa experiencia, Selgas se llevó aun así su admiración por Antonia Eiriz, profesora y artista cubana, a quien Selgas elogia además por la valentía que mostró en una de las tempranas épocas de represión.  Según cuenta, después de la persecución del poeta  Heberto Padilla, Eiriz se atrevió a protestar ante sus estudiante atemorizados  “¡quién ha visto que los artistas hayamos venido a la tierra a educar, si nuestra misión es confundir!”

Gracias a la intervención de Eiriz, Selgas resume estudios bajo la tutoría privada de Servando Cabrera Moreno.  A pesar de habérsele impuesto el ostracismo oficial, pasados varios años, Samuel Feijóo llega a publicar sus dibujos en la revista Signos en 1977.  Logra también efectuar cursos nocturnos en la Escuela Nacional de Diseño y obtiene el primer premio de tejido vegetal del Museo de Artes Decorativas en 1977.  En esos años surge su amistad con el grupo de escritores y  artistas que luego formaron parte de la generación del Mariel con quienes colaboró ya exiliado en la publicación de la revista del mismo nombre.

En el sálvese quién pueda que ha sido la historia personal de tantos artistas cubanos, se ganó la vida al principio del exilio con los consabidos empleos de supervivencia en la ciudad de Nueva York, barrendero y mesero, limitándose a ser, según dice, “pintor de domingo”  y, aunque se ríe negando ser “otro cubanito que lo salvó la Virgen de la Caridad”, es precisamente la serie de ensamblajes de vírgenes-botes que empieza a construir obsesivo con los que consigue regresar a su oficio de artista en Estados Unidos.  Aunque antes había ya participado en muestras colectivas del Mariel, el elogio del crítico Giulio V. Blanc a la iconografía religiosa  popular que elaboraba lo animó para continuar la serie de Virgen-Boats que empezó en 1987.  Del trabajo de esa época, proviene Virgen-Boat # 17 que pertenece a la colección permanente del museo de arte Housatonic en Connecticut. 

En febrero del 2002, Selgas presentó en la galería de Gaínza en la calle Ocho de Miami la exposición titulada La Habana para una infanta difunta, una serie en homenaje a La Habana para un infante difunto, la novela de Guillermo Cabrera Infante, y Pavane pour une infante défunte, nombre de la pavana de Ravel en que se basó el título.  La Habana para una infanta difunta V, una instalación/escultura, alegoriza la destrucción física de la ciudad mediante una figura decapitada y fragmentada que con tornillos y tiras de cuero muestra restos de su antigua belleza y sujeta aún con su única mano de madera la bandera nacional.  Diego on My Mind (2001), que forma parte de la colección real de la reina Sofía de España, pertenece a esa serie. 

Selgas tampoco se ha desligado de su pasada experiencia en las artes gráficas. Juegos prohibidos de Ochún, el retrato de Zoé Valdés, aparece como la portada del libro publicado en francés y flamenco Les Mystères de la Havane, texto de esta escritora cubana sobre los personajes de las leyendas urbanas habaneras.  Otro de sus cuadros, Paisaje prisión, será la portada de la antología poética Orden de Registro de Raúl Rivero que publica la editorial Hispano Cubana este año.
 
Trespassing en Ars Atelier (508 42nd Street, Union City, NJ.),  desde el 6 de junio, ha sido extendida hasta el 31 de agosto, 2003.