Ropa limpia, Vergüenza, El feto y Casi

                                   Por MARIA SERGIA GUIRAL STEEN

ROPA LIMPIA

   Generalmente era yo quien llevaba la ropa a mi padre. Mi madre preparaba un saco blanco: un almohadón vulgar y corriente
donde ponía mudas limpias. Después, me recordaba las instrucciones de siempre: subir al tranvía con cuidado, hacer fila,
decir que era para... y al llegar a la reja final mirar con discreción, por si acaso estuviera por allí mi padre, cerca, pero al otro
lado. Quizá silencioso, pretendiendo hacer algún trabajillo, esperando. Y de esta manera cruzarnos sonrisas, miradas, y
cariños de ojos que tanto extrañaba. A la vuelta le podía contar a mi madre la hazaña. Después de salir, caminaba al
tranvía de la Plaza de España. Creo que valía una perra gorda. Luego, allá, en San Antonio, ya detrás del puente, tomaba
el del cementerio. Este solamente costaba una perra chica. Y era en este corto trayecto donde la gente me miraba más: la
pequeñez de mi edad, el bulto de ropa, y sobre todo, el rótulo que llevaba atado, indicando el nombre del preso, acusaba.
Aquellos ojos que me miraban sabían, y yo también, lo que la etiqueta de madera indicaba: "Tiene un preso en la cárcel." La
mirada de la gente denotaba aprensión, o vergüenza que yo debería registrar en mi cara, o tal vez lástima. El miedo a
poderse contagiar de algún virus que los portadores de sacos llevaran consigo, les podía más que la caridad; por eso, no
decían nada.
   Por mi parte, yo, me sentía muy fuerte; sabía que mi padre era bueno y los ojos de la gente no me intimidaban; aunque, sí,
me achicaban. Querían leer en mi cara y en el bulto de ropa, "de quién era"  y  "por qué..."Querían penetrar en algo de lo
cual yo ni siquiera tenía conciencia: su encarcelamiento.  
   El tranvía, caja hermética, lenta y torpe, era siempre el testigo de arribas y abajos. Antes del final del trayecto, en la
cárcel, la gente con bultos bajaba. Todos hacíamos el mismo viaje y llevábamos el mismo equipaje: sacos atados, con rótulos
de madera especiales, denunciando la misión que allí nos llevaba.
   Ya en la fila, en la puerta de entrada, solía quedarme medio oculta entre los cuerpos que avanzaban a la ventanilla, a la cual casi
nunca alcanzaba; decían el nombre, entregaban el saco, y luego esperaban por la ropa sucia. No sé con que frecuencia iba,
quizá una vez por semana; sólo sé que casi siempre era yo quien subía con la ropa a entregarla.
   En la segunda puerta, antes de llegar a la que separaba visitantes de presos, había una ventana enrejada. Hacia allí alzaba la
vista y, con suerte, veía a mi padre: limpiaba. Si no aparecía, terminado el intercambio de ropa, me iba a los pabellones de las
monjas. Las hermanas en cuanto me veían, me sacaban azúcar, aceite, arroz y patatas que luego ponía en mi bolsa. Si al salir
alguien preguntaba, ya sabía: "Un recado que me dio la priora para..." Aparte de llevarle a mi madre viandas, la razón secreta de
pasar al pabellón de las monjas era, para mí, tratar de ver a mi padre. Por sus privilegios, las hermanas se las arreglaban para
traerlo de su lugar designado a la residencia. Mi recompensa a una larga espera era poderlo abrazar. Venía cargado con algo, no
sé qué. Sólo sé que me tomaba en sus brazos, me apretaba contra el pecho... y me daba besos y más besos.
   -- Hija, ¿ Qué pasa en casa? --decía--. Tu madre, ¿qué hace? Tus hermanos...  Â¡Dime algo de ellos! Al pequeño lo
vi la semana pasada. Sabrás que le mandé una carta a tu madre. Le decía que os vi en un sueño que tuve, para así no
levantar sospechas de que en realidad os había estado contemplando en la fila de entregar la ropa.
   --Sí.   
   Recordaba al hombre que desde la ventana, risueño, se mordía la lengua de gusto, mientras pretendía andar ocupado. La
misma sonrisa que veo cuando cierro los ojos, ¡tan grata!
   De vuelta hacia casa, después de burlar suavemente a la Guardia Civil, centinela celosa de entrada y salida, mi madre sacaba el
botín y hacíamos fiesta. En aquel entonces había racionamiento de alimenticios básicos, pero yo, nunca dejé de tener
azúcar, aceite y patatas. Mi padre desde su cobijo, nos soñaba feliz, sonriendo, al tiempo que pensaba en mi madre, en la leche
dulce que yo disfrutaba, y en los purés de patatas rociados de aceite y no sebo, como el resto de la gente tenía que usar
cuando la ración se acababa.
   A la semana siguiente escuchaba otra vez:___ "Hija, que le tienes que subir la ropa a tu padre. Mañana el abuelo te llevará la
lata de aceite a la escuela. Te sales temprano y ya sabes..." __.
   Tenía solamente ocho años.
VERGÃœENZA

   --Retrocede --me dijo.
--Pero, ¿y por qué? A ver. ¿Por qué tiras de mí?
   --¿No ves a González, el sastre?  Â¡Date prisa!
   --Y... ¿de qué me escondo? Si tú sabes, dime.
   --¿De qué?  Â¿No lo sabes?
Hablaba mi cuerpo.
   --Había sentido como un latigazo en los muslos. Me quemaban. Me bullía un fuego interno: un río de lava.
   Había visto al sastre, aquel amigo nuestro. El que se casó después de nosotros. El que tenía la mujer delgada, de un
pueblo. La que nos invitó a filetes adobados y truchas, algunas semanas después de la boda. El mismo que le hizo a Enrique el
traje de novio; el que nos pensaba felices y llenos de éxito. El que compartía negocios y conversaciones en las sobremesas.
   Al verlo, mi cuerpo sin ningún aviso, tiró de mí hacia aquel patio oscuro.
   A pesar del intento de comunicarse conmigo, no lo comprendí.
   De vuelta, donde me alojaba, me volvió a decir:
   --¿Recuerdas las conversaciones entre tú y los González?
   --Sí, Carmencita y Ramón; el que viste, el sastre.
   --¡Ah! Las conversaciones.
   --¡Hablabais del primer encuentro. Tu futuro, el de tu marido, las glorias del viaje, la casa...En fin, ¡de un lugar en el cielo!
   --Las recuerdo. ¿Y a qué viene la retahíla de detalles y hechos, dime?
   --Mejor será que tu pienses en "por qué" regresaste.
   -- Que te diga... ¿qué?
   --Sí. Háblame de "lo otro". De lo que te escondes y de lo que buscas, de tu hambre.
   -- Vine porque... Vine porque estuve enferma, a recuperarme. Volveré tan pronto como... cuando...
   -- ¿A qué?
   --Me asustas. Cuando me tiraste hacia al patio, sentí un desencaje total.
   --¿Es que no te das cuentas? Me sometes a dolor, enfermedades y  amargura. Siempre cooperé contigo; pero, no puedo
más. ¡Que no quiero!  Â¡Que no estoy dispuesto a seguir!
   --¿De qué me escondías?
   --Te escondías tú. Yo sólo respondí al dolor oculto que no quieres ver. A la escisión que existe en tí misma.
   --¿Y qué es?
   --El fracaso de tus ilusiones. No hay tal amor o tal vida.
   Estaba de paso. Vine a buscar algo; algo que dejé antes de casarme; aunque... no lo supiera. Tal vez la pasión de vivir que
cedí en el intercambio, por lo que tenía. La careta...



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