Oswaldo Payá: Mi punto de vista
Dinorah Rivas


En los documentos que he leído sobre la posición del Sr. Oswaldo
Payá, no encuentro nada que vaya en contra de los principios que
deseamos para Cuba. Tal vez, no sea el líder perfecto como dicen
algunos comentarios del momento, eso no lo sé; no soy experta en
estrategias políticas. Pero, ¿quién es el perfecto entonces?

Como muchos cubanos, soy firmante del proyecto Varela y de la lista
de apoyo a la Candidatura de Payá al Premio Nóbel de la Paz
2003". He puesto mi voto de confianza en sus manos y por ende,
espero que este honorable hermano, sea uno de los que Dios ha
elegido para el bien de nuestro país.
Reconozco que no estoy debidamente documentada en la esfera de
la política para discutir en dicho campo con la misma elocuencia
que lo hacen los expertos analistas: la política, nunca ha sido el
tema que más me ha interesado, no obstante, es parte de nuestro
cotidiano vivir y con frecuencia, surgen temas que captan nuestra
atención, entre ellos, los que requieren eminente observancia por
tratarse del hombre y su destino, de la vida y el futuro de un país,
como por ejemplo, hoy leo con preocupación como grupos de
conocedores y de buenos cubanos, están unos en pos y otros en
contra de Payá y el Proyecto Varela, cosa que me confunde
grandemente, porque en mucho tiempo, no había surgido algo tan
positivo internacionalmente para Cuba. A estas alturas, después de
tantos sinsabores, los cubanos debiéramos de estar más de
acuerdo para apoyar a los que hacen un honesto y riesgoso
esfuerzo, en el intento de rescatar nuestra soberanía de las garras
del gobierno que tanto daño nos ha hecho.

Antes de firmar la petición de apoyo, pensaba que por primera vez
un gran por ciento de los cubanos estaba de acuerdo con este
líder, que un nuevo sol al fin brillaba para nosotros, y aunque sus
fulgores aun se veían en lontananza, ese rayito de sol que
aguardaba era algo así como una especie de Mecías en nuestro
horizonte, una nueva esperanza. Y ahora toda esta conmoción...
verdaderamente, ya no sé ni que pensar, aunque entiendo que en
la historia del mundo, todos los esfuerzos positivos y nobles han
encontrado escollos en el camino.

Recuerdo que en Cuba crecí con el miedo de ser atacada por el
gobierno, porque mi familia abiertamente no simpatizaba con el
sistema y eso afectaba mis relaciones escolares y otros ámbitos de
mi vida infantil. Estando aun muy joven, de quince años de edad y
por motivos de nuestra decisión de salir del país, el gobierno me
expulsa de la escuela y me interna en uno de sus campos de
concentraciones, junto a otras jovencitas, situado en Ceiba Mocha,
provincia de Matanzas: etapa de los años sesenta que jamás oigo
mencionar y que fue una experiencia traumática y penosa. Un año
más tarde, en mil novecientos sesenta y nueve, nos llega felizmente
la salida de Cuba. No les contare las tribulaciones de aquellas
forzadas "vacaciones" matanceras, porque no es el tema que
estamos tratando. Pero sí les puedo decir que fueron días muy
tristes para mí y para muchos otros cubanos.

Ya en Estados Unidos, desarrollé en mi juventud la aprensión de
confundirme a la hora de opinar lo que pensaba sería lo mejor para
Cuba, a pesar de tener siempre las mejores intenciones. Esta
conducta paranoica que veo en muchos de nosotros, los cubanos,
es consecuencia de eventos que han marcado para siempre los
recuerdos y la sensibilidad de algunos exiliados, que han
presenciado o sufrido la experiencia del fanatismo y la
incomprensión, por parte de personas que han vivido convencidos
que han tenido la estrategia correcta para derrocar a Castro. Total,
ya se han muerto muchos de los ofensores y de los ofendidos de las
primeras querellas infructuosas, que se suscitaron en un momento
de pasión patriótica entre hermanos, y Fidel sigue en Cuba.

Hasta el día de hoy, he vivido con el recelo de dar un paso en falso
a la hora de elegir quien hará lo justo y noble para mi pueblo. Siento
el temor que toda esta larga pesadilla muera conmigo, de seguir
viviendo en un ambiente lleno de fanatismo, tristeza y desuniones sin
final, de estar consciente de los horrores que vive el cubano en la
Isla y sentir cada día la amarga sensación de la impotencia, de
nunca ponernos de acuerdo en nada, de ilusionarme cuando veo
que al fin alguien da un paso al frente, desafiando lo indesafiable,
para lograr que nuestro pueblo comience a ser feliz después de
cuarenta y cuatro enajenados años, y que ese libertario rayito de
sol que se ve más cerca que nunca, se desvanezca obscurecido por
la farsa, y que cada líder que surja nunca nos parezca el indicado y
mil veces más, con profundo pesar, vea fenecer nuevamente la
esperanza.


Cont...>>>
El Cristo de espaldas, Tomás Fundora