Historias crueles, santos serenos:
El arte iconográfico de Jesús Selgas


   
         Por Diana Álvarez Amell



Infantas velazqueñas, dioses mitológicos, ángeles y vírgenes prerrenacentistas pueblan la contribución de Jesús Selgas a  la exposición que reunió el trabajo de tres artistas de origen cubano: Selgas, que sale por el Mariel, Jesús Rivera, actual residente de Nueva Jersey que se asila en México en los años noventa y Agustín Gaínza, quien es además galerista en Miami.

Titulada con el juego de palabras bilingüe Trespassing, la muestra organizada por Gustavo Valdés, inaugura el nuevo local de la galería Ars Atelier, cabeza de playa cultural en Union City, Nueva Jersey, antiguo enclave de exiliados cubanos en donde se escucha ahora el español con los más variados acentos.

Las piezas en acrílico sobre papel de Selgas se incorporan a un argumento plástico que lleva elaborando desde hace varios años en la serie en donde los nombres de las calles de La Habana son el punto de partida para motivos visuales que ilustran el valor semántico literal de las palabras. El cruce de las distintas calles con la calle Infanta sostiene el juego de imágenes.  Empecinado en un arte figurativo que discurre cargado de simbolismo cultural, Selgas opta por los más variados recursos plásticos a los que suma la iconografía religiosa y culta.

Para articular ese argumento, Selgas impone un uso reglamentado de formas bidimensionales que constituyen una improbable coalición de soluciones en las que se apropia intempestivo de imágenes sacadas de la tradición artística.  Selgas echa mano a las imágenes del acerbo artístico en una implosión divertida de recursos extraídos de la historia del arte: los suntuosos drapeados de las infantas y los ángeles terminan en piececitos planos sacados del arte primitivo. Mientras en un lienzo rodea a un arcángel con el dorado de la pintura bizantina y veneciana, en otro cuadro, ondulan en cintas flotantes lemas al estilo de los cuadros religiosos de la época colonial. 

La regularidad con que desarrolla las variantes posibles de una reiterada estructura basada en la forma del reloj de arena, desmiente el posible caos que sugiere ese pastiche, esmerándose al contrario en la composición interna que impone orden al bric-á-brac visual.  Satisfecho con su hallazgo, el artista reincide en la geometría de la línea y el semicírculo de la que se sirve una y otra vez, en tanto la severidad formal a la que se ciñe contrasta con el preciosismo de los colores.

En dos series La Habana para una infanta difunta (2002) y la actual basada en los nombres de calles de la capital cubana tales como Infanta y San Rafael, Infanta y Carlos III, Infanta y Sitios, Infanta y Santa María, Infanta y Neptuno, Infanta y Desagüe, Selgas elabora narrativas visuales que develan alegorías para que mediante el juego entre concepto y forma se extrapole una interpretación sobre la función, permutación y permanencia de los significados de las formas culturales legadas.  No sería incluso desacertado imbricar esta preocupación a su afición por la forma del reloj de arena, puesto que así se establece una alianza entre las transformaciones posibles en el tiempo de las formas existentes en la cultura.  Esta asociación queda explícita en Infanta y Desagüe en donde la cabeza al revés de la infanta gotea, se desagua, hacia el otro fondo del reloj de arena.

Su cultivo del anacronismo que saquea la historia del arte podría bien situarse dentro del postmodernismo que también emplea tal estrategia, entre otras razones, por descreer de la historia.  Este arte figurativo delata la conciencia del precedente que, como señala el historiador Thomas Crow acerca del arte contemporáneo, es  “una importante ambición artística” que ha convertido a los artistas en “consumidores ávidos de la historia de arte” (212).   Sin embargo, el arte referencial y narrativo que anima las imágenes de Selgas no se enfrenta a la tradición cultural ni para reverenciarla ni tampoco para parodiarla o destruirla, sino para refundirla como recurso, lúdico es cierto, pero significativo dentro del discurso pictórico.

Su cultivo del anacronismo que saquea la historia del arte podría bien situarse dentro del postmodernismo que también emplea tal estrategia, entre otras razones, por descreer de la historia.  Este arte figurativo delata la conciencia del precedente que, como señala el historiador Thomas Crow acerca del arte contemporáneo, es  “una importante ambición artística” que ha convertido a los artistas en “consumidores ávidos de la historia de arte” (212).   Sin embargo, el arte referencial y narrativo que anima las imágenes de Selgas no se enfrenta a la tradición cultural ni para reverenciarla ni tampoco para parodiarla o destruirla, sino para refundirla como recurso, lúdico es cierto, pero significativo dentro del discurso pictórico.

Como sucede  en el logrado Infanta y Malecón, el arcaísmo de las imágenes cumple una función ordenadora de sentido.  La figura de la infanta rema en un barquito hacia el norte. Su cara plana mira hacia atrás en donde se sitúa en tierra firme el espectador.  La sombra de la barca en el mar es la silueta al revés sumergida de la infanta y su vestido, en donde se delinea también la forma de un ataúd.  La serenidad lúdica del pastiche en donde  la infanta/balsera aparece con la festividad de un día de excursión en el mar remeda la figuración de un cuadro falsamente primitivo. 
(Continúa...)