| Continuación comenzaba a caerse.¡No podía ser! ¡No podía ser que después de tenerlo en mis manos, como yo creí...así, se me fuera! Sentía bochorno, vergüenza. Me había embargado una fuerza de arrastre tan grande como la ceguera que guía a los celos. La verdad: no quería reconocer mi presente; ni podía aceptar la pena, ni el dolor del fracaso. Por eso, me seguí mintiendo. Era mejor que el vacío, la nada. Y le di a mi cuerpo toda mi agonía. aguante, hasta no poder más. Pero el día del paseo, por la avenida de la casa del sastre, aquél, mi cuerpo hizo huelga.Al final las cuatro paredes vacías, armazón que fueran de mis ilusiones, se me echaron encima. "Vengüenza"-- me repitió esa voz interna del conocimiento--. Eso es lo que te repudre: vergüenza. Escuché... ¡Y ya no volví! Al cabo de un tiempo, me miré al espejo. Noté que el cuerpo comenzaba a encajar con mis pensamientos. Empezamos a reír y a sentirnos en casa. Juntos, de la mano, cogimos la marcha del tiempo; casi... donde la dejamos. Me volví a pasear por la avenida de antes con alguna frecuencia. --¿Todavía aquí?-- escuché. Te creía muy lejos. -- Yo también --contesté--. Pero ya me ves: avatares del tiempo. Tu esposa, ¿qué tal? Encantadora, imagino. --Pues, sí. Como siempre. Ya sabes ocupada con los niños, los trapos, los negocios, fiestas y demás. Entonces, ¿no vuelves? --Definitivamente no--, le dije. Al pasar la esquina, me vi en el escaparate de la tienda de modas. Hubo algunos guiños. Esta vez fueron ojos y alma los que se entendieron. Y aunque, aquel malparido sueño nos dejó en la miseria, hoy vivimos en complicidad de una vida nueva. |
|||
| EL FETO --Sí. Dígame. ¡Ah! el "test". ¿Todavía no...? ......................... -Sí. Comprendo. ......................... --En cualquier caso, le digo que no hay nada que pensar. ......................... --Para mí, desde luego, está claro. ......................... --Estaré en casa. Hasta luego. El peso de los cielos se asentó sobre mis espaldas ante el hecho de que tal vez estuviera esperando un hijo. Mi conciencia confrontaba el temor de no saber si podría asumir la responsabilidad de ser madre o no. Sentía una agitación interna, de piel hacia adentro, casi involuntaria. A pesar de todo, aunque me hundiera, no aceptaría la inyección sugerida. En realidad, ¿en qué se basaba mi agobio? En proseguir con una gestación no deseada? ¿En no poder aceptar o destruir a un ser indefenso? Llegué a casa azorada, confusa; me ahogaba. Se diría que la vida continuaba tendiéndome la trampa de siempre: forzar mi cuerpo a hacer lo que fuera, porque no contaba. Hasta el aire había cesado de otorgarme su caricia diaria . ¿Acaso me cerraba yo misma el paso a cosas mejores? ¿O sería que el horror a sentirme ligada a otro ser sofocaba mi propio terreno? Anticipaba cambios, transformaciones, concesiones a una rutina diaria asentada, sin dificultades. El no querer sucumbir al hecho de ser, "yo", forzada nave humana que soporta la especie, consumía mi carne. Mi debate mental sobre la cuestión del género y sus obligaciones, agitaba sedimentos profundos. Más que nada, me alteraba la realidad de que, como mujer, debiera negarle el oído a mi naturaleza, a mi cuerpo, si me lo pedía. Casi sin quererlo, somnolienta, exhausta, me dejé abandonar al calor de la cama. Sí. Era un nuevo bullir el que entonces sentía: un desasosiego al pensar que no sabría qué hacer si una vida nueva atisbaba a mi puerta. Entonces... me llegó la imagen del feto que de joven vi, danzando, amarillo, en un mar de alcohol: tenía uñas, pies, falo. Se mecía en la nada, condenado al olvido. Estaba en un tarro de cristal con boca "muy ancha", transparente; allí residía, subiendo y bajando. No comprendo por qué, Asunción nos lo quiso mostrar. Lo bajó, casualmente, del aparador alto de su dormitorio: hueco de escalera que mas bien debería haber sido un cuarto de maletas y trastos. Era un niño completo sin vida; flotaba. Así me senta yo, Respiraba mi propio veneno, tratando de ajustar mi pulmón a una circunstancia, para mí, nociva. ¿Y cómo podría yo convenir en el mismo hecho de negar una vida? ¿De negarle sede en el tarro de mi vientre humano? Y los sedimentos formados por siglos de historia, insensibles al dolor que causaban, me cerraban los poros del cuerpo; sofocaban mi respiración. El forcejeo entre vagina y mente, ascendía hasta alcanzar estruendosos crescendos. --¿Dormía despierta?,--acerté a pensar. Entonces... casi de manera increíble, me sentí aumentar, crecer y crecer. Finalmente, lo de adentro, me pidió salida. Pero..."no era humano": era un bicho, o más bien un conejo arrugado y negruzco de partos de siete o de nueve. Así lo veía. --¿Querer a "esto"?__me dije__. Tenía el aspecto, en todo, al que vi en la jaula de mi coneja "Peluda": el que no crecía. Al que le faltaba una pata; al que hermanos y madre mantenían hambriento, aislado, sin lecho, agua, o la posibilidad de hacerse normal. --Madre de un conejo,--pensé--. ¡Qué barbaridad! Le toqué los ojos; lloró. Le azoté lo que parecía su cara, mil veces; lloró más. Lo dejé algún tiempo colgado en el aire. Ni aun así se moría. Después le busqué una gran vasija; lo vestí y lo puse adentro; luego, lo deposité en un aparador de cuarto con cama. Visitaba con frecuencia a mi feto. El tiempo y el recuerdo del otro en alcohol, me hicieron encontrarlo más normal; incluso comencé a quererlo. Decidí visitarlo con mayor frecuencia. Al cabo de un tiempo ya no me era, decididamente, ajeno. Crecía a mi lado, aunque dentro de su propio entorno. Poco a poco se iba haciendo...__creo que persona__y seguía su aumento. Por fin salió, por su cuenta. Aún seguía perpleja sin poderme explicar la razón de semejantes hechos. Los días discurrían rápidos. El feto ya enorme, de tamaño humano, normal, hacía su vida; aunque, nunca conseguía yo intuir en qué estaba pensando__tal vez por la falta de la cinta de unión que habíamos perdido. Por fin se independizó, totalmente. Vi que él, a su vez, se engordaba y se palpaba el vientre. ¿Y cómo ocurrió? Tuvo cría y quiso mantenerse fuertemente ligado; por eso, no cortó el tubo que le unía al nacido__yo misma lo vi__. Al tirar para acariciarlo, se encontró también con "el otro cordón"__aquel que ambos, el y yo, habíamos en su tiempo perdido. Sí, allí estaba: era de un color, no sé, negro o neutro. ¡Ah!... La llamada ininterrumpida del timbre a mi oído, me devolvió a la normalidad. Me toqué. Estaba empapada. ¿Era sangre, agua o alcohol? Al cuello, ahogándome, tenía el cordón del teléfono aullante. --Esto es lo que ocurre cuando el sueño te vence y piensas demasiado --me dije. --Sí. Dígame. --Sí, la misma. ........................ --Me alegro. Menos mal. --Ya veo. Todo fue una falsa alarma. No sabe usted el devaneo que tuve hasta que llamó. Fue pesadilla o simplemente mi sombra interior la que me sacó de casillas. De mi intenso sondeo, mal sueño o simplemente obsesión humana, me quedó: una fuerte duda y un trozo de cordón "casi roto" en la mano. siguiente página |
|||