Dos cuentos


                                    Por DAVID LAGO GONZALEZ

¡El pan!  ¡Que no se manche el pan!


  A Roger Salas, con su permiso

No me gustan las colas.  Nunca me han gustado.  Antes de estar aquí, traté siempre de esquivarlas; prefería privarme de las cosas antes de pasarme horas, noches o días esperando que la suerte me acompañara en la compra de algo que, en fin de cuentas, tampoco coincidía con nada verdaderamente codiciado.  Las colas son una humillación.  Y, además, un monstruo capaz de todo, una especie de boa que, cuando se enfurece, se traga todo lo que encuentre en su camino.
     Aquí he andado con cierta suerte. Salvo alguna que otra pequeña hilera que esporádicamente he tenido que sufrir en las duchas o en la reglamentación de las visitas, en realidad puedo decir que no he sido víctima de las colas sino, por el contrario, el victimario, y con el tiempo he devenido en uno de los objetivos de la cola o, al menos, uno de los que facilita la razón por la que todos esos hombres, día tras día, allí fuera, se colocan en fila con relativa disciplina y soportan con estoicidad el frío de las horas tempranas, la lluvia o la humedad pegajosa de este clima.  Al trabajar en la cocina, alterno el protagonismo en los servicios de desayuno, almuerzo y comida con otros compañeros, lo que nos convierte en seres privilegiados, y diferenciados y, al mismo tiempo, nos hace propensos a ser objeto de envidia, odio, maldiciones, chantaje y amenazas.  Al fin y al cabo, por todo se paga un precio.
    Pero la cola de aquel día tenía algo singular y era la lentitud.  Se movía con una pereza espantosa, como si esa mañana todos se hubieran puesto de acuerdo para despreciar aquello que libérrimamente llamábamos desayuno, y que en muchas otras ocasiones era arrancado de nuestras manos como si de un manjar se tratara.  Tal vez aún llevaban en el cuerpo el frío de la noche anterior, que, punzante y persistente nos había devuelto a la oscura realidad de la madrugada, más oscura aún que nuestros propios sueños, y que había hecho extender por todo el barracón una musiquilla desacoplada, un ronroneo de gatos encerrados. Pero aquellos rostros y aquellas manos ofrecían, además, una resistencia involuntaria, acaso la sombra de un presentimiento que cruzaba por sus ojos, principalmente esquivos, sinuosos.  ¿Cuántos sabrían, para cuántos aquel día sería uno igual a todos los anteriores?  ¿Para cuántos sería el último?  En la cárcel, la muerte era algo tan cotidiano y natural como respirar y podía acaecer por la menudencia más insignificante.
    Detrás del mostrador, estábamos Rosa La China, Miguelito Ortiz y yo.  Los tres habíamos llegado allí por diferentes motivos: La China por algo relacionado con su sexo, que evidentemente era el tercero, y yo por haber escrito un libro de poemas bajo el título de Lobos y que, sin saber cómo ni por medio de quién, había caído en manos de alguien que no apreciaba suficientemente bien la poesía.  A Ortiz se le atribuían homicidios, robos ("con fuerza en las cosas", siempre me ha gustado el término, que me parece más sexual que delictivo), ajustes de cuenta, compraventa de marihuana y una larga lista de delitos que se repetían a lo largo de los años y de los que sólo él sabría detallar con absoluta precisión.  Nadie le quería, pero eran muchos los que le temían por su fama de matón y pendenciero.  Yo tampoco era excesivamente popular y, por supuesto, por el contrario de Ortiz, nadie me temía; simplemente me dejaban a un lado, como si no existiera; yo comprendía que, en realidad, lo que me había salvado en muchas ocasiones es que era, y sigo siendo, demasiado feo para ser violado ni para ser objeto de intercambios de leche condensada por un culo, de modo que en medio de tanta violencia había podido garantizarme a mí mismo, gratuitamente, un mínimo de paz y seguridad.   En mi caso particular, se podría aplicar ese estribillo que dice la canción:  "Feo, que me digan feo.  La suerte del feo todos la desean: ¡feo!".  Además, eso de escribir poemas esta gente no lo entendía muy bien.
    En muchos casos --en la mayoría, más bien-- era difícil lograr conocer las razones que habían originado las sentencias de tantos hombres porque todos las justificaban y ofrecían atenuantes y excusas y la culpa siempre terminaba cayendo sobre otro o quedaba suspendida sobre cosas tan poco precisas como la vida o el destino o cualquier maleficio del que habían sido objeto.  Siempre había un maleficio en alguna parte, la brujería de una mujer despechada.  Algunos no conocían otra vida que ésta y siempre buscaban pretextos para que cargaran sus sentencias con más años; a éstos la cárcel les facilitaba un protagonismo que, una vez fuera de ella, se difuminaba; se sentían inflamados por la morbosidad de un poder que no se extendía más allá de los muros o las cercas, o de una parte de ellos, y se pavoneaban por su territorio como el gallo en un gallinero.  La posesión de estos territorios era la causa más frecuente de las disputas.
    El mostrador era una larga losa de cemento prefabricada, al igual que las mesas y los bancos.  En el verano, cuando el vapor reverberaba sobre el campo, era agradable poner las manos sobre ellos porque su superficie siempre se mantenía fresca, pero en el invierno este contacto producía escalofríos.  En el extremo opuesto al mío estaba La China, era el último por el que había que pasar, pero repartía lo que todos preferían más: el agua sucia que calentaba momentáneamente los estómagos.  A La China le gustaba ser el personaje más querido, o, al menos, el más codiciado durante los veinte o treinta minutos que duraba el desayuno.  A él también le agradaba el protagonismo, pero en una vertiente diferente, y la asiduidad con que los hombres repetían su mote durante las pausas de las comidas le hacía sentirse particularmente dichoso, de buen humor e ingenioso.  Yo, en primer plano, entregaba los jarros de aluminio y las cucharas soperas que se utilizaban para remover el agua y el azúcar prieta.  En el transcurso de esta representación matinal, invariablemente se interponía entre el cuerpo de La China y el mío y entre nuestra afable amistad, el barrigón del negro Ortiz que, descansando groseramente sobre el cemento gris del mostrador, asomaba por debajo de su camiseta enguatada.  En este espectáculo le acompañaba un enorme saco de yute, del que sacaba los trozos de pan cortados con anterioridad y que él repartía mecánicamente, de vez en cuando dejando caer uno más según sus preferencias o compromisos.
    No se cruzaban muchas palabras en las colas de la mañana, excepto cuando alguno que no estuviera suficientemente protegido por otro más fuerte se le ocurría osadamente tratar de adelantarse.  Pero, por lo general, la gente no es muy dada a hablar cuando todavía se lleva en la boca el sabor de los sueños o la vigilia y el aliento que dejan las sábanas, y no suele mostrarse de buen humor a las seis de la mañana, ni siquiera en situaciones normales. De modo que no era de extrañar que el húmedo frío aumentase la acritud que ya, por sí sola, provocaba el encierro y el continuo contacto de miles de hombres a los que los largos días, meses y años habían enseñado que la mejor manera de hacer frente a aquello y ver cómo escapaba el tiempo era dejando de pensar.
    Como cada día, en la cola venía El Pili, un pinareño alto y fuerte, de piel pecosa y pelo azafranado y rizado, que había sido traído desde la prisión de Camagüey donde estuvo castigado por participar en una reyerta que no había provocado.  Era un personaje solitario, casi huraño, pero en las raras ocasiones en que se decía que lo hacía, brindaba una amistad sincera y sólida, que se extendía más allá de la muerte.  Nadie sabía por qué estaba preso ni los años en que estaba cifrada su condena, pero todos sabían que había jurado públicamente vengar la muerte de su amigo Ñico, acaecida cuando éste, El Pili y Miguelito Ortiz, compartían el mismo barracón en otra granja penitenciaria. Nunca se había sabido oficialmente quién le había matado y las autoridades de aquella prisión, después de las represalias generales, habían echado tierra al asunto pensando tal vez que algún recluso tomaría la justicia por sus manos y que estas muertes contribuían a sanear las cárceles y la sociedad de seres molestos e irremediables.  Dos días después de aquel suceso, Ortiz comenzó a ser visto en compañía de un jovencito que había sido amigo inseparable del Ñico.
    El Pili llevaba una toalla que asía en torno a su cuello fuertemente.  Pasó por mi sitio, le entregué el jarro y la cuchara y cuando llegó frente a Ortiz los dejó sobre el mostrador sin tomar a cambio el pan que éste le había deslizado sin mirarle.  Ortiz alzó la vista y al mirarse a los ojos por primera vez en muchos meses, los dos reconocieron que había llegado el momento en que todo cambiaría para ellos.  También los demás lo sentimos e intuitivamente, pero como si a la escena se le hubiera despojado de agilidad y sonido, nos fuimos separando de ellos dos.  Por un momento se detuvo el tiempo y nuestros gestos quedaron congelados, colgados de la expectación.  Las aletas de la nariz chata de Ortiz se tensaron alargándose a lo ancho de la cara, como un pez que intenta respirar fuera del agua, y en un instante, la toalla del Pili cambió de lugar, casi cerrándose alrededor del cuello del negro y obligándole a inclinarse sobre el mostrador, mientras sus ojos y su boca muda insinuaban una mezcla de ruego y reconciliación y buscaban evidentemente alguna evidencia de amparo.  El fino punzón que había llevado oculto en la toalla apareció en la mano derecha del Pili y en un segundo se hundió certeramente en el pecho de Ortiz, cediendo fácilmente, como si el corazón en el que se encajaba hubiese sido blando y suave, incluso dulce.  Lo retorció en todas direcciones: de arriba abajo, de izquierda a derecha, haciéndolo girar varias veces.  Lo sacó y volvió a clavarlo.  Lo sacó y volvió a clavarlo.  Lo sacó y volvió a clavarlo.  Así no sé cuántas veces, mientras seguía sosteniéndole con la toalla, y la cara de Ortiz pasaba de su color achocolatado al morado intenso.  Abría la boca repetidamente, cada vez que El Pili le hincaba el punzón, pero sólo salía un estertor que intentaba articular algo, tal vez un insulto, tal vez la promesa de una venganza o una simple rogativa ante la muerte que se le avecinaba inminente.





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