El José Mario que yo conocí
Adrián Meshad



  
  Yo lo conocí en la Escuela de Letras de la Universidad de
La Habana y estuve con él y con Manolito Ballagas cuando
llegó Allen Ginsberg a La Habana. Lo veía luego
ocasionalmente en la Biblioteca Nacional o en plena calle,
siempre lo recuerdo remesando su negra cabellera y con
salidas cáusticas cuando hablaba de la gran resaca represiva
en contra de la Generación del Puente, y especialmente contra
su figura. Andando el tiempo, coincidimos en el mismo campo
de concentración de la UMAP, la misma Unidad, Kilómetro
once de Tres Golfos, al Sur de Ciego de �vila. No es cierto
que salió de allí por gestión de Nicolás Guillén, sino por
mediación de Alicia Alonso y Alfredo Guevara, que integraban
el efímero comité sobre la UMAP. Poco tiempo después
que yo escapé de ese centro y a través de un ex oficial,
Agustín Cartaya, autor del himno del 26 de Julio, fui
presentado al comandante Juan Almeida Bosque en su
despacho del Minfar y le hice un pormenorizado reporte de todo
lo que pasaba allí en una entrevista que duró más de cinco
horas y que le hizo reconocer que todo aquello era un
gigantesco error. Ya Nicolás Guillén me había sacado a
mí de la cárcel del Príncipe, cuando me hicieron una
encerrona en una librería del Vedado que me llevó a la
cárcel bajo la acusación de robar libros. El abogado que me
defendió en esa ocasión fue Walterio Carbonell, trotkista
recalcitrante, quien le dijo al juez, sin el menor titubeo, que
debía ponerme en libertad porque yo había escrito libros de
mucho valor, como por ejemplo, Cien años de soledad (sic). El
juez llamó a Nicolás Guillén, que ya había puesto mi fianza
para sacarme del Morro, y le refirió lo que le dijo Carbonell,
entonces Nicolás le dijo con sorna que mi mejor libro era La
Vorágine y le colgó el teléfono. El pobre juez, que tenía
bufete en L y 23, me llamaba a cada rato para que le regalara
mis libros, debidamente autografiados. Después de haber
escapado de la UMAP, Almeida me envió a la cárcel del
Morro, con condiciones especiales de trato y de allí obtuve la
libertad, pudiendo escapar de Cuba poco tiempo después.



   De José Mario puedo decir que, aunque de poca altura fí
sica, su estatura creció enormemente en el tiempo que lo vi en
la UMAP. Siempre mantuvo sus firmes criterios literarios y polí
ticos, sin ceder ante las intimidaciones y los abusos. Recuerdo
que un día lo castigaron a permanecer durante 24 horas
subido en una caseta, descalzo sobre una plancha de zinc, y
allí permaneció erguido durante el sol candente del día, y
también, sin ningún abrigo, en el frío de la noche
camagüeyana. Lo quitaron de allí al filo de la madrugada y
pocos días después lo trasladaron a una unidad
especializada para homosexuales. Desde entonces, no lo vi
más, pero lo recuerdo como una gran figura de la resistencia y
el decoro, un gran ejemplo de virilidad y honestidad a toda
prueba.





Adrián Meshad, intelectual cubano residente en Miami y amigo
de José Mario, estuvo igual que éste prisionero en los campos de
concentración de la UMAP. Su testimonio de aquellos días ofrece una
visión única, de primera mano, del poeta José Mario y sus vicisitudes
como prisionero político.



Regresar
Tomas Fundora