Continuación
   

    --Ya no tienes tiempo, hijo de puta-- le dijo El Pili, y sacó definitivamente el punzón, limpiándolo en la camiseta del negro al tiempo que retiraba su toalla devolviéndola a su cuello como si nunca se hubiera movido de allí.  Se le acercó alguien a quien entregó el punzón y éste comenzó vertiginosamente a cambiar de manos hasta perderse en la multitud.
    Y de pronto, como un pistoletazo, se oyó el grito de La China:
    --¡El pan!  ¡Que no se manche el pan!-- y corrió a retirar el saco de yute que hasta ese momento había brindado algún apoyo al cuerpo de Ortiz. La mole negra y adiposa se desplomó estrepitosamente contra el mostrador para resbalar al suelo mientras los finos hilillos de sangre que habían comenzado a brotar por sus agujeros se convertían en un borbotón incontrolable.
    El grito de La China puso en movimiento a todo el barracón.  Se oyó el primer disparo de los centinelas y las puertas de la barraca se cerraron desde fuera, una vez que entraron los custodias.  Todos comenzamos a correr sin saber hacia dónde, pero guiados inconscien-temente hacia el camino contrario a las ráfagas, lo cual era difícil porque empezaron a sonar desde puntos diferentes.  En la barahúnda, percibí a lo lejos el brillo metálico de un machete en manos de un centinela. Ya los habían desenvainado: ahora comenzaba el "plan"1.
    Sin saber cómo, llegué a mitad de la barraca, al tiempo que sentía una mano que tiraba de mi pantalón por debajo de una mesa y una conocida voz que me decía:
    --¡Métete aquí abajo!
    Era La China.
    --¿Cómo llegaste aquí--. le pregunté--, e inmediatamente me di cuenta de que era una pregunta estúpida, de esas que solamente el miedo puede provocar.
Habría llegado como yo mismo, empujado por la multitud y sin necesidad de caminar, como cuando subes a un autobús en hora punta.
    -¿Cómo supiste que era yo?
   --Yo qué sé.  Me imaginé que eras tú, tal vez porque a los amigos se les huele y aquí no hay muchos a los que puedas llamar amigos.
    --Te doy las gracias, aunque estemos en este momento tan difícil._ 
Hice una pausa, guardé silencio, tragué saliva.--Ya empezaron a sonar los machetes.
    --Ahora Montesedín se dará gusto: le encantan las excusas.
    --¿Te has dado cuenta de que tiene nombre de medicina: Montesedín: igual a Broncosedín, Sedatusín.
    --¿Todavía tienes ganas de hacer bromas, Poeta?  Ya se te quitarán con lo que venga atrás.
    --No seas trágico, China. ¿Vas a reprocharme mi sentido del humor después de haber dicho lo del pan?
    --Pero sabes que es la verdad, mi vida.  Y en todo caso, sería "trágica" y no trágico, que para eso soy una mujer hecha y derecha.  Bueno, un poco encorvada aquí abajo...  Y lo del pan lo decía absolutamente en serio.  Si el pan de hoy se estropea, ¿qué comeremos mañana?   
--Loca precavida vale por dos hombres.  ¿Sabes que eres el mejor (perdón, la mejor) de este lugar?  Siempre me acordaré de ti.
    --Suenas a Jesucristo.  ¿Cuándo estés en el Reino de los Cielos?
    --No, cuando salga de aquí, que no será precisamente al Reino de los Cielos.  Y espero salir de aquí antes de irme a ese otro reino.
    --Ojalá tengas suerte y vayas a los dos lugares.  ¿Crees en Dios?
    --¡Vaya pregunta en un momento como éste! Bueno, creo que un poco, sí.  Lo que queda de la infancia, supongo, que nunca se abandona del todo.  Como la bicicleta, siempre sabrás montarla.  Siempre sabré rezar.  ¿Y tú?
    _¿Acaso lo dudas, mi vida?  Solamente los que viven bien pueden olvidarse de creer, y aquí, yo y todos nosotros, vivimos bastante mal.  ¿Crees que hay uno solo de estos matones que no hable con Dios un poquito todos los días?  O, por lo menos, con los santos, que, para el caso, es lo mismo.  Un poquito de agua con azúcar prieta para endulzar a Elegguá y ver si abre las puertas, nunca viene mal.
    --Pero las puertas están más que cerradas.  Clausuradas, diría yo.
    --¿Cómo vas a salir de aquí si no tienes fe?  ¿En qué quedamos, Poeta?  ¿Crees o no crees?
    --Sí, supongo que sí, pero nunca estoy muy seguro.  Bueno, en realidad nunca estoy muy seguro de nada en absoluto.  Y además  tengo la mala costumbre de no tomarlo en serio...
    Nos ensordeció de pronto el eco de un planazo dado justamente sobre nuestras cabezas, lo que nos hizo callarnos de golpe y abandonar una conversación que me parecía que iba andando camino del surrealismo por el tema y las circunstancias en que se desarrollaba.  Los disparos habían terminado, pero todavía se escuchaba el afilado sonido de los machetes sobre el cemento, el eco apagado de los planazos llanos dados contra las carnes de los presos y las imprecaciones de los custodias.  Habían logrado contener el desorden y devolver la pasividad y la obediencia a aquella masa violenta y peligrosa. Por la puerta abierta comenzaba a desfilar el ganado hacia el patio, bajo la vigilancia de los centinelas y sus fusiles.
    --¡Todos saliendo del escenario del crimen!  ¡Vamos, vamos!-- gritó un guarda muy cerca de nosotros.   --¡Moviéndose!
    Contuvimos la risa ante aquella terminología criminal de película americana de serie B.  Aunque era evidente que debíamos salir de nuestro escondite bajo la mesa, La China y yo continuamos nuestra conversación interrumpida, sin hacer caso.
    --¡Vaya frasecita...!--  comenté en voz baja.
    --¿De dónde la habrá sacado?  Verdad que suena rara.
    --Del cine.  O de Bretch, por eso del extrañamiento escénico.  Los centinelas también pueden superarse, compañero
   --No sé quién será ese último que has dicho, pero lo único que tienen que superar éstos es el alma.
    --Bueno, no seas tan exigente.  También tienen que estar a la altura de las circunstancias.
    --Si sigues por ese camino, vas a llegar a entregarte a los brazos de Montesedín y suplicarle castigo, como si fueras culpable de todo lo que pasa.

    Callé por un momento al ver las botas inconfundibles que se acercaban a nuestro escondite.  Ajeno o no a la peligrosa proximidad que se nos echaba encima, La China continuó.
    --Los reclusos y estos otros son la misma mierda_ sentenció. --La única diferencia es el cartelito que pongan en la letrina.
    Un custodia se asomó a nuestro escondite.
    --¡Ustedes dos, saliendo de ahí abajo!--  nos conminó.  Y, reconociendo a La China, añadió:  --Siempre se...   --Este compañero no es maricón-- contestó La China mientras comenzábamos a salir de debajo de la mesa.  Y para más agregó, con la vana intención de recomponer “mi honor”.  _Todo el mundo aquí sabe que el Poeta no es maricón, así que no tiene por qué llamarle así.
    Como primera respuesta, el centinela estampó un sonoro planazo sobre las nalgas de mi, al fin y al cabo, “compañero” de prisión.
    --¡Esto es para que no se te olvide que aquí los únicos compañeros somos nosotros!  Tú no te has ganado ese honor, ¡so yegua!--,  le gritó el guardia.  Y mirando hacia mí, me previno:   --Y tú, ándate con cuidado.
    La fuerza y el poder sólo se puede responder con la violencia o el acatamiento, y por lo general allí todos escogíamos lo segundo. Como el resto, comenzamos a desfilar hacia la puerta y salimos al patio.
    Al lado de la puerta un centinela le gritó a La China:
    --¡Miren quién está aquí!  ¡Te han matado el marido, maricón!
    --¿Pero qué dice éste?--  replicó La China.  -Yo todavía tengo gusto y selección, querido.
    Sobre un pie de La China resonó un disparo.  Su cara se contrajo de dolor  y  lanzó un grito que al mismo tiempo masculló y tragó con el insulto que le venía a la boca.  La otra boca, la del cañón, quedó humeante y satisfecha de la demostración de poder que todos habíamos podido contemplar.  Fusil y centinela eran una misma cosa, uno era la prolongación del otro, y no se sabía quién tenía más vida y cuál de ellos dirigía al otro.
    --¡Eso para que aprendas cómo tienes que dirigirte a un custodia, maricón!--, gritó el centinela.
    --¡Pero me desangro, llévenme a la enfermería, por favor!--.  dijo La China, mientras se apoyaba en mí y en otro preso que salió del montón, mientras el resto miraba haciéndonos un cerco como a Daniel y los leones.
    --¡Ahí te quedas hasta que todo haya terminado! Y si te mueres, te jodes: un maricón menos-- respondió el centinela, entre las risas de sus compañeros.
    Entre tanto, el cadáver del negro Ortiz fue recogido por cuatro reclusos que sostenían cada una de sus extremidades.  Llevado de esa forma, con su prominente barrigón chorreando y moviéndose de un lado a otro como una gelatina, parecía verdaderamente un cerdo listo para meter al horno.  Atrás dejaba un inmenso charco de sangre que se estrechaba al extenderse a lo largo del cortejo.  Ya casi saliendo del "escenario del crimen", se oyó desde el corro de los presos una voz que le gritó:


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