Por el cielo se paseaba un cometa de colores el dÃa en que conocà a Graciela. Me la
presentó el cubano Roberto, a quien ella no habÃa querido conocer, por estar él recién
llegado de la isla, lo que le colocaba el sambenito de formado en los valores de "Aquello".
Pero yo no sabrÃa la historia de su negativa hasta mucho después, cuando ella decÃa
arrepentirse de no haberlo conocido antes. Para ese entonces ya era planetaria.
El dÃa del cometa nos conocimos de la forma mas natural del mundo. Roberto nos presentó;
era un festival al aire libre en AndalucÃa, e inmediatamente conectamos. Me gustó su estampa
de mujer recia antigua, maestra normalista de mirada perdida y palabra y moño recogidos. Me
dijo, mirando al cometa que se tambaleaba con un golpe de viento: "leo, leo todo tipo de papel
impreso, buena y mala literatura". Yo intuà como a golpe de viento sus escapadas de la realidad,
sus periodos de mutismo y enajenación para luego explotar como un vesubio.
Para Graciela la estabilidad era un cuarto lleno de libros, ladrillo sobre ladrillo hasta formar
paredes revestidas de libros, pero también de revistas, impresos, volantes; papeles, en fin.
"Soy una mujer marcada por Aquello", me dijo luego, sin transición, sin dar tiempo a que el
cometa multicolor se estabilizara en el cielo. Y era cierto --eso también lo intuÃ-- que
"Aquello" marcaba a fuego todas sus acciones, reacciones y pensamientos. "Fui mujer de preso",
añadió, para luego preguntar: "¿quieres coca cola de presidio?"
Hasta ahà llego mi capacidad de intuición. Me dejó en ascuas la pregunta. Graciela continuó:"
Mi ex marido fue preso polÃtico de 'Aquello'. Solo tuve un novio, Eduvilio. Lo encarcelaron
poco después del matrimonio, y yo vivà el presidio con él. Lo visitaba sin importarme las
distancias, los humillantes controles que nos hacÃan desnudar, el hambre, la lluvia. Le llevaba
refresco que bebÃa en vasitos de papel hechos por mÃ, como estos que traje. Son vasos de
presidio, coca cola de presidio. Situaciones de emergencia."
Aunque no fue el presidio el causante de la avidez literaria de Graciela. Mas bien fue el ciclón. El
ciclón se lo llevo todo, hasta el techo de la casa. Antes del desastre, la curiosidad literaria de
Graciela era ya una comezón irresis-tible que la llevo a estudiar magisterio, pero sus lecturas
tenÃan más o menos método, y un sentido discriminatorio, si bien en cierne, actuaba como
tamiz. El ciclón se llevó la casa y trajo la tragedia. El refugio: la lectura.
Por los libros conoció a Eduvilio. Se casaron, pero golpeó el presidio con toques secos en la
puerta una madrugada triste. Ella lo esperó, lo cuidó, lo visitó, deshizo caminos y rompió
zapatos procurándole comida, fue la mujer de un apestado, pariÃa ella misma. En "Aquello",los
presos polÃticos son los pobres de los pobres. Vivió el presidio en su carne, se hizo uno con
él, en la salud y la enfermedad, en la cárcel y en la libertad. Lo amó como a un único amor,
sangre de su sangre.
Sola Graciela, sin trabajo, ¿quién va a emplear la mujer de un disidente cuando todo es el
Estado? Desolación que entrampa al sentir el desamparo de uno mismo: solución, la lectura.
Aferrarse a la vida que palpita en los libros, en las cartas, en los periódicos.
Porque hay que sobrevivir, que llega la libertad. Alcanzar las estrellas. El exilio es la prolongación
de un largo presidio. Emigraron. En la libertad lo siguió apoyando. Pues lo amaba.
Llegaron el éxito económico, el reconocimiento social, la estabilidad. La cárcel no se borra:
"llamo de la celda 305", dijo él a la telefonista desde una habitación de un hotel de lujo.
¿Cómo olvidar, él, la celda de castigo llamada "la gaveta"? ¿Cómo olvidar, ella, que el ser
amado conoce la celda de castigo llamada "la gaveta"? Si ella vivÃa con la vida de él.
Con el éxito económico llegaron las comodidades. La casa tan querida .Llegaron los viajes de
placer. Llegaron Venecia, Manhattan, Praga y Atenas.
Pero esta vez vino la tragedia sin ciclón. El se fue en un viaje de negocios, y conoció a La Otra,
más joven, más culta, más bella.
La dejó. Graciela perdió la razón. Perdió el pelo, perdió la memoria, perdió la esperanzaâ
€¦ ¿Qué libros pueden devolverte la razón, el pelo, la memoria?
Graciela sola. La sacaron de la casa en camilla, atada, y no reconoció los rostros cotidianos que
la miraban fijamente. Fue entonces que dijo las palabras que luego todos recordarÃan, muchos
para mofarse, por su aparente sinsentido: "No soy loca, soy planetaria."
Y tenÃas razón, Graciela de otro mundo, de planeta en planeta. Tú, astro sin órbita, Graciela
amiga, me gustan tus cartas que me llegan desde ese largo viaje sin retorno. Como si el ciclón
además de la casa se hubiese llevado todo vestigio de tu camino de vuelta.
Volvió el pelo, la memoria, la esperanza, pero siguió el viaje por esos planetas de Dios. Volvió
a leer, y como nunca antes esta vez. Leer de todo, novelas buenas y malas, prospectos de
medicinas, toda clase de panfletos, vallas publicitarias. Arrancar con las uñas la vida que late en
cada impreso.
Porque, tú y yo lo sabemos, Graciela, la locura es la cura. Lo supimos desde el primer momento
en que nos miramos a los ojos (tu mirada perdida) aquel dÃa de sol andaluz en que por el cielo
se paseaba un cometa de colores.
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Paz Lucio Diez es una escritora y pintora española que reside en Málaga.

La Locura es la cura
Si amanece nos vamos.
Goya, los caprichos.
Paz Lucio Diez
en su estudio