Canek Sánchez Guevara - Presentación
_________________________


¿Quién es el nieto de Ernesto Che
Guevara?



Todo comenzó con una carta respuesta de Canek Sánchez Guevara a la
revista mexicana Proceso. En la misma, Canek, el nieto del guerrillero Che
Guevara, expresa claramente sus puntos de vista sobre Fidel Castro, su
revolución y el rechazo que le producen. Nacido en Cuba y residente en la
actualidad en México, Canek no puede evitar, sin embargo, que los temas
políticos (de los que preferiría estar alejado, dice) lo envuelvan. Su
respuesta a Proceso generó enseguida una ola de mensajes en el Internet: los
cubanos del eexilio recibieron con sorpresa y benplácito las respuestas del
joven, y pronto se estableció el contacto con él. Carlos M. Estefanía,
director de la revista Cuba Nuestra que se edita en Suecia, por "los hijos
rebeldes de la Revolución", como ellos se autotitulan, publicó íntegra la
carta-autobiografía que Canek tuvo la amabilidad de enviarle.
Como su lectura me conmovió, quise escribirle yo también y pedirle
autorización para publicar en LLM ese
texto revelador. Su carta a Stefanía es un muestrario de vivencias y
expresión de esa necesidad de sacudirse de encima los mitos de la revolución
de la que su abuelo fue parte crucial. Ante nosotros tenemos ahora a un escritor
nato, a un hombre que se piensa y piensa su mundo, nuestro mundo cubano.
Muestra de que no me equivoqué cuando hace unas semanas le escribí
pidiéndole autorización para publicar su texto en LLM, es la carta que van a
leer aquí. Canek no me dio la callada por respuesta, como se ha puesto de
moda entre algunos.
Gracias a Canek por su amabilidad, por sus opiniones, por todo lo que cuenta,
por poner ante nuestros ojos el tablero de su vida. Por su amistad. Y gracias
también a Carlos M. Stefanía, y a Cuba Nuestra, por comenzar este
intercambio de correspondencia.

Belkis Cuza Malé
Directora de LLM



Carta de Canek Sánchez Guevara:


Querida Belkis: Ante todo, una gran disculpa por mi imperdonable tardanza.
Pasé una semana en un pueblito perdido enla sierra y ni hablar de internet por
allá. Señora, no sólo tiene mi permiso para publicar tales textos, sino
ofrezco mi colaboración plena (excepto en lo económico pues mi bolsillo no
lo permite, es la verdad) con su revista y su institución.
Admiro a todas aquellas personas que se dedican con ahínco a la difusión
cultural, a la divulgación del saber artístico, y en cuanto a su imposibilidad
para pagarme... no se preocupe, en este tipo de revistas es donde suelo
publicar. Me siento como en casa...
Me honra profundamente la invitación a publicar en su revista, no sólo por
usted misma (la calidez de sus palabras desborda a la fría electrónica) sino
también por el gran Padilla, a quien muchos aprendimos a amar a escondidas
en la bella isla.
En fin, estimada Belkis, publique y republique tales textos y, si por ventura los
traducen, por favor, hágame
llegar una copia, si es posible.
Reciba pues un gran abrazo y toda mi admiración


Canek.
=====================================================
=====
A Carlos M. Stefanía, director de Cuba Nuestra, en Suecia.


Estimado Carlos Manuel:
Cuando recibí tu correo pidiéndome una biografía me sentí como un
prócer que nada ha hecho y se ve obligado a llenar unas cuantas páginas en
el libro de texto con hazañas imaginarias. Por fortuna mi heroísmo se limita
a la simple supervivencia, y mis hazañas, tan imaginarias que ni me imagino
contándolas...
........
Nací en La Habana en 1974, en una casona en Miramar, sobre la Quinta
Avenida: en resumen, en plena Aristocracia esquina con Burguesía. La vida
en casa, empero, era cualquier cosa menos aburguesada. Además de mis
padres (Hilda Guevara Gadea y Alberto Sánchez Hernández) habitaba el
lugar un grupo de guerrilleros mexicanos llegados a la isla un par de años
atrás. Ellos no eran Técnicos Extranjeros ni nada por el estilo, eran unos
malditos revoltosos que estaban en Cuba —digamos— sin haber sido
invitados por el gobierno (en otras palabras: secuestraron un avión en
México y aterrizaron en La Habana; para hacer corta la historia). Creo que
vivíamos unas doce o quince personas en aquella casa, no sé bien —por
supuesto, mis recuerdos de aquella época no son míos, sino recuerdos de
los recuerdos de otros; recuerdos de conversaciones, pues—. En algún
momento los revoltosos mexicanos (comunistas, anarquistas, socialistas
libertarios, qué se yo) decidieron que esa realidad socialista distaba mucho
del ideal de libertad que ellos tenían, así que mandaron a la mierda la
realidad y se largaron de Cuba en pos de la Idea (creo recordar que alguno de
ellos, incluso, fue invitado a salir del país…). Y allá nos fuimos todos —me
llevaron, quiero decir—, hasta la lejana Italia.

Durante los años setenta Italia era un hervidero de refugiados
latinoamericanos de todas las tendencias de la izquierda. No “refugiados�
en el sentido pasivo del término, sino militantes de sus respectivas causas en
el exilio. Había argentinos, colombianos, nicaragüenses, salvadoreños,
peruanos y sí, mexicanos también. Qué hacían mis padres en Italia es
algo que no concierne al texto en cuestión, baste saber que cuando me
preguntan algo relacionado con canciones infantiles, siempre respondo:
Bandiera Rosa... Sí, creo que Bandera Roja y La Internacional fueron las
primeras canciones que aprendí de niño. Recuerdo (no sé por qué)
que en esos años llevaba siempre colgada del cuello una tira de cuero negro
con un puño verde olivo. Tengo vagos recuerdos también (como flashazos)
del minúsculo departamento que habitábamos en Milán. En serio
minimalista...

Cuando tenía cinco años mi madre y yo volamos a La Habana. Durante
varios meses (y ya sabes como es el tiempo en las Eras Infantiles: un verano
puede ser infinito y un año entero apenas un segundo) vivimos en un
apartamento en un edificio recién estrenado, justo tras el hotel Riviera. En
realidad eran dos edificios, de esos que llaman de Microbrigada, de unos siete
pisos, pequeñas ventanas y balcones aún más chicos. Y yo la pasaba de lo
más bien: había tantos niños con los que jugar, tanto sol y tanta vida...

Bien, ese año en La Habana asistí al preescolar y francamente, no tengo
muchos recuerdos de la escuela... En realidad sí: recuerdo los días de
vacunación (no tienes idea de lo cobardón que era —soy— para las
inyecciones). Recuerdo también a un par de gemelos (jimaguas) que eran un
verdadero desastre juntos, y ahora me vienen a la memoria las interminables
repeticiones de ejercicios caligráficos. En fin, cosas de preescolar.

Terminado ese curso, mi madre y yo viajamos a Barcelona para reunirnos con
mi padre. Habían pasado pocos años desde la muerte de Francisco Franco
(estoy hablando del setenta y nueve u ochenta) y las izquierdas estaban, como
quien dice, desatadas. Mis padres siempre colaboraron con sindicatos y
publicaciones diversas, tanto periódicos como revistas de izquierda.
Colaboraron profundamente, quiero decir. El caso es que crecí entre salas de
redacción y manifestaciones de tres días; el cuarto oscuro de revelado y un
concierto de rock; entre mesas de diseño e interminables discusiones sobre el
sujeto y el objeto de la revolución. Estudié el primer año de la primaria en
una escuela bilingüe (castellano-catalán) de acuerdo con el discurso
libertario de la época en España: el rescate de las Autonomías y sus
valores culturales, comenzando por la lengua, claro. Recuerdo a mis amigos
argentinos, hijos de unos refugiados amigos de mis padres, y recuerdo
también las abiertas discusiones que los adultos sostenían por encima de la
mesa —y los vinos— sobre la revolución permanente, mundial, en un sólo
país, no sé; y siempre citando nombres en ruso, alemán, italiano o
francés (vamos, no recuerdo qué discutían, sino el hecho de discutir —
algo que, por supuesto, pasó a formar parte intrínseca de mi ser). Yo no
entendía nada, y para serte franco, tampoco me interesaba: si Batman lucha
por el bien, de qué se preocupan estos tontos, pensaba yo...

Mi padre pudo volver a México cuando el presidente López Portillo dictó
una amnistía general para todos los involucrados en los movimientos armados
de los setenta. Mi madre tenía siete meses de embarazo y yo siete años de
edad. (Aquí debo aclarar que apenas dos años atrás, cuando salimos de
Italia, pude decir abiertamente los verdaderos nombres de mis padres, siempre
sujetos al rigor del clandestinaje. Mi familia entonces eran los compañeros de
ruta de mis padres, y sus nombres —los de todos ellos— otros muy distintos
a los verdaderos...) Mi hermano Camilo nació en Monterrey, la ciudad de la
que es mi padre y en medio de la numerosa familia paterna, tan ajena y
acogedora a la vez: lo desconocido para mí.

Poco antes del primer cumpleaños de mi hermano nos mudamos a la ciudad
de México —una mole impresionante que contiene un mundo alucinante—
y mis padres, por ironía o yo-que-sé, me inscribieron en una escuela de
nombre José Martí. Mi hermano era asmático y yo estudié un año y
medio en esa escuela. (Ya sé que una cosa no tiene relación con la otra,
sólo intento resumir dos hechos en una sola frase). Camilo pasó su segundo
cumpleaños en una cámara de oxígeno en el hospital cercano a casa, y la
casa —toda— medía unos siete metros de largo por cuatro de ancho: la
sala era también la habitación de mis padres, con la cocina a un lado,
apenas separada por una barra o una mesa, no recuerdo. El micro-mini-nano
baño y una estrecha habitación que compartíamos Camilo y yo
completaban nuestro hogar. Tuve tres buenos amigos cuando viví en ese sitio;
uno de ellos murió, no regresó de las vacaciones y cuando le pregunté a su
mamá por él, ella se echó a llorar. Después mi madre me explicó. Fue
mi primer contacto con la muerte. He perdido a muchos amigos. (El
enfrentamiento con la Muerte, afirma Savater marca el inicio del pensamiento en
el humano. Cuando por primera vez se piensa en la muerte, se Piensa, en
realidad, por vez primera porque la muerte despierta la conciencia de la vida,
despierta el miedo y despierta las preguntas también…)
Terminé la primaria en la ciudad de México, en una pequeña escuela de
la que tengo buenos recuerdos y en la que hice buenos amigos. Por entonces
vivíamos en el sur de la ciudad, en una unidad habitacional con cuarenta y
siete edificios, lo recuerdo bien. Estaba cerca de la Universidad Nacional, así
que vivían algunos profesores e investigadores de dicha institución... con sus
familias, claro. Durante las dictaduras latinoamericanas de los años setenta,
México acogió a muchos perseguidos políticos de diversas
nacionalidades, sobre todo argentinos y chilenos. Algunos de ellos encontraron
trabajo en la UNAM, y unos cuantos vivían en los edificios cercanos al mí
o. De hecho, mi mejor amigo en esa época era un chileno a quien recuerdo
con mucho cariño... nos hemos visto un par de veces después, seguimos
siendo amigos. Entre nosotros teníamos un pacto, un secreto que nadie más
debía compartir: éramos comunistas... (es decir, sabíamos que había
algo diferente en nuestro pasado, en nuestra historia, y teníamos la vaga idea
de que un vago sentimiento de justicia justificaba esa diferencia... En fin, todo un
trabalenguas infantil).
Mi madre, mi hermano y yo nos fuimos a vivir a La Habana en el verano de
1986, e inmediatamente después, entré a la secundaria Carlos J. Finlay, en
Línea y G, en pleno Vedado. Honestamente, fue un choque tremendo. No
tanto por las diferencias tangibles, materiales, como por las otras, las
incorpóreas, las no-cósicas: de ser la revolución una utopía o una
conversación, se convirtió para mí en una realidad absoluta.
Entendámonos, yo no entendía un carajo de la revolución, tan sólo intuí
a que era el núcleo de nuestra vida (de la vida que yo había vivido con mi
familia) y que se trataba de algo de lo que sólo se hablaba en voz alta cuando
se estaba en confianza. De hecho, mi relación familiar con Ernesto Guevara
nació en Cuba, donde irremediablemente fui bautizado como El Nieto del
Che, y eso ya a los doce años.

Me costó mucho aprender a lidiar con esa suficiencia revolucionaria tan llena
de carencias, con ese discurso que se contradecía al abandonar el aula y con
la maldita obsesión de algunos de mis profesores con que yo tenía que ser el
mejor. Por otra parte, recuerdo con especial cariño a mi maestro de
Español, a quien le agradeceré siempre la severidad con que revisaba mis
trabajos; a cierta profesora de Matemáticas con quien de inmediato hice
amistad, y a otro más de la misma asignatura, que era serio y jocoso a la vez;
recuerdo a una profesora de Química de quien no aprendí mucho pero me
caía muy bien y a una de Fundamento de los Conocimientos Políticos que,
involuntariamente, me hacía pensar.

Ser El Nieto del Che fue sumamente difícil; yo estaba acostumbrado a ser yo,
a secas y de pronto comenzó a aparecer gente que me decía cómo
comportarme, qué debía hacer y qué no, qué cosas decir y qué
otras callar. Imagina, para un preanarquista como yo, eso era demasiado. Por
supuesto, me empeñé en hacer lo contrario. Mis padres me educaron
(como a mis hermanos) con absoluta libertad. De hecho, a veces pienso que me
educaron para ser desobediente... aunque quizás sólo esté buscando
excusas, no lo sé. Lo cierto es que pronto comencé a sentirme a disgusto
con tal situación. Vivíamos en un apartamento amplio y confortable (quizá
el único inconveniente es que estaba en un piso doce y el ascensor pocas
veces funcionaba) pero bastante alejados de la nomenclatura. De los pocos
contactos que tuve con la “alta sociedad� cubana no tengo recuerdos
memorables (y no incluyo aquí a los buenos amigos que encontré en esos
estratos: pocos pero sinceros), a no ser por el gusto amargo que me quedaba al
comparar sus palabras y su forma de vida con las palabras y la vida del llamado
Pueblo. Pero yo apenas me hacía adolescente, las valoraciones las hago
ahora, en aquel momento no las comprendía del todo. No quiero que pase
por tu cabeza la idea de que yo era un niño superdotado o algo por el estilo,
sencillamente fui educado en el análisis, y el análisis decía que algo andaba
mal, ¿entiendes? Digamos que sabía sin comprender; o que comprendía
sin saber a ciencia cierta qué demonios ocurría a mi alrededor. Porque yo
no vivía encerrado en una burbujita de cristal, de ninguna manera. Mis amigos
vivían en el Vedado mismo, o en Centro Habana, o en Marianao, o en
Miramar, o en Alta Habana, o en Alamar o en La Lisa. Mi vida no quedó
circunscrita al discurso oficial, si bien formaba, consciente o inconscientemente,
parte de ese discurso... Asistía a conciertos de rock (semiclandestinos mas
tolerados... a veces), vagaba por la ciudad como uno más de sus habitantes;
era joven y por ello sospechoso. ¿Sospechoso de qué? Pues eso, de ser
joven, supongo. A veces me detenían en la calle y revisaban mis papeles y
mis pertenencias, y una vez me revisaron el culo. En serio, recuerdo que estaba
en la cola de Coppelia y se me acercó un tipo vendiendo pastillas
(psicotrópicas, claro). Le dije que no quería y en cuanto dio dos pasos me
cayeron encima. Me llevaron a los baños de la heladería, hicieron que me
desnudara y me obligaron a hacer cuclillas mientras uno de ellos, con su
uniforme de civil (la sempiterna guayabera blanca) se asomaba a ver si alguna
pastillita asomaba por el ano... Qué obsesiones las de los policías...

En fin, era yo un greñudo más, un “desafecto�, “antisocial� y
algo muy cercano —según los cánones policíacos— a un lúmpen.
Claro que no lo era pero eso no importaba, y además en cuanto salía a
relucir mi árbol genealógico, simple y llanamente me soltaban, no sin antes
recordarme que esas no eran las actitudes que se esperaban de alguien como
yo: El Nieto del Che no podía frecuentar tales compañías; en otras
palabras, que no me juntara con el pueblo, que no me contaminara con ellos.
Comencé a comprender que Pueblo es una hermosa abstracción que tiene
múltiples usos, sobre todo retóricos... Tendría yo unos quince o
dieciséis años y por entonces ya había abandonado el Pre.
Sí, como tantos otros estudiantes de mi generación fui un desertor escolar.
Navegaba con bandera de NadaMeImporta entre otras cosas para restarme
importancia o, mejor aún, para restarle importancia a la imagen que de mí
se esperaba (si es que a estas alturas se esperaba algo de mí). Por esos
años adquirí la costumbre de discutir, aún en términos superficiales,
sobre lo real y lo simbólico, sobre el fondo y la forma, sobre la esencia y la
apariencia. Comencé a enamorarme de las palabras y de las ideas. Me
apasioné con Kafka y —lo admito con rubor— el primer pensador que en
verdad me “llegó� fue Schopenhauer, tan antitropical él. Me
interesaban por igual el rock y el mito de Trotsky, los dadaístas y el sonido
electrónico; y al mismo tiempo, todo me daba igual. Era un chico un tanto
silencioso: no triste ni nada de eso, por el contrario, siempre he sido feliz; quiero
decir que era bastante introspectivo: Existencialista, decían mis amigos
mayores, y aunque a mí no me quedaba muy claro qué significaba aquello,
la palabrita me gustaba.

Comencé a interesarme en las formas culturales, a leer sobre pintura y
música, a hundirme en novelas y películas, ensayos filosóficos y teorías
artísticas; no sé, simplemente a buscar. Mi lucha, empiezo a darme cuenta,
siempre ha sido cultural: digamos que el hombre es hombre a pesar de sí
mismo, pero se hace plenamente humano por encima de su ser. Ser lo que
somos es natural; lo cultural entonces, es preguntarnos qué somos, a dónde
vamos, y también de dónde venimos. Y cuando afirmo que soy un hombre â
€œcultoâ€� no refiero con esto al sentido aristocrático que se oculta tras el
término; entiendo por hombre culto a aquel que sabe que además de su
propia cultura hay otras más, ni mejores ni peores, tan sólo diferentes. Y en
Cuba, Carlos Manuel, ambos lo sabemos, la dictadura es también cultural.
O, ante todo, quizás... (Recuerdo ahora un acontecimiento que al igual que a
tantos cubanos, me marcó como hierro candente. Me refiero al telenovelesco
juicio al General Arnaldo Ochoa, a los hermanos De la Guardia y demás
implicados en el tráfico de drogas, marfil, diamantes y divisas. Si utilizo el
término “telenovelesco� es sólo para acentuar el modo en que yo lo
viví: a través del televisor, noche tras noche, a las ocho en punto,
esperando un desenlace que de antemano conocíamos, con el morbo
exacerbado y ese desagradable tonito inquisitorio que permeó todo el (pre)
juicio… Entendámonos, no insinúo que esos hombres fueran inocentes, sino
que a todas luces sus superiores conocían tales manejos. A nadie podía
caberle en la cabeza (a menos que el cerebro dejase mucho espacio libre
dentro de la cavidad craneana) que el mismísimo Comandante no estuviera al
tanto de todo el asunto. Evidentemente se trató de una operación de Estado,
como muchas más que hemos presenciado; una operación destinada a
procurar de preciosos dólares al gobierno cubano… Nadie en su sano juicio
podía aceptar tal locura, tamaña farsa, tremenda broma de pésimo
gusto. Sin embargo, mucha gente perdió el juicio en esos meses… Se hací
an los locos, para decirlo en buen cubano; admitieron a pies juntillas la mentira
judicial pero, ¿qué otra cosa podían hacer? Yo tampoco decía en voz
alta lo que pensaba, lo comentábamos entre los amigos, nada más. Lo
discutíamos como uno de los tantos temas que por entonces nos interesaban:
las tetas de Fulanita o la fiesta de mañana, la proyección de Metrópolis o el
concierto de Carlos Varela, no sé… Se discutía mucho pero nada se
decía: ¿Cómo expresar la ausencia de expresión; ésa que silencia al
individuo y lo vuelve zombi parlante?)
Después viví en El Cerro, en un minúsculo apartamento a unas cuadras
de la Biblioteca Nacional, donde por cierto trabajé: restauraba libros.
Olvidé decirte que entre los quince y los diecisiete años fui aprendiz de
fotógrafo, primero en Juventud Rebelde y luego en Granma (además de
adentrarme en lo que, con algo de autoelogio, se da en llamar fotografía artí
stica). Edité junto con algunos amigos una pequeña revistita fotocopiada
dedicada al rock (unos pocos ejemplares, nada más), y comencé a escribir.
Debo decir que todo esto lo hacía con la mayor ingenuidad del mundo, no
como parte de un plan maestro sino con la espontaneidad del antojo. Me
interesé por las vanguardias artísticas, culturales, estéticas, y también,
claro, por las ideológicas y políticas. Me hundí en los ismos, he de
admitirlo. Empecé a dedicarme al diseño gráfico, al tiempo que hacía
fotografía, componía música y escribía pésimos poemas â
€œabstractosâ€�. Me hice buen lector y poco a poco, editor.

En 1996 salí de Cuba, un año después de la muerte de mi madre y a
diez de mi llegada a La Habana —mi hermano salió de Cuba justo después
de la muerte de Hilda—. Salí con el corazón hecho mierda y las ideas
más revueltas que cuando llegué: había vivido desde los doce hasta los
veintidós años ahí. Me hice en Cuba: la amé y la odié como sólo se
puede amar y odiar algo valioso, algo que es parte fundamental de uno...
Ahora vivo en la ciudad de Oaxaca, en México, alejado voluntariamente de
la comunidad cubana en este país, y del exilio en general —debo admitirlo,
me harta la sola idea de dedicarme a hablar de Cuba: me interesan tantas cosasâ
€”. Soy diseñador, editor, a veces promotor cultural o crítico de la cultura,
según el caso. Colaboro con algunas publicaciones culturales o políticas;
sigo componiendo música y me involucro en discusiones artísticas. Estoy
editando una revista cuyo número 0 está pronto a aparecer (se llama El Ocio
Internacional y aparecerá en papel y en internet a la vez —ya les avisaré):
una revista dedicada al análisis y la discusión cultural; y además, escribo
una novela, La inmortalidad del cangrejo, de la cual llevo unas 280 cuartillas.
(En 1996 publiqué un librito titulado Diario de Yo —que para colmo ni
siquiera es un diario—, texto que pronto pondré en red por si a algún
despistado le interesa… La publicación corrió a cargo de una pequeñí
sima editorial hoy desaparecida y hasta donde yo sé, no se vendió un sólo
ejemplar, lo que aumenta mi orgullo anticapitalista... Je.)

En cuanto a mí... ¿qué puedo decir? Sólo soy un egoísta que aspira a
ser un hombre libre. Un egoísta que sabe que el Egoísmo nos pertenece a
todos y que éste ha de ser solidario si se quiere pleno: en otras palabras, que
mi libertad sólo es válida si la tuya también lo es, si mi libertad no aplasta
tu libertad ni la tuya a la mía... Como decían los Sex Pistols: And I am an
anarchist...

Como ves, estimado Carlos Manuel, se trata de la biografía de un inútil. Si
no puedo plantear mi vida como una secuencia de logros, premios y demás es,
simple y llanamente, porque no los tengo. Vivo de acuerdo a mis propios
valores, hago lo que me gusta hacer. En definitiva, soy feliz. Espero, amigo
Carlos, que logres extraer de este enredillo unos cuantos datos que sean de
utilidad a ti y a tus lectores.
Un abrazo fraterno
Canek Sánchez Guevara
<caneksanchez@yahoo.com.mx>

___________________
Canek Sánchez Guevara (Cuba, 1974), diseñador, escritor y compositor,
vive en México. Es el nieto del guerrillero Ernesto Ché Guevara.







Linden Lane Magazine (c) Todos los Derechos Reservados, 2004
Indice