Al garete
Por Esteban Casañas
Lostal
Haber nacido en
un lugar donde se está en contacto con el mar aunque sólo sea visualmente, pudo
ser la razón por la cual quedé atrapado por su salado y maravilloso embrujo.
Desde la primera vez que me mojaron los pies con agua salada, supe que nunca
escaparía de su influencia, el mar fue transformando mi vida con la paciencia
que tiene una madre, me forjó a su antojo hasta que llegué a formar parte de él.
Una etapa de mi infancia la pasé en La Beneficencia, escuela de la que guardo
encantadores recuerdos; se encontraba frente al mar y cuando tenía oportunidad,
mi vista escapaba hacia esa alfombra azul casi al alcance de mis manos. Pasaban
los barcos que demandaban el puerto de La Habana y los que salían, otros
viajaban muy lejos y sólo era posible ver los palos, en mi mente infantil los
encontraba raros, no me gustaban porque carecían de casco. Luego y en la medida
que pasaron los inviernos que se sumaron al desarrollo de mi cuerpo, fui un
afortunado porque el mar no me faltó. Creo que es algo de lo que no pueden
privar a ningún cubano. Las horas que gasté a su lado cuando aún no soñaba ser
una molécula de agua salada, han sido las que guardo con más cariño en mi
memoria, deberán ser parte de aquellas últimas en borrarse. No fueron pocas las
noches que pasé sentado junto a sus costas tratando de pescar algo, allí, sin
sentir las picadas de los mosquitos, sin protestar por la incomodidad del
arrecife bajo mis nalgas, sin percibir el cambio de temperatura aumentada por
la humedad, disfruté de ese susurro que siempre nos regala cuando está
tranquilo. Lejos de las luces de la ciudad y gozando de su compañía, el mar se
abraza con el cielo para ofrecernos un espectáculo maravilloso. Esa calma
chicha solo quebrada por una traviesa ola o tal vez por la caricia de alguna
inoportuna brisa, es el mejor escenario para soñar. Penetrar en él, es
apartarse por instantes que parecen eternos en un mundo inexistente fuera de sus
fronteras, es viajar por ese universo de la paz con uno mismo, alejada de toda
injerencia extraña que perturbe esa intimidad que el mar ofrece a quien lo ama.
Cuando se
encuentra enojado y en frontal pelea con el viento, su rostro se transforma de
tierno a implacable, es destructor y no distingue entre buenos y malos,
arrastra con todo y nada lo satisface. Un día me divorcié de la tierra y si me
diferenciaba de los peces, lo era solamente por carecer de escamas. No navegué
en su seno, creo más bien que nadé por muchos mares y océanos como lo hubiera
hecho cualquier pez. Millas sobre millas se sumaron a mi almanaque, cientos,
miles, quién sabe. Hasta que me convertí en adulto y comprendí que yo no había
nacido para derrochar la vida en otro terreno que no fuera sus profundidades.
El mar fue para mí el padre que siempre estuvo ausente, me tomó de las manos,
abrió mis ojos y sentimientos para mostrarme los rostros desconocidos que tiene
la tierra. Aquella paciente enseñanza llegó a convertirse en una droga de la
que muchos no escapan. Cuando te apartas de la última costa aprendes a valorar
un amor, sabes de veras la necesidad que se tiene de una hembra, conoces mejor
que nunca lo que vale una familia.
El mar es una aventura de la cual en ocasiones
no se regresa, para muchos ha sido la sepultura y de esa amarga experiencia mi
pueblo es un privilegiado protagonista. Varias veces estuve a punto de perder
la vida en él y no fueron pocas en las que sentí miedo, le temí en las noches
oscuras mientras jugaba a su antojo con nuestras naves, como si fueran hojas de
papel o plumas arrastradas por el viento. Aún así lo amo y sé que será el
destino de mis restos porque yo le pertenezco, el mar me recibirá con los brazos abiertos, apacible o enojado por mi abandono,
pero regresaré a recuperar el puesto que una vez me obligaron a abandonar.
Desde que
relevaron al Capitán del buque, tuve la impresión de que ese viaje las cosas
andarían mal. Portela, quien asumiría el mando a partir de ese momento era un
tipo arrogante, su figura no lo ayudaba mucho, aunque he conocido a personas de
fealdad repulsiva demasiado bellas. Su cara tenía más cráteres que la luna
debido a una antigua acné juvenil que lo marcó para toda la vida. El complejo
vivido durante la juventud tuvo sus efectos en el hombre maduro, nunca me
gustaron los seres que al hablar no te miran la cara o esquivan la mirada, casi
siempre resultaron hipócritas o traidores, ¿por qué iba a dudar ahora que él no
lo fuera? Por esa razón nuestras relaciones fueron hostiles desde su presencia
a bordo. Yo no soportaba al individuo que te pasaba por el lado y después
enviaba a un mensajero con alguna orden o recadito. Siempre fui de la opinión
que para mandar hombres se requería ante todo tener los pantalones bien puesto,
a falta de cojones para ello lo correcto era abandonar el oficio o profesión y
dedicarse a otra cosa; nunca soporté a los pendejos en los barcos, porque a
mediado de viajes eran los causantes de casi todos los problemas a bordo, y esa
gente que habla mirando para el lado casi todos son pendejos.
Atracamos en el
muelle que está al lado de la termoeléctrica de Regla, allí cargamos cabillas y
alambrón con destino a Egipto y Argelia. En muchas oportunidades el muelle
estuvo sin aduanero y la gente sacó lo que les dio la gana para vender en
tierra o satisfacer sus necesidades. Portela no fue una excepción de la regla,
encontrándome de Oficial de Guardia llegó un día con su auto, un pequeño Fiat
parecido a un huevito de color anaranjado (pintura que muy bien pudo ser robada
de los barcos) porque era del mismo color que la empleada en los botes
salvavidas. Llegó con su mujer y si debo destacar algo en él, lo era que tenía
una buena hembra. Luego me rompía la cabeza pensando cómo era posible que
aquella hermosura, pegara sus labios en aquella cara llena de baches. Pero así
es la vida, hay feos que son afortunados o en el caso específico de los
marineros, la pacotilla jala mucho.
Ustedes
pensarán que soy un individuo falto de ética profesional, porque hablo de todos
estos tipos despreciables con los que compartí parte de mi vida como navegante.
No es así, hubiera querido llenar miles de libros con páginas colmadas de
elogios hacia mis compañeros, pero infortunadamente esta gente desbarató muchos
sueños en la marina y Portela fue uno de ellos. Por ironía del destino, él, que
si era militante del Partido Comunista abandonó la isla antes que yo. No por
estar ahora en el exilio se convierte en bueno, para mí fue, es y será un hijo
de la gran puta donde quiera que se encuentre.
El y su hembra
subieron al buque mientras yo me encontraba de guardia, al pasar por mi lado
dio dos o tres órdenes estúpidas para lucirse delante de la hembra y siguió su
rumbo con un enorme portafolio en la mano. Al portafolio nosotros le llamábamos
"portafachos" (en la jerga popular facho es sinónimo de robo). “Este
pensará que yo soy comemierda”. Dije para mis adentros (expresión cubana) y
agregué a esos malignos pensamientos: “Si el debut de este cabrón en su primer
viaje de Capitán es éste, no quiero ver el final”. Luego continué pensando en
lo que haría y me mantuve en el portalón hasta que bajó, no estaba obligado a
permanecer allí pero lo hice para que supiera que yo le quería "llevar un
pedacito" (saberle algo).
La hembrona
bajó con el portafachos bien cargado, eso lo noté por la tensión de los
músculos de su brazo, él bajó con dos cajas de cervezas, volvió a subir, bajó
de nuevo con dos lacones, volvió a subir, bajó de nuevo con una caja de ron,
arrancó el carro y se marchó como Pedro por su casa, así como les cuento, en
vivo y a todo color.
En la misma
proa del barco moría una calle que tiene por nombre "La Piedra". A
media cuadra del muelle vivía un primo mío y como no había operaciones de carga
por ser Sábado o Domingo, bajé y me llegué hasta ellos.
Los invité a que fueran a comer al buque, les mostré el barco y antes de salir
les dije que no se acostaran temprano, porque iba a dejar una mercancía en su
casa esa noche. Serían las doce o la una de la madrugada cuando di el primero
de varios viajes, bajé con lacones en mi primer viaje, subí de nuevo al barco,
bajé con piernas de puerco, subí de nuevo, bajé con pollos, algunas especies y
cerveza, no arranqué ningún carro porque no tenía, subí de nuevo. Todo
debidamente transportado en maletines y ayudado por otro tripulante que tendría
parte de lo decomisado, así vivíamos allá. La mayor parte de las veces y a la
salida del buque, un 10 ó 20% de los alimentos pertenecientes a la tripulación
habían sido robados de diferentes maneras, la más común y empleada por los
Capitanes y Sobrecargos era que esa mercancía fuera descargada en sus casas
previo acuerdo con los chóferes de la Empresa CUBALSE o de la nuestra. Razón
por la que casi siempre se pasaba hambre si el viaje se prolongaba, ya a
finales se pasaba hambre la mayoría de las veces sin necesidad de esa
prolongación del viaje, sencillamente, los barcos salían mal abastecidos y sus
alimentos disminuidos por estos robos.
Yo me
encontraba de Segundo Oficial en esa época y mis guardias en el puente eran de
doce a cuatro de la tarde y la noche. Mi trabajo consistía en preparar todas
las derrotas del buque y ya tenía amplia experiencia en esta faena. Esa primera
noche me tocó la recalada al faro Cayo Sombrero al sur de la Florida, luego de
reconocerlo caí al rumbo planificado. El hombre se despertó cuando navegábamos
con buena posición en el estrecho de La Florida, y tuvimos el primer
encontronazo porque yo no lo había despertado para la recalada. En el libro de
órdenes al Oficial de Guardia no aparecía ninguna anotación al respecto, por
eso y al convencerse de ello se largó.
Un día después
de abandonar la isla de Providencia y en pleno océano Atlántico, determiné la
posición del buque por medio de la altura meridiana del sol (el buque carecía
de sistema de navegación por satélite). Me sorprendió una discrepancia de
aproximadamente 30 millas entre la posición estimada y la real, hice varias
comprobaciones a mis cálculos para salir de dudas y llegué a la conclusión de
que estábamos allí. Saqué un Pilot Chart para verificar la dirección y
velocidad de la corriente, no encontré explicación a esa deriva anormal del
buque, comprobé el estado del compás magnético y se encontraba funcionando
perfectamente, además, se había tomado un azimut al sol en el momento de su salida,
comprobándose que el desvío se encontraba en sus parámetros, el timón
funcionaba bien y el giro compás también, no existía ese viento capaz de
producir un abatimiento tan alarmante. Después de analizar cuidadosamente todos
esos detalles, llegué a la conclusión de que pudo haber sucedido por razones
misteriosas que sólo se encuentran en el mar, muy bien pudiera haber sido una
corriente temporal y desconocida.
Portela subió y
al ver ploteada mi posición con esa discrepancia llamó al Primer Oficial
llamado Artigas (otro pendejito de los que abundaban en la fauna de nuestra
empresa) “¡Mira esto Artigas, la posición del Segundo da 30 millas al sur de la
planificada!”. Dijo con un tonito que no me gustó mucho, bueno, en realidad no
me gustaba nada de lo que el dijera, sencillamente era un tipo repugnante. Yo
me encontraba en el puente mientras ellos intercambiaban opiniones en el cuarto
de derrota. “Segundo, puedes llegarte un momento”. Expresó Artigas sin
separarse de la mesa de ploteo. “Cuando tu bajaste el sol ¿lo tangenteaste bien
en el horizonte, vaya, me refiero si lo hiciste en su vertical correctamente?. Lo miré y no lo mandé al carajo de milagro, tomé mi libro
de cálculos y se lo tiré en la mesa de ploteo. “Eso se lo preguntas a mi hijo
cuando regresemos, ahí están mis cálculos y yo digo que esa es nuestra
posición”. Salí fuera del puente y encendí un Popular mientras los veía
revisando mis cálculos, luego, ambos salieron armados de sextantes, tomaron
unas rectas al sol y pasaron unos minutos resolviéndolas. “¡Segundo! Esta es la
posición, trace el rumbo a partir de ella”. Ordenó Portela. “Esa es su posición
y el rumbo lo trazaré a partir de ella, pero no borraré la mía porque yo digo
que estamos allá abajo”. Todo ese intercambio sucedía ante la presencia de dos
Agregados de Cubierta y el timonel, aquéllos eran recién graduados de la
academia como oficiales e iban realizando sus prácticas en ese viaje. Al
terminar la guardia ellos corrieron la voz y se realizaron apuestas entre
varios tripulantes, la verdad tendría que saberse a la hora del crepúsculo
vespertino con la observación de las estrellas. Yo regresé muy confiado a mi
camarote y no tuve intención de subir a esa hora para verificar si me había
equivocado.
Artigas realizó
su observación y la posición dio mucho más al sur que la mía, Portela
nuevamente tomó un sextante y realizó varias observaciones a la Polar para
comprobar la latitud del barco. No les quedó mas remedio que aceptar como verdadera
mi posición y aquello se regó como pólvora entre los tripulantes que comenzaron
a burlarse por aquel papelazo.
Las
barrabasadas no acabaron allí, creo que recién comenzaban y aquel tipo dio
inicio a una especie de sentimiento de venganza por mi reto. Nosotros nos
dirigíamos al Estrecho de Gibraltar y ese individuo, además de desestimar tres
proposiciones de derrotas hasta ese punto, eligió el Cabo de San Vicente en
Portugal para recalar, algo sumamente absurdo y cualquier navegante lo sabe,
incurriendo en pérdida de tiempo y gastos de combustibles innecesarios. Lo que
más me jodía de todo esto era que, Artigas militaba en el Partido y allí podía
hablar de esa anormalidad en el caso de que técnicamente no comprendiera.
Nuestra
permanencia fondeados en el puerto de Argel se extendió más allá del mes,
pueden tener entonces una idea de la hambruna a que fuimos sometidos, hubo que
racionar el agua hasta que la situación se convirtió en crítica y solo quedaba
en existencia la necesaria para garantizar el funcionamiento de la caldera. A
punto de paralizarse el buque por falta de agua y alimentos, el gobierno cubano
autorizó recalar forzosamente en Palma de Mallorca para abastecernos, creo
haber pasado una de las borracheras más grandes de mi vida en esa maravillosa
ciudad de las islas Baleares, después regresamos nuevamente a nuestro calvario
en Argel. Bueno, increíblemente pasamos entre el tiempo fondeado y atracados
aproximadamente dos meses. Ese largo y anormal tiempo no era tan alarmante, si
no les dijera que era para descargar solamente dos mil toneladas de cabillas.
Cargamento que en cualquier lugar del mundo se descarga en un día, esos eran
nuestros amigos, digo, los amigos del régimen a los cuales se les brindaban
preferencias en los pagos o impagos de penalidades por sobre estadía, etc. Durante aquel largo tiempo gastado en
Argel, los cronómetros usados para las observaciones astronómicas llegaron a
tener un estado absoluto (atraso o adelanto) superior al minuto, por tal motivo
decidí pararlos para arrancarlos corrigiendo el tiempo. Esa era una operación
rutinaria en mi cargo, realizada durante todos los años que me mantuvieron
sembrado en el puesto de Segundo Oficial.
Después de
cumplida nuestra condena en Argelia partimos rumbo a Alexandría, gran parte de
la navegación es costera y para la determinación de la posición del buque en
ese caso se utilizaba el radar. Pasada la isla de Malta se hizo necesario
realizar observaciones al sol. Cuando subí al puente a las doce del día, me
encontré al Tercer Oficial junto al Capitán esperándome al parecer con bastante
ansiedad.
-¡Oye!
Arrancaste mal los cronómetros - fue el saludo de Portela.
-¿Está seguro
de lo que dice?
- No me cabe la
menor duda, hemos tomado varias rectas al sol y ninguna da aproximadamente a
nuestra posición estimada.
-Capitán, llevo
varios años comiendo de esos relojes. ¿Revisaron sus cálculos?
- Le pregunté.
-Lo hemos hecho
en varias oportunidades, por eso te digo que los relojes fueron mal arrancados
- fue su respuesta.
-Muy bien,
Frank, dame tu libreta de cálculos.
- El Tercer
Oficial entró a la derrota y me la entregó. Delante de ellos le realicé una
simple inspección a los cálculos y se la entregué de nuevo.
-¿Cuántas
rectas al sol han tomado?- Le pregunté.
-¡Uffff! Ya he
perdido la cuenta.
- Respondió
Frank.
-¡Perfecto!
Pueden tomar cien más si lo desean, miles si quieren, pero los relojes están
bien arrancados. Ninguna recta les dará porque pasamos el meridiano 0 grado,
nos encontramos en el hemisferio oriental y cambia el signo de las
correcciones, las longitudes se suman en este caso y ustedes las están
restando.
El Capitán giró
sobre sus pasos y abandonó el puente sin decir nada, cuando estuvimos solos
Frank y yo le expresé lo siguiente: “Mira muchachito, yo soy un Oficial con
varios años en el cargo, estoy consagrado y me sobra experiencia para darte un
poquito. No hace falta que estés haciéndome sombra por ocupar mi puesto, porque
yo voy a dejar este barco en cuanto llegue a La Habana, ¡Ahh! Nunca olvides que
yo fui profesor de tu promoción en la academia”. Bajó la cabeza y no respondió,
después de llenar el diario de Bitácora se largó al carajo y durante todo el
viaje lo mantuve a raya. Los agregados de cubierta fueron testigos nuevamente
de lo acontecido.
No quiero
narrar todo lo sucedido hasta el puerto de Rostock porque haría interminable
esta historia, no tenía la menor duda de que me encontraba navegando con un
animal de muy bajo nivel técnico, uno de esos tipos beneficiados por poseer el
carné del Partido.
Allá en Rostock
los "periquitos" quisieron salir a compartir conmigo, yo les llamaba
así porque la mayoría de ellos eran de muy baja estatura, todos se graduaron en
la promoción XIX de Cubierta en el Mariel. Acepté la invitación y nos fuimos a joder
un poco, nos pasamos toda la tarde bebiendo cerveza en una taberna que se
encuentra en el Boulevard de esa ciudad.
Cuando ya
estábamos saturados y pensaba regresar al barco, los muchachos me pidieron que
los llevara a una discoteca; por mucho que hice en convencerlos no lo logré,
les expliqué que la última guagua al puerto pasaba a las doce de la noche, pero
ellos no entendían, solo querían divertirse.
-Fíjense en lo
que les voy a explicar, los llevaré a la discoteca "Flamingo", aquel
lugar se llena de mujeres solas y es muy pro-bable ligar alguna, no se pongan a
comer mierda con las jovencitas y traten de empatarse con algún medio tiempo si
no quieren dormir en la calle, no olviden que la temperatura está a cinco bajo
cero.- Los muchachos oyeron todo lo que les dije y nos encaminamos hacia aquel
lugar conocido por mí.
No era tan cara
la entrada y una vez dentro del local comprobamos que no estaba muy lleno, pero
había mujeres para todos los gustos. Jóvenes al fin y al cabo se lanzaron
enseguida al ruedo, pocos minutos después, cada uno de ellos movía el esqueleto
en la pista mientras yo permanecía sentado. Mi vista trataba de adivinar en
medio de aquella semipenumbra algún medio tiempo, que me garantizara la cama
esa noche y me sirviera de colcha. Pasando el tiempo no me cansaba de alertar a
los chicos que se inclinaron por las jóvenes. En uno de esos pasos visuales por
el salón, descubrí una gorda que me miraba y le hice señas con el dedo
invitándola a bailar. Ella me respondió con un movimiento afirmativo de la
cabeza y me levanté como una fiera que discute su presa. Pocos segundos después
de estar bailando bien apretados, le pregunté si al finalizar podía irme para
su casa y ella aceptó sin reparos, entonces me sentí más tranquilo. Al poco
rato el negro Chacho se apareció con otro medio tiempo y no recuerdo ahora
quien fue el tercero. Teudis y Eudis seguían en su bobería con dos pollitos que
estaban para comérselas con plumas y todo. Bueno, a la hora de la salida
aquellos pollitos se les escaparon y nosotros partimos con nuestra carga,
Chacho con su anciana para contarle los pelos que le quedaban; yo, con mi gorda
para hacer tocino y el otro socio con una veterana para que le contara sobre la
Segunda Guerra Mundial posiblemente. Los otros chamacos nos dijeron que
partirían hacia la terminal de trenes y que allí nos esperarían por la mañana.
Después de mi
experiencia con aquel camioncito de carne desayuné y partí en el tranvía en
busca de la terminal de trenes. Pocos minutos después se apareció Chacho y el
otro chamaco, allí nos encontramos a Teudis y Eudis convertidos en verdaderos
pingüinos, aquella experiencia de haber dormido toda una noche en un banco
exterior con temperaturas muy frías para nosotros, la recordarán toda la vida.
No sabían que la terminal cerraba a medianoche ni yo tampoco.
Dos días antes
de la salida y encontrándome de guardia, llegaron dos autos que parquearon
junto a nuestra escala, subieron abordo unos seis alemanes acompañados de un
"seguroso" cubano. Siempre nos fue fácil distinguir a esta gentuza
que pertenece a la seguridad cubana, unas veces por el vestir, otras por sus
miradas interrogantes y cargadas de ese aire de superioridad que les
inculcaron, unas veces por sus caras de hijoputas inconfundibles.
Después de
saludar los guié hasta el camarote del Capitán y subí al puente para darle
cuerda a los cronómetros. Al bajar vi a toda esa comitiva inspeccionando el
camarote del Armador y que siempre se dedicaba a pasajeros, pocos minutos
después desaparecieron nuevamente quedando abordo el seguroso.
Ese mismo día y
acompañado por gente de extrema confianza, aquel hombre se dedicó a impartir
órdenes en la preparación del mencionado camarote, el cristal de la
"portilla" (ventana) fue pintado de negro, luego, la cerraron con una
plancha de acero que se utilizaba en casos de tormenta, y soldaron ésta,
quedando aquel espacio herméticamente cerrado y sin otra posibilidad de salir
que no fuera por su puerta.
Minutos antes
de la salida llegaron varios carros alemanes, serían unos ocho hombres los que
escoltaban a una persona que venía esposada, en aquel grupo pude distinguir
nuevamente al seguroso. Aquella comitiva descendió a los pocos minutos quedando
a bordo el hombre esposado y su guardián. No cabía la menor duda de que
transportaríamos a un preso para Cuba, un preso muy importante que no podía ser
trasladado en avión, solo debíamos esperar a que pasaran unos días de
navegación para enterarnos del chisme.
Las relaciones
con Portela iban de mal en peor, me daba la impresión que se aprovechaba de la
presencia de aquel agente de la seguridad para hacerme la vida un yogourt;
comenzó a implantar puntos en mi contenido de trabajo que no me correspondían,
mandaba a despertarme a cualquier hora sabiendo que yo trabajaba hasta las
cuatro de la madrugada, etc., hasta que uno de esos días me encontró con el
moño virado. Yo tenía en una de las gavetas de mi camarote un trozo de cabilla
de pulgada de diámetro, luego de lavarme la cara y fumarme un cigarro me dije:
“Tengo que quitarme a este maricón de arriba o no viviré tranquilo en lo que
resta de viaje”. Envolví aquel trozo de acero en una toalla y fui hasta el
camarote del Secretario del Partido, este tipo era un mulato enfermero, que
luego llegó a ocupar el cargo de Secretario del Sindicato en la marina
mercante; es una verdadera pena que no recuerde el nombre de esta culebra.
Entré a su camarote sin tocar la puerta y creo que se asustó al ver mis ojos
inyectados de sangre, saqué la cabilla y le dije:
-Ahora mismo
subes al camarote de ese maricón que es Capitán de este barco y es miembro de
tu partido, le dices a ese hijoputa; que si desde este mismo momento no me deja
tranquilo y terminar el viaje en paz, lo voy a matar.
-¡Oye, mi
hermano, tranquilízate, mira vamos a hablar!
-Ni soy tu
hermano, ni tengo ni cojones que hablar contigo, subes ahora mismo y hablas con
ese maricón, para que te enteres, hay cabilla pa´ ti también si no me traes una
respuesta. El tipo se asustó y salió del camarote pidiéndome que lo esperara,
unos veinte minutos después regresó con la promesa de que me iban a dejar
tranquilo y yo volví a mi camarote con la cabilla. Remedio santo, a partir de
entonces Portela evitaba en todo momento chocar conmigo y hasta la llegada a
Cuba no subió al puente en las horas que yo hacía guardia.
Dejado el canal
Inglés y en pleno golfo de Vizcaya ya todos estábamos enterados, en un barco es
casi imposible mantener un secreto. El hombre que viajaba hacia La Habana era
un miembro de la inteligencia cubana que había ido a pasar un curso en Alemania
y allí descubrieron que era miembro de la CIA o algo por el estilo, su rostro
pronto se nos olvidó porque a su camarote sólo podía entrar el Capitán del G2
que viajaba escoltándolo, él era quien le llevaba los alimentos diariamente y
quien le suministraba todo tipo de literatura al distinguido pasajero. Debo
confesar que aquel hombre era una verdadera polilla, se leyó en pocos días casi
todos los libros de la biblioteca a bordo y después su escolta andaba pidiéndole libros a los tripulantes.
Unas ciento
cincuenta millas al sur de las islas Azores el barco se paró una mañana, yo me
encontraba durmiendo en esos momentos y no me enteré hasta las once porque
fueron a despertarme, el Capitán había convocado a una Junta de Oficiales. Reunidos
todos en su salón, Portela explicó que no existían posibilidades de volver a
arrancar el barco y que se procedería a lanzar un S.O. S. Debo mencionarles que
el Jefe de Máquinas en ese momento y desde hacía un año aproximadamente, era un
ruso al que le había explotado la máquina el viaje anterior frente a las costas
de Argelia. Cuando nos pidió opinión y me tocó el turno de hablar, sólo alcancé
a decirle unas palabras: ?No olvide que para lanzar un S.O.S se tienen que
haber agotado todos los recursos a bordo? Portela debió haberse limpiado el trasero con
lo que yo había expresado, pero no era menos cierto lo que le estaba diciendo y
así estaba establecido en aquellos tiempos. Poco rato después de terminada la
reunión subió al puente y lanzó el S. O.S, a partir de esos momentos la comida
no constaba en nuestras vidas.
El problema era
más grave de lo que suponíamos, los tanques de combustible de los generadores
eléctricos se encontraban contaminados, al caerse las plantas dejaban de
trabajar una serie de equipos auxiliares que garantizaban el funcionamiento de
la máquina principal, como lo son purificadores de combustible, compresores
para el suministro de agua para el sistema de enfriamiento y calderas, etc. Al
quedarnos sin electricidad se cayeron todos los equipos de navegación, no se
podía cocinar y las neveras quedarían sin compresores de refrigeración, por lo
que corríamos el riesgo de perder lo poco que teníamos de alimentos frescos y
para obtener agua de beber, nos veríamos obligados bajar al departamento de
máquinas con una linterna y tomarla del tanque de hidrofort. La situación
comenzó a sentirse desde la hora de almuerzo ese día, cuando tocaron la campana
nos dieron una ruedita de spam y un vasito de leche condensada.
El mar se
encontraba tranquilo, solo una mar de leva muy ligera. Recuerdo que unas tres
horas después de lanzado el S.O.S se apareció un barco de pequeño porte, como
no teníamos trabajando ningún equipo del puente, se intercambiaron varios
mensajes con las banderas del código internacional y después continuaron su
rumbo, ellos no podían hacer nada por resolver nuestra situación. A esas
alturas del cuento, en La Habana desconocían estos acontecimientos, es lógico
que ustedes se hagan cientos de preguntas, yo he parado un buque en medio del
océano de buenas a primeras y sin otra opción se solicita auxilio. ¿Es que no
existían baterías de emergencia? ¿No tenía ese buque equipo de radio de
emergencia que funcionara con baterías? ¿No poseía una planta de emergencia que
garantizara el funcionamiento de los equipos del puente y telegrafía? Es lógico
que se pregunten todo esto porque en casi todos los films que tocan el punto de
desastres marítimos, ustedes habrán observado que algunas luces continúan
funcionando y muchos equipos también. Eso es lo que debiera suceder en
condiciones normales y nuestro buque poseía todos esos equipos, pero ninguno
funcionó en el momento necesario, sencillamente se encontraban de adorno para
engañar a supervisores. En estos momentos y después de esa amarga experiencia,
me imagino que al desaparecido buque "Guantánamo" le sucedió lo mismo
y tuvo el trágico saldo de la muerte de sus tripulantes y un solo
sobreviviente.
Esa noche el
viento comenzó a aumentar su fuerza, mientras descendía vertiginosamente la presión
barométrica. Desaparecía la mar de leva y comenzaba a rizarse con rapidez, muy
pronto comenzamos a embarcar agua y el buque experimentó sus primeros bandazos,
aunque suaves en el momento de abandonar mi guardia. El buque se encontraba
cargado de fertilizantes y su cubierta iba abarrotada de una cubertada
compuesta por contenedores y camiones IF para Cuba.
Me despertaron
los grandes bandazos a eso de las diez de la mañana, todas las gavetas de mi
camarote andaban nadando por el piso junto a mis zapatos, el agua entraba por
el trancanil que forman la unión del mamparo (pared) y la cubierta principal.
Existían huecos producidos por el óxido que nunca me interesó tapar, ni a la
empresa reparar. Subí aquellas cosas flotantes en el sofá y me acosté de nuevo
tratando de mantener el equilibrio encima de la cama, antes de hacerlo me asomé
por la portilla y pude ver olas que sobrepasaban los cinco metros de altura,
aquello me tranquilizó, el barco tenía buena estabilidad y ya habíamos
soportado tiempos peores.
Es increíble
cómo cambia el tiempo de un momento a otro en el mar, nada está escrito. Esa
zona de las Azores es una de las más peligrosas del Atlántico en invierno, por
regla general siempre está acompañada de bajas presiones. Cuando me levanté al
mediodía, me crucé camino de la cocina a varios maquinistas embarrados de
petróleo de pies a cabeza, mi almuerzo para ese día fueron dos sardinitas y un
vasito de leche condensada. Ya en horas de la tarde habían logrado poner en
funcionamiento la planta de emergencia, eso nos servía para disponer de algunas
luces y Portela se comunicó con un remolcador de altura con base en las Azores
para solicitar asistencia. Esto lo realizó sin comunicar a La Habana sobre
nuestra situación, cosa que muy bien pudo hacer con el uso del mismo equipo
auxiliar de telegrafía con el que se había comunicado. Era muy lógico que
procediera de esa manera, eso debía agradecérselo a su inexperiencia como
Capitán, en lo personal no me importaba las veces que metiera la pata, en fin,
el remolcador salió en nuestra demanda y las olas continuaban creciendo. Al día
siguiente y en horas de la tarde, aquel animalazo de remolcador con bandera
holandesa o alemana se encontraba unos cables a nuestro costado, mientras se
coordinaba la operación de remolque. (Debo aclarar que una milla náutica tiene
1852 metros y que un cable es una décima parte de una milla, o sea, 185.2
metros) Yo me encontraba en la proa preparando las condiciones para la toma del
cable de remolque que ellos nos darían. Debo confesarles que me alegraba de la
novatada de Portela y me veía remolcado hasta Portugal sin dificultades.
Mientras todo
esto sucedía, el telegrafista establece comunicación con el buque "Abel
Santamaría" que navegaba al norte de Azores rumbo al canal Inglés. Es una
pena que no recuerde en estos momentos el nombre de aquel Capitán (otros de los
grandes hijoputas de la flota). Según me contó el telegrafista, aquel tipo le
dijo a Portela que no se le ocurriera tomar el cable del remolcador y esperara
orientaciones desde La Habana. Aquel cabrón sabía lo que estaba haciendo,
porque desde el mismo momento de hacer firme el cable del remolcador a bordo y
realizarse la asistencia, todos los involucrados en esa aventura marítima
debían pagar un por ciento acorde a los intereses salvados, es decir, no pagaba
solamente el armador del buque (propietario) porque se estaban salvando los
intereses de todos los involucrados, ¿qué sucede?, pues en el caso de Cuba como
todo es propiedad estatal, aunque el cargamento sea propiedad de diferentes
empresas y como ellas son propiedad del mismo estado, se verá obligado a pagar
el monto total del salvamento que asciende en esos casos a varios millones de
dólares. ¿Cuál será la actitud razonable en este caso? Muy sencillo, perder el
barco en su totalidad y cobrarle a la compañía de seguros sin desenfundar un
solo centavo, esa, ha sido la actitud del gobierno cubano y de muchas compañías
navieras inescrupulosas en el mundo.
Encontrándonos
en la maniobra de traer hacia nosotros un cabo ligero, que pasaríamos por una
rolletera y luego devolveríamos al remolcador para que con sus winches nos
trajera el cable de remolque a bordo, Portela me ordena cortar aquel cabo y
retirar maniobra. Me sorprendió aquella orden pero como dice el refrán, ?donde
manda Capitán no manda soldado", corté aquel cabo y toreando los bandazos
me dirigí de nuevo al camarote, no se podía hacer otra cosa. La humedad era
terrible y cuando el barco se inclinaba violentamente el agua llegaba a
salpicar mi cama.
El remolcador
se mantuvo a unas dos millas a nuestro lado de la misma manera que el ave de
rapiña vuela alrededor de un animal moribundo, de vez en cuando establecían
comunicación por VHF y le informaban al Capitán sobre el rumbo y velocidad de
traslación de aquella galerna, velocidad de los vientos y altura de la mar que
ya se aproximaba a los diez metros, verdaderas montañas de agua que hacían
temblar al más güevón, nuestro barómetro se encontraba por debajo de los 990
milibares.(La presión normal es de 1013 milibares).
Si yo hubiera
tenido la intención de recoger en un cubo los carnés del Partido de aquellos
que se cagaron en aquella situación, me hubiera convertido en el hijoputa más
famoso de la empresa. Cuando la pelona anda dando vueltas a cualquiera se le aflojan los pantalones, a esa hora la gentese caga en Marx,
Lenin y toda esa comparsa, todo el mundo se acuerda de vírgenes y santos por
los que nunca profesaron y condenaron al olvido, eso pasó allí. Recuerdo que
estando en uno de los salones de Oficiales y alumbrados con lámparas de
keroseno, llegó el enfermero y me dijo: “Oye, tengo a Chartrand ingresado en la
clínica con un suero puesto y quiere verte”. El viejo Chartand era un cocinero
de ojos saltones como los sapos y jabao, ya habíamos navegado en otro barco y
siempre se llevó muy bien conmigo, era militante del partido pero de esos que
están porque hay que estar, de los que no le hacen daño a nadie y lo que le
interesa es vivir y meterse cuatro tragos. La enfermería se encontraba en
penumbras y Chartrand deliraba.
-¡Ay virgencita
de La Caridad! ¡Ay San Lázaro! ¡Ay Changó! ¡Ay.......! No lo dejé acabar.
-Oye Chartrand,
¿qué carajo te pasa?, no comas tanta mierda que esto no se acaba y te van a
tronar.
-Coño, mi
hermano, yo creo que de ésta no salimos, por eso estoy llamando a mis santos.
-Yo no te pido
que no lo hagas, pero debes hacerlo para tí, tú sabes que esto está lleno de
hijoputas y si escapamos te van a joder.- Allí me quedé con él por largo rato
hasta que se tranquilizó, era un pobre hombre que nunca le había hecho daño a
nadie. Los pocos que se encontraban en el salón fueron pasando por la cama del
cocinero a darle ánimos, me dio la impresión por momentos de que despedíamos a
un muerto en sus últimos minutos de vida, luego, cuando los jodedores regresaban
hacían sus comentarios, porque al perecer Chartrand continuó sus llamados.
Yo creo que la
planta de emergencia se mantuvo trabajando unos tres días lo máximo, recuerdo
que se me ocurrió abrir una caja de interruptores ubicada en uno de los pasillos
de mi cubierta, allí se encontraba el de mi camarote desconectado y yo lo
conecté, lo hice porque sabía que el camarote de Portela tenía electricidad y
con frecuencia colaba café. Tenía en el camarote un cenicero de bronce del
tamaño de un platico de los usados para servir postre, con el agua que tenía en
una botella lo lavé lo mejor que pude y ese día, después de haber transcurrido
unos cinco sin que me cayera nada caliente al estómago, conecté una calefacción
portátil que tenía y encima de ella puse mi cenicero con la ruedita de spam y
una lasca de queso que se derretía sobre ella ante mis ojos y desesperado
estómago, a su lado puse una latica de leche condensada con mi cuota. El olor
que despedía aquel spam que siempre había detestado lo encontraba maravillosamente
agradable, me llenaba con su olor y el humillo que desprendía inundaba todo mi
camarote. Después, contando los segundos ocurridos entre masticadas lo iba
devorando poco a poco, tratando de que ocurriera en el mismo tiempo que
empleaba en almorzar, aquello me sabía a gloria y no podía contárselo a nadie
para evitar que hicieran lo mismo y se jodiera la planta. Unos de esos momentos
dedicados a mis actividades culinarias con un menú reducido a dos platos,
sardinas y spam, tocaron a mi puerta con algo de desespero. Por mucho que traté
de demostrar que no me encontraba en el camarote, Eudis, el agregado que hacía
la guardia conmigo, insistía casi suplicándome.
-Coño,
compadre, no seas hijoputa, yo sé que estás ahí, ábreme por favor, el olor me da
y yo no se lo voy a decir a nadie.- Con esa cantaleta se mantuvo varios minutos
hasta que le abrí para que la otra gente no se enterara. Al entrar tienen las
manos sus sardinitas.
-¡Cojones,
compadre! ¿Cómo fue que te enteraste?
-Por el olor,
los demás ni se imaginan esto, pero tengo olfato de perro.
-Mi socio, si
se enteran nos vamos a buscar un lío, por eso te pido que no corras la voz.
-Caliéntame
esto porque me voy a desmayar y olvídate de lo demás, asere, eres un caballo,
eso no se le ha ocurrido a nada.
- Eudi
experimentó una sensación similar a la mía, yo me comí mi ración mientras él no
quitaba los ojos del calefactor siguiendo todas mis orientaciones; creo que
éramos los únicos en comer caliente en el barco. Por fin Portela mandó un
mensaje a La Habana y desde allí le contestaron que habían desviado al buque
Playa Larga para que nos remolcara hasta Lisboa, que ellos arribarían a nuestra
posición dentro de unas pocas horas y tenían bastante comida preparada para
traérnosla en su bote salvavidas, posibilidad descartada entonces pues las olas
alcanzaban una altura superior a los doce metros. Como todo buque al garete
tiende a atravesarse a la dirección del viento y por consiguiente de la mar,
nuestros bandazos se encontraban entre los cuarenta y cinco grados, llegando en
oportunidades a los cincuenta. Los alerones del puente casi tocaban a las olas
y no quiero hablarles del estado de los contenedores y camiones, que sufrían el
embate directo de la furia del mar, muchos se encontraban hechos mierda. Eso
si, el remolcador no se separaba de su cadáver, hubo oportunidades en las que
se acercaban a distancia peligrosas para las condiciones del tiempo y podíamos
verlos como nos filmaban. Mientras tanto, aquel infeliz preso continuaba sin
saber que ocurría fuera de la puerta de su camarote convertida en celda.
El Playa Larga
llegó y nada pudo hacer por nosotros, me enteré que el Capitán era Osvaldo
Blanco y hablé con él en varias oportunidades, él me había dado clases cuando
yo estudiaba para Oficial. En una de esas oportunidades que me encontraba de
guardia en el puente, pude observar que el Playa Larga se encontraba a unas
doce millas de nuestra posición por medio del radar. No había finalizado la
guardia cuando se desató un incendio a bordo, hablé con Blanco y le solicité
que se situara más próximo a nuestra posición, poniéndolo al corriente del
último acontecimiento. Sonó la alarma general contra incendio y cada cual ocupó
sus puestos, el incendio se había producido en el área de la chimenea del buque.
Las personas que no han visitado un barco no pueden tener idea del tamaño de
una chimenea y menos aún que por términos generales allí se encuentra una de
las calderas que posee todo buque. Ellas pueden tener dos o tres pisos de
altura de cualquier edificio. Pues bien, por allí desfilan todos los escapes de
las plantas y máquina principal, esas tuberías van cubiertas de un forro de
amianto que cubre el calor que ellas despiden, evitando posibilidades de
incendio en contacto con otros materiales. Toda la capa de amianto que cubría
el escape de la planta de emergencia se encontraba vencido y fue allí donde se
originó el incendio. Pudo controlarse por medio de extintores portátiles. En
esas circunstancias, y me refiero a esa agonía tan prolongada que vivíamos, a
la gente le importaba tres pepinos si el barco se quemaba o se hundía, sólo
deseábamos encontrar una salida y la debilidad de nuestros cuerpos iba en
aumento. Los efectos de los bandazos son más pronunciados en el puente de un
barco que en cualquier otro sitio, en la medida que se baja en altura son
menores, allí es impresionante ver como el barco se acuesta al mar y da la
impresión de no retornar a su posición de origen. Los más valientes tiemblan
cuando tienen contacto con esas imágenes, si eso ocurre de día podrán
imaginarse de noche, cualquiera se caga y ese pánico que en ocasiones se
siente, lo ví reflejado en el rostro del seguroso las pocas oportunidades en
las que subió al puente. A partir del incendio regresamos nuevamente a las
penumbras; bajar al cuarto de máquinas en busca de agua era extremadamente
peligroso por los bandazos y la oscuridad. Sin embargo, nunca falta el ingenio
de los cubanos a la hora de resolver situaciones difíciles: alguien tuvo la
maravillosa idea de sacarle los acumuladores a los carros y de esa manera
teníamos por lo menos la lámpara Aldis (utilizada para hacer señales) en
servicio y se subieron otras para el equipo auxiliar de telegrafía. Otros se
arriesgaron hasta lugares verdaderamente peligrosos en busca de esos acumuladores
y llegaron a colocarlos con bombillitos en los salones. No dudo que los
bombillitos también hayan sido extraídos de los carros, porque en los barcos
cubanos nada sobra y mucho falta.
No fue hasta el
octavo día en que disminuyó la velocidad del viento y la altura de las olas,
que finalmente el Playa Larga se pudo aproximar a nosotros y coordinar la
maniobra de remolque. Como Segundo Oficial yo tenía la obligación de acudir a
la proa y debo agregar, que ya tenía experiencia en lo referente a las maniobras
de remolque, muy peligrosa para el personal que la realiza.
Portela y
Artigas se personaron en la proa y trataron de hacer varios experimentos que no
dieron resultado, mientras yo permanecía en silencio, después que no se les
ocurrió más nada y se cansaron de estar metiendo la pata consultaron conmigo. ?
Muy bien, yo sé todo lo que hay que hacer en este caso, pero si desean que me
encargue de esta maniobra deben abandonar la proa y dirigirse al puente?. Ambos se retiraron mientras yo hacía todos los
preparativos para brindar nuestro cable de remolque firme a una de las anclas
del barco, de vez en cuando me jodían un poco por el walky-talky y los mandaba
al carajo, yo no podía abusar de mi gente que llevaba bastantes días sin comer,
en una maniobra tan peligrosa.
Cuando todo
estuvo listo, hicimos varios intercambios de cohetes lanzacabos para iniciar
aquella compleja maniobra, donde nosotros carecíamos de electricidad y fuerzas
para cobrar a mano cualquier cabo. Hay que sumarle a esto, y de eso saben los
marinos, que un barco no se encuentra preparado para realizar remolques como
cualquier remolcador, el punto de remolque se encuentra muy a popa y eso le
resta maniobrabilidad a cualquier buque, la mitad de su eslora dejando actuar
libremente a la pala del timón. Eso trajo como consecuencias que después de
estar nuestro cable de remolque firme a las bitas de popa del Playa Larga, al
dar máquina avante el buque no respondiera a las órdenes del timón y se produjo
una aproximación muy peligrosa, obligando al Capitán de aquella nave a dar toda
máquina avante. Aquella brusca estrepada provocó que el cable de remolque
nuestro, que se encontraba firme a una de las anclas de nuestro buque y con
siete grilletes de cadena en el agua, diera un gran estrechonazo y se partiera.
(Cada grillete tiene aproximadamente 15 brazas de longitud, esto es referente
al grillete como unidad de medida usada en las cadenas de las anclas solamente,
la braza es superior al metro) Esto tiene su explicación: el cable se hizo
firme a la cadena del ancla y se largó esa cantidad de grilletes, para que el
peso mantuviera al cable con seno en el agua. Ahora bien, fue suficiente un
estrechonazo como aquél para partirlo, porque nuestro cable había sido usado el
viaje anterior, mientras nos remolcaron desde las costas de Argelia hasta
Barcelona. ¿Qué sucede? Pues exteriormente el cable puede observarse en buenas
condiciones, pero su interior comenzó a deteriorarse por su contacto con el
agua de mar y además, ya había sido sometido a tensiones que limitaron toda su
flexibilidad y elasticidad.
Hubo que
comenzar desde cero nuevamente y las horas no solo se duplicaron, por la
debilidad física que todos teníamos se triplicó. Finalmente arrancamos ante la
mirada indiscreta del remolcador que no se apartaba de nuestro lado, ellos
sabían que si fallaba esta nueva maniobra no tendríamos otra opción que acudir
a sus millonarios servicios. Proa a Lisboa navegábamos a una velocidad de
cuatro nudos, cuando determiné la posición por el sol al día siguiente,
comprobé que nuestro barco había abatido unas 360 millas de la posición
original.
A la mañana
siguiente vi al timonel Lázaro, un blanco bastante gordo y que gracias a la
dieta obligatoria de esos días había perdido más de 30 libras, que deambulaba
por toda la cubierta con un hacha de las usadas en los equipos de lucha contra
incendios. Donde quiera que se encontraba con un
tronco de los empleados en el trincaje de los camiones, Lázaro luchaba para
cortarlos hasta que tuvo un buen hato de leña, lo ayudaban dos o tres marineros
pero solo lo recuerdo a él, porque aquel gordo bonachón se encontraba conmigo
en el buque "Viñales", el viaje de mi deserción. En la cubierta de
botes colocaron un barril y le dieron fuego a parte de la leña, un rato después
tomábamos el primer buchito de café caliente,- ausente durante varios días.
Chartrand y Ángel Cerulia (el otro cocinero), instalaron allí su estado mayor.
Ese día, cocinaron como pudieron unos pollos que delataban sus primeros
síntomas de descomposición. Nos supo a gloria y creo que me dio mareos haber
ingerido aquellos alimentos, al día siguiente llegaríamos al río Tejo
remolcados y arrastrando un ancla con siete grilletes de cadenas. No podíamos
remontar río arriba y se coordinó con el astillero de Lisnave, el envío de un
remolcador con una planta eléctrica para poder levar ambas anclas.
Aquella
maniobra nos tomó el día entero en medio de una marejada, que mantenía en
peligro de zozobrar al remolcador o de nosotros morir electrocutados en caso de
que el cable tendido hasta nosotros se partiera e hiciera contacto con la
cubierta. Permanecimos en la proa desde horas de la mañana, hasta la madrugada
del siguiente donde gastamos nuestras últimas fuerzas. Todos caímos muertos en
nuestras camas, y no sentimos la humedad que abrigaban aquellos camarotes.
En horas de la
mañana le pagaron unos quince dólares a los
tripulantes para cubrir los gastos de desayuno, almuerzo y comida. Yo debía
continuar de guardia pues a mi brigada le tocaba en la rotación, eso
significaba que estaba condenado a esperar por el regreso de cualquier Oficial
y poder así salir a comer en la calle. No se hizo esperar el arribo de los
trabajadores del astillero contratado, la cocina se encontraba invadida de
ellos. Increíblemente, la cocina se desprendió del piso durante los violentos
bandazos. Hubo un horario en el que todos aquellos trabajadores abandonaron el
buque y nos quedamos solos la brigada de guardia, sentados encima de las tapas
de la bodega Nr.3, veo que parquea un auto muy próximo a la escala provisional
instalada entre el buque y el muelle. Un hombre de unos seis pies de estatura
descendió de aquel auto y se dirigió a nosotros, no recuerdo quiénes eran los
otros que se encontraban conmigo en esos momentos, nunca imaginé que fuera
cubano porque esos ejemplares son muy escasos en la isla.
-¿Se encuentra
el Capitán?- Preguntó aquel tipo en un perfecto español.
-No, no se
encuentra.- Le respondí a secas sin invitarlo a prolongar el diálogo.
-¿Y el Primer
Oficial?- Insistió. -Tampoco se encuentra.- Le respondí al preguntón.
-Entonces,
¿quién se encuentra?- No se rendía el tipo.
-Compadre me
encuentro yo que soy el Segundo Oficial.- Ya me molestaba la presencia de aquel
curioso que me obligaba a gastar las pocas energías de mi cuerpo.
-La pasaron
mal, ¿eh?- Parece que ya había visto las imágenes que se transmitieron por la
televisión portuguesa, filmadas por el remolcador de altura.
-La pasamos de
pinga, no se lo imagina.- Fue lo único que me vino a la mente en esos momentos.
-Los
comprendo.- Respondió.
-No, es muy
difícil que lo entienda, ahora estamos aquí esperando a que regrese un cojonúo
que nos releve para ir a comer algo caliente.
-¿Se encuentra
el compañero de la Seguridad?- Aquella pregunta me estremeció porque no era
normal que un extranjero me la hiciera, además, se me había olvidado la
existencia de aquellos dos seres, me refiero al preso y a su escolta,
involuntariamente mi vista giró hacia la portilla pintada de negro.
-Si, él se
encuentra.- Respondí invadido por la duda y el miedo.
-Necesito
verlo.- Me respondió el tipo con mucha tranquilidad.
-Si, pero eso
no es así como así, necesito su nombre y alguna identificación para registrarlo
en el libro de visitas.-
-Mi nombre es
Raúl Valdés Vivó, embajador de Cuba en Portugal.- Me mostró un carné de no sé
qué cosa mientras anotaba su nombre en el libro.
-¡Coño!
Disculpe compañero embajador, con el hambre que tengo no me salen otras
palabras.-
-No te
preocupes, yo me imagino lo que es eso-.Uno de los que se encontraban en el
grupo lo acompañó hasta el camarote del seguroso, cuando había desaparecido
dentro de la superestructura del barco la gente se cagó de la risa con aquel diálogo.
Al día
siguiente nos reunieron en el salón de tripulantes para leernos un mensaje
recibido desde Cuba, decía más o menos así:
A toda la
tripulación de la motonave "Pepito Tey"
Compañeros:
Reciban nuestras felicitaciones por la heroica actitud m antenida durante el
tiempo que el buque se mantuvo al garete, nuestro Partido, gobierno,
organizaciones de masa y pueblo en general se sienten orgullosos de hombres
como ustedes?
No recuerdo
quién carajo firmó aquella infamia, pero si les digo una cosa, venía de arriba.
El caso es que no éramos héroes ni la pata de un guanajo y si nos mantuvimos en
aquellas terribles condiciones fueron por varias razones, el gobierno no estuvo
dispuesto a pagar por la asistencia a nuestro barco, y encima de eso se embolsó
el costo del rescate realizado por otra nave cubana, jugando con la vida de
todos los tripulantes.
Solo nos
pagaron para comer tres días en la calle y le cargaron al seguro la pérdida
total de nuestra comida, cuando en realidad seguimos consumiendo aquellos
pollos y carne apestosa. Se alquiló una cocina de gas portátil que se instaló a
popa de la nuestra y en el exterior. Se realizó la compra de un poco de víveres
para calmar a la tripulación, en el momento que estaban embarcándola se
produjeron algunos robos. Me enteré que Portela desde su camarote me acusó por
aquellos robos encontrándome en la calle. Aún estando fuera de aquel potaje,
los muchachos que dirigieron el golpe se acordaron de mí y al regreso mi botín
era una caja de jabón Lux. Portela robó mucho más que eso porque ordenó que
algunos productos se almacenaran en su camarote para mantenerlos bajo su
custodia.
El preso y el
escolta se encontraban ilegales a bordo, porque en una oportunidad ví la lista
de tripulantes y ellos no estaban declarados. y con la
cara llena de cráteres como Portela, sometió a interrogatorio a toda la brigada
de guardia, en eso gastó el resto de la noche. Nunca he podido encontrar la
razón por la cual, toda esa gente con defectos físicos son tan hijoputas, tal
vez esté equivocado pero en Cuba son la mayoría.
Yo dejé el
buque muy pronto, a Portela se le ocurrió decir que, aquél que no se afeitara
no podía hacer sus guardias y yo le respondí al pendejito de Artigas que se
quedaba sin relevo. Como era un mal ejemplo para la tripulación me buscaron
rápido el sustituto. Dos o tres años después Portela tuvo problemas por robo o
incapacidad, no recuerdo exactamente. Cayó en baja y como fue removido al cargo
de Primer Oficial, andaba mendigándole a los capitanes para que se lo llevaran,
en ese recorrido pasó por el AracelioIglesias y trató de convencer al Capitán
para que se lo llevara, de nada le sirvió toda la mierda que habló de mí, luego
me enteré que se había acogido a la ciudadanía española y abandonó el país.
Donde quiera que se encuentre le manifiesto que mi opinión sobre él no
cambiará, de la misma manera no dudo que algunos cabrones hoy en Miami sean
“avispitas” que trabajan para Castro.
Se me olvidaba
explicarles el significado de la palabra "Al Garete". En esa
condición se encuentra todo buque con las máquinas o sistema de gobierno fuera
de servicio y a merced de fuerzas externas como lo son el mar y el viento. El
buque se moverá para donde lo lleve el viento o la corriente, ambas también.
Esa fue mi vida durante muchos años, moviéndome sin un rumbo definido, sin
darle importancia a lo que me rodeaba porque importancia no tenía la vida. Un
día reparé mis máquinas y sistema de dirección y me alejé de esa gran galerna
que ha destruido mi país durante tantos años. Esa actitud ha sido tan criticada
que hoy no me preocupa, sólo oigo la de mis hijos, la de mis nietos tal vez no
podré oírlas y no me preocupa, solo sé que tomé el rumbo verdadero que les
garantizará viajar por la vida evitando todas esas paradas innecesarias que hoy
les cuento y en las que gasté gran parte de mi vida.
Montreal,
Canadá, 2003
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Esteban Casañas, escritor espontáneo,
ex oficial de la Marina Mercante de Cuba, se asiló hace unos años en Canadá, donde
reside. Acaba de publicar un libro con sus memorias.