| Sonia la rusa Benigno Nieto A mi sobrina Ibis, por el regalo del cuento. Cuando tocaron el timbre, Dalia le abrió la puerta a un muchacho de rizos largos y rubios, recogidos como una cola de caballo. Era el cuarto cliente de un día que sería muy movido en asuntos de negocios. La escalera ya lúgubre que había subido el muchacho de los rizos lo condujo hasta el Acuario, donde Dalia y Mario vendían sus peces ornamentales. Mientras interrogaba cortésmente al visitante, ella lo observaba con sus inteligentes ojos amarillos. Dalia nunca dejaba de estudiar a un visitante, y, aunque no paraba de parlotear, poseía el don de adivinar si era un comprador de verdad o un confidente de la policía. En su primera visita, ella adivinó que el muchacho de los rizos no estaba tan necesitado de comida para sus peces, como de curiosear en el nuevo sitio de venta en el Vedado. Lo que nunca pudo presentir entonces fue que Mario y el muchacho de los rizos adquirirían la enfermedad. La idea de vender peces comenzó en la casa de Dalia en Rancho Boyeros, cuando Mario y ella eran estudiantes. A Mario, que entonces era sólo su novio, le obsesionaba la idea de criar pececitos ornamentales. Y realmente Mario demostró que sabía sacar muchos descendientes de una pareja. Y Dalia a su vez le demostró que, cuando se sobrevive a "un periodo especial", a la gente se le puede vender cualquier cosa. Así nació el Acuario Génesis: 8 ladrillos, cuatro tablas y pomos de compotas rusas llenas de agua y de pececitos. Los primeros se vendían con pomos y todo. Al terminar la Universidad, Dalia y Mario se percataron que podían vivir mejor vendiendo pececitos, que con el salario de miseria que les pagaba el Gobierno. Trabajaron dos años como geólogos cavando túneles para esa guerra que Fidel anunciaba desde que nacieron, y después con excusas renunciaron a sus empleos, y se dedicaron a los pececitos. En Boyeros, la mamá de Dalia puso como única condición que no le malograran la mata de galán de noche. Así se hizo. Invadieron el patio trasero y de todo el jardín delantero se salvó una sola planta: el galán de noche. Así el viejo galán de noche de la mamá continuó pariendo esas flores nocturnas, que de día no tienen olor y en la oscuridad esparcen ese aroma embriagador que turba los corazones, y transforma las noches cubanas en jardines del pecado. Mario y Delia esperaban algún problema, pero eran optimistas. No trabajarle al Gobierno ya era un delito grave. Por suerte, durante un tiempo los pececitos pasaron desapercibidos a los Controladores, que juzgan más por el hábito que por el monje. Y hay qué ver lo graciosa que se veía Dalia en Boyeros, sudando y con sus cabellos en desorden, mientras limpiaba los tanques con botas hasta las rodillas y una gorra de pelotero para taparse del sol. Y Mario pedalea que pedalea en su bicicleta hasta el Cotorro, o tan lejos como Matanzas, para sacar de las zanjas y las orillas de ríos los gusanos para los peces. Quizás el Gobierno estuvo un tiempo sin molestarlos porque tenían la misma facha de los que hacían "trabajo voluntario". Con la diferencia de que este trabajo, realmente "voluntario", les llenaba los bolsillos de pesos cubanos. Cuando ya eran los mayores productores de escalares de la provincia Habana, se les ocurrió que el viejo apartamento de la mamá de Mario en el Vedado podía ser un buen punto de venta al detalle. La familia puso cara de contrariedad. La más indulgente fue la abuela de Mario, que había sido una mujer emprendedora antes de la Revolución. Ella escuchó con sumo interés cada paso del negocio y al final selló su aprobación con una bella sonrisa de duda. Cont...>>> |
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| Elizabeth Wittlin Lipton | ||||
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